Parténope

Estoy sentado en esta roca yerma. Mis ojos agotados miran sin ver el espejo liso e interminable del océano, imperturbable, hasta donde las brumas confunden el cielo con el horizonte. Tengo la vista cansada por el reflejo, las mejillas tostadas y agrietadas por el sol y la sal. El agua del mar se escurre entre la arena y rodea las rocas encalladas, burbujeando y siseando. Es apenas el único sonido real en esta vasta soledad. Sólo la marea y las olas, yendo y viniendo. Sólo el viento, leve, dulce, acariciando mi piel y mi cabello. No quiero estar en otro lugar más que en este.

El viento pasa a través de mí y se lleva los recuerdos que no quiero, que no deseo. Igual que esta roca, el viento sólo deja en mí la forma más básica, el núcleo más duro. Los recuerdos más férreos. Todo lo demás se va con el viento a formar parte de la bruma que enturbia el horizonte. Sentado sobre esta roca tengo todo lo que necesito, todo el tiempo que yo quiera para escucharte. Y para encontrarte.

Recuerdo el día que me eché a la mar, tan pequeño que no alcanzaba a comprender el mar más de lo que comprendía a mi padre, alto, solitario e inalcanzable. El niño que yo era sentía una alegría como sólo los niños pueden sentir, tonta, absurda, completa. Era una ocasión excepcional, la primera vez que mi padre me lleva a la mar consigo. Me sumerjo en el recuerdo y lo primero que viene a mi mente son las manos de mi padre, que se mueven sobre los aparejos con seguridad, sin pensar en ello maneja las jarcias y esquiva las vergas que se balancean con el viento. Recuerdo el salitre, el olor a mar, a algas y a ozono, frío y duro, el olor que me llena los pulmones cuando respiro ahora mismo. Recuerdo los remolinos en el agua cuando el pequeño velero se alejó del puerto. ¿Qué puerto era? Su mano en la mía era sólida, áspera, rugosa.

Ya no tengo a mi padre para que me guíe. Sólo me tengo a mí mismo, entre esta bruma infinita que me rodea, en este islote abandonado. El velero de mi niñez se ha convertido en otro, que se esconde bajo las aguas roto y astillado, inservible. Mi Arcadia, que tan lejos me ha llevado, hasta esta última frontera, hasta la costa más lejana. Mi barco que ahora yace como una ballena en el fondo de este océano sin nombre.

Mirando esta bruma lechosa, que es como mirar sin ver, vuelvo a mis recuerdos. La niñez dio paso a la adolescencia, la adolescencia a la vida adulta, vaga cacofonía que se amplificó en crescendo mientras yo maduraba y cobraba consciencia de mí mismo. ¿Cómo orientarse, a qué amarradero asirse? Nadie responde a estas preguntas. Nadie, nunca, te resolverá jamás las dudas fundamentales. Nadie te dirá si la mujer con la que haces el amor es la mujer de tu vida. Nadie te dirá si el trabajo de tus manos desnudas completa tu espíritu como debería. Nadie te dirá siquiera si el camino que has elegido lo has elegido tú. Entre todas las voces que escuchas apenas si distingues la tuya, increíblemente solo aun rodeado por una multitud, mientras pienso esto la niebla me rodea y siento miedo, me vuelvo a sentir solo como entonces, como ahora, perdido entre estos jirones de humedad espesa y sofocante que me abrazan y me desconciertan.

No, no es así. No lo es. Aún huelo el mar, su olor penetrante llena mis pulmones. Aún escucho tu voz. Aunque no lo vea, mi velero sigue conmigo, con su cargamento de libros mojados y descompuestos, donde los peces han comenzado a entrar. Aunque no vea nada más, yo estoy sobre esta roca y estoy vivo. Aunque se me desgarre la piel y se me rompan los huesos, he llegado hasta aquí y te encontraré, y será como si siempre te hubiera tenido.

El murmullo de la sociedad humana, de sus ciudades y tecnología, de sus trenes y asfalto, de sus calles y su aridez, me aturdió y me zarandeó, mas no pudo conmigo, porque en mi corazón hay alma de marinero, de salitre y de mar. Ante mí quedaba la elección. El camino principal me llevaba, arrullado por ese murmullo incansable, a la paz y la tranquilidad, a tardes caldeadas por el sol tardío, a la sombra del árbol que uno mismo ha plantado, a niños que se convertían en adultos y luego, a su vez, en padres, a la vejez que serenamente mece las manos unidas.

En la encrucijada de mi vida, miré mis manos y contemplé las manos de mi padre.

Vendí la casa y el coche. Escribí un correo a mi empresa y dejé una nota a mis familiares. Invité a Pedro, a Jonás, a Miguel y a todos mis amigos a una fiesta que duró toda la noche, de la que se fueron sin saber que no volverían a verme. Me despedí de Marta, quien comprendió, y de Silvia, que no lo hizo. Gasté mi dinero en adquirir mi preciosa Arcadia a un viejo lobo de mar, que se rió cuando le hablé de mi plan, y no dijo nada. Reuní tantos libros como pude permitirme almacenar en el reducido espacio y desaté los cabos que me ataban a la tierra firme, a la sociedad, al ruido insoportable. Sobre la cubierta del velero, con los pies firmemente asentados y la mano en el timón, cerré los ojos y vi más allá del horizonte.

Fue entonces cuando comencé a escuchar tu voz. Al despertarme por la mañana recordaba vagamente tu presencia en mis sueños, cada vez con más frecuencia. Tu voz comenzó a acompañarme como una cadencia musical, como un tambor sobre mi corazón, marcando mis pasos, endureciendo mi ánimo. Comencé a abrazar el mundo al ritmo de tu embriagadora canción.

Eres tú lo que me queda ahora mientras la niebla se despeja y comienza a caer la noche. A pesar de que estoy solo en esta roca abandonada, a pesar del frío que empieza a penetrar en mis huesos, no siento remordimientos por nada de lo que he hecho. Tu timbre lo llena todo en este océano sin barcos, en esta pradera azul infinita. No necesito creer. No necesito nada que el mundo pueda darme. Aquí estoy sobre esta roca, esperando que se acerque el momento. El agua del mar choca contra las rocas y yo espero.

Los océanos son el último recurso del explorador, vastos, inalcanzables, eternos. Aquel piso vacío fue la última huella que dejé en tierra. Nadie supo más de mí. Es extraño que recuerde ahora las caras de los bereberes con los que hablé en las costas de África. Recuerdo también las caras de algunos senegaleses que rodearon al Arcadia en las peligrosas costas de su tierra natal, y recuerdo sus esquifes coloridos rodeándome en la luminosa mañana. Recuerdo las costas vacías, verdes, anaranjadas y terrosas de África como si las estuviera viendo a través de esta niebla que desaparece. Y tu voz, que me acompañaba cada vez más audible, tu voz que ya escuchaba con los ojos abiertos, mientras leía y releía los preciosos libros de la bodega, párrafos eternos cuya huella seguirá marcando a hombres como yo años y siglos después de que hayamos muerto.

Cierro los ojos sobre esta roca y me veo a mí mismo sobre el Arcadia, de pie junto al timón, escuchando cada vez más claramente tu canción, que extiende sus alas sobre mi consciencia y que me llena los ojos de lágrimas y que me dirige hacia el océano infinito, ya no tengo hambre ni sueño, sólo quiero seguir contigo para siempre, para siempre jamás, hacia la tormenta que siento acercarse desde lo más profundo de mis huesos y que acecha sobre la proa. Las olas comienzan a chocar contra el casco y elevan mi pequeño velero hacia el cielo ensombrecido, la lluvia arrecia de repente y empapa mi alma, tal vez esta sumersión fuera lo que me faltaba antes del final, como una suerte de ablución para encontrarte. La mano de mi padre, férrea sobre el timón que yo dirijo, no puede impedir que el Arcadia se tambalee como empujado por un gigante, ni que una última ola interminable nos lance violentamente por el aire, irreal como el vuelo de un albatros, contra el mar que nos separa y que me abraza en el olvido. Cuando la oscuridad me libera me encuentro en este trozo de roca, con el agua lamiendo mi piernas y arena entre los dedos.

Abruptamente, despierto de mi recuerdo. El pasado y el presente se mezclan en un remolino de espuma.

Ya no escucho tu voz.

Alrededor mía sólo está el silencio.

Ha llegado el momento.

Me esperas.

Me desperezo y me levanto. La niebla ha desaparecido del todo. Las afiladas rocas rasguñan la planta de mis pies mientras desciendo hasta la orilla. Me ha costado una vida llegar hasta aquí, me ha costado mi propia vida. Camino hacia el agua. La arena del fondo, a baja profundidad, es refrescante y cuando miro a mis pies, me veo reflejado en el agua límpida. Mi imagen, surcada por arrugas y ennegrecida por el sol, me devuelve una sonrisa. Ése soy yo, al fin. Todas las piezas están en su sitio. Mis pisadas no dejan huella en el agua mientras me alejo, y ya no queda de mí más que el deseo de encontrarte.

Ahora, mientras cae la noche y yo camino, ahora, tan lejos de todo y tan cerca de mí, comienzo de nuevo a escuchar tu canción, la que había soñado que escuchaba, en el sueño que había despertado tu voz. Distingo las palabras que llenan mi mundo. La marea cálida abraza a los niños de mis ojos y la sombra a mi espalda se alarga y se alarga y se alarga. Estrellas rutilantes brillan en mi pecho. Y mientras avanzo a través del océano inmenso, comienzo a cantar contigo. El atardecer que se desvanece lanza los últimos rayos del día, que me deslumbran con una fuerza desbordante, universal, impenetrable, tu voz es ahora la mía, mis ojos lloran a fuerza de no ver y por fin te encuentro, hermosísima y radiante, sobre tu cola de brillantes lentejuelas.

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2 comentarios en “Parténope

  1. Me ha impactado este viaje existencial, íntimo y desgarrador, basado en inquietudes personales y preguntas sin respuesta. Creo que es un relato humano donde los haya con enorme carga emocional. Lo trivial versus lo esencial, lo que somos frente a lo que pudimos ser.

    Me quedo con el alma de explorador que no es sino el motor de todo.
    Magnífico. Un beso.

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    1. Qué lectora más buena eres, Mere… Me lo voy a terminar creyendo.

      Para ampliar el contexto del relato, el mito de Parténope hace referencia a una sirena mitológica. Su canción es lo que el protagonista oye de manera simbólica durante el relato, cada vez con más claridad a la vez que la bruma de su vida se va disipando. Y, al final, la encuentra.

      ¡Besos!

      Me gusta

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