Único

Mirmidonio es tan, tan raro que no existen palabras en el mundo para describirlo. Esto es normal, dado que es absolutamente único; el primer y único Mirmidonio que ha existido jamás. Tiene, cómo describirlo, siete extremidades, cada una de las cuales está recubierta de algo que no se puede denominar pelos, cilios ni arrugas; lo más aproximado sería denominarlo plumas, a falta de una palabra mejor. Cada extremidad es de un color diferente, colores a los que tampoco podemos poner nombre, pero que en conjunto le dan una apariencia, sinceramente, bastante graciosa. El cuerpo moteado es asimétrico, y se estrecha en un cuello alargado sobre el que se asienta una cabeza esférica en la que tres ojos, tres, miran al mundo con asombro. No se sabe dónde tiene la boca y nadie se lo ha preguntado jamás. Lo mismo podría decirse de los oídos, pero de lo que podemos estar seguros es de que tiene el sentido del olfato localizado en su quinta pata. También tiene un sentido extra que no tiene nombre ni funcionalidad definida. Mirmidonio, y esto ya es el colmo, tiene una lánguida cresta que comienza en el lomo, recorre el cuello y termina en la cabeza. He aquí a Mirmidonio.

Calindrea es, en comparación, incomparable. Calindrea tiene la forma de un plátano ataviado con una falda de bailarina. Su tronco estrecho y estirado está coronado por un penacho de margaritas, y de sus dos orejas nacen sendas enredaderas de hojas vivas y lustrosas de las que está muy orgullosa. Dos extremidades rígidas en su parte inferior le permiten moverse a costa de un pronunciadísimo balanceo que, de no ser Calindrea tan flexible, resultaría desastroso. Aleteando con energía la lechuguilla que rodeaba su cintura, Calindrea es a veces capaz de dar pequeños saltos en el aire para su gozo y divertimento, sobre todo en los días de lluvia, pues se alimenta de agua y bebe del sol. Un suave musgo envuelve su cuerpo. He aquí a Calindrea.

Mirmidonio y Calindrea se conocieron, como era de suponer, por casualidad. Al doblar un recodo del camino dieron la una contra el otro, y ambos acabaron en el suelo, incapaces de distinguir a quién pertenecía aquella pluma y a quién aquella lechuga. Cuando lograron recomponerse, habían olvidado quién venía y quién se marchaba. Decidieron, por tanto, compartir su ruta y desde entonces poltronean y pimpinean juntos por el mundo incógnito que les rodea.

La vida para Mirmidonio y Calindrea es un pavor continuo, un asombro constante. Marchan por caminos que nadie ha hollado jamás, y son por ello sus pasos los que dan sentido a su realidad, haciendo verdad el viejo dicho; «caminante no hay camino, se hace camino al andar», aplicable incluso en estos páramos de incredulidad. Cada uno de ellos parpadea confuso, Mirmidonio su terceto de ojos, Calindrea su ramillete de margaritas, con cada nuevo encuentro en el camino. El crisol de las palabras de este mundo inhóspito e irrepetible bulle con furia su mente de fuego para dar a luz a tantos nombres innominados. Carnidupia, un bulto fungiforme de color marrón rosado que encontraron un día colgando de un entenema, una especie de árbol cristalino que pulsa con una luz de color pentáceo. Calindrea da una patada a una piedra, o a algo que se le parece, y surge del suelo que ocupaba un chorro de pupiluna. Mirmidonio estornuda (¿estornuda? ¿es eso posible?) y de inmediato un velocimoco escapa sin un pies para qué os quiero. En su exuberancia ígnea, de la forja sin par de este mundo en constante descubrimiento brotan incluso nuevas palabras sin nada que las sustente; cuentolur, omnisombra, carpaplejo o munipipa, para mayor confusión de nuestra pareja protagonista.

Sucedió  un día cualquiera que una terrible tormenta removió las nubes en formas grotescas y extrañas. De los encontronazos entre los grandes y oscuros cúmulos nacieron una infinidad de truenos y relámpagos que inundaron el mundo de sonido y de luz. Era tal el barullo reinante que los dos compañeros habían decidido resguardarse en una hondonada poblada de densos entenemas.

–Mirmidonio –dijo Calindrea–. No me encuentro bien, tengo hambre y sed. De esta tormenta no cae lluvia, asustadas las gotas de agua por tanto tronar, y las nubes ocultan los rayos del sol que me alimentan.

Dicho esto, Calindrea se desmayó allí mismo. Mirmidonio, que tiene un gran corazón, miró a Calindrea, sus hojas de lechuga mustias y sus margaritas tristes por el hambre y la sed, y se apiadó de ella. Con un esfuerzo de su largo cuello consiguió apoyar la figura delgada de Calindrea sobre su lomo, y sosteniéndola precariamente con dos de sus patas, poltroneó lejos de la hondonada con su amiga a cuestas.

Largo se le hizo el camino, hundidas sus patas multicolores en el polvo del camino, desorientado por los remolinos de viento que le arrojaban palabras aún no usadas, y aterrorizado por el retumbar del trueno. Muchas veces temió desfallecer, y otras tantas pensó que el vendaval barrería su ser y su recuerdo. Pero no cesó en su empeño. Palmo a palmo acarreó a su débil amiga por senderos ignotos, subiendo y subiendo, hasta que por fin llegó a un calvero abierto rodeado de árboles, en cuyo centro una laguna de aguas cristalinas se agitaba y bullía. Agotado, deslizó a su amiga hasta la orilla, de modo que sus patas quedaran bañadas por el líquido. Calindrea le pareció frágil a la tenue luz de la tormenta, su cuerpo, flexible y liviano como los juncos que nunca había conocido, sus hojas, irrepetibles y únicas. La fatiga pudo al fin con él y cayó rendido al suelo, sumido en un profundo sueño.

Cuando Calindrea despertó, la tormenta había amainado y amanecía. Sintiéndose recuperada, dedicó unos instantes a mirar a su alrededor. La superficie del lago reflejaba un cielo azul, azulísimo, en el liso espejo de sus aguas. Pequeños animalillos de cuatro alas revoloteaban de un lado para otro entre los árboles que bordeaban el calvero, emitiendo sonidos que quizás podríamos denominar trinos. Y a su lado se encontraba Mirmidonio, profundamente dormido. Los hermosos colores de sus patas se hallaban ocultos bajo el polvo del camino y su respiración era rítmica y profunda. Calindrea se detuvo unos instantes para contemplar a su amigo, robusto y agotado, con su alegre penacho que coronaba en aquella cabecita al final de ese largo cuello. Tan fantástico y singular como su propia existencia. Calindrea sintió un agradecimiento profundo, y un calor en el pecho.

Se levantó y se introdujo en el lago. Volvió a salir, y su piel brillaba rejuvenecida por el agua. Flexionó su cuerpo menudo y comenzó a limpiar con el suave musgo de su cuerpo las cansadas patas de su amigo.

–Jiji –dijo Mirmidonio al cabo de un rato–. Me haces cosquillas.

–No quería despertarte –respondió Calindrea.

Mirmidonio se incorporó y se sentó al lado de su amiga. Ambos miraron cómo se alzaba el sol por entre la arboleda del claro.

–Te agradezco lo que hiciste por mí –dijo Calindrea.

–No fue nada –respondió él.

–¿Te asustaste mucho?

–Sí –contestó, balanceando su largo cuello–, estaba preocupado por ti. Pero ¿sabes? No fue la tormenta lo que más miedo me dio. Mientras estabas inconsciente, quise darle nombres a las cosas que me rodeaban, pero no pude.

–No lo entiendo –dijo ella.

–Sin ti no encontraba las palabras.

Calindrea se sonrojó.

–Paseemos juntos –dijo.

Comenzaron a andar por la ribera del lago, aún renqueantes por el cansancio. A su alrededor, pequeños fingolfillos se elevaban de la humedad de la orilla, semejantes a pelusillas brillantes y cabezonas. La brisa llevaba cintas de color plateado de aquí para allá.

– Qué mundo más extraño y maravilloso –dijo Calindrea. El sol disfrutaba escondiéndose entre los troncos y las ramas, y los claroscuros dibujaban formas aún más fantásticas a su alrededor.

–Cuando me desperté esta mañana y vi que estabas a mi lado, sentí que no estaba sola en este mundo –suspiró–. Pero tengo miedo, Mirmidonio. Vivimos en un mundo donde todo lo que encontramos es nuevo y cambiante, y nada es lo que parece. Temo a la incomprensión de mi corazón extraño.

–Contigo encuentro nombre para la fantasía que nos rodea –respondió él–. Pero yo también estoy asustado.

Ambos guardaron silencio durante unos minutos. El sol tililaba. Los fingolfillos flotaban inmóviles en el aire. El tiempo mismo se mantenía en equilibrio sobre una cuerda de funambulista.

–Cuando la marea sube –comenzó Mirmidonio–, cuando la marea sube y la luna llena brilla en el cielo, a veces he creído ver nubes con forma de caracola.

–Yo he visto plantas más hermosas que la luna –respondió Calindrea– de hojas plateadas como un reflejo en el agua.

–Me encanta chapotear en el barro tras la lluvia –dijo él–. Mis patas hacen un sonido gracioso cuando piso, chof, y un sonido hueco cuando las levanto, pak.

–Pues a mí me gusta pimpinear detrás de esas pelusas que nacen del agua por las mañanas. Las persigo y persigo hasta que al fin consigo empujarlas hacia el cielo con la cabeza.

–A mí me gusta la sombra de tu cuerpo cuando bailas en el aire agitando las hojas verdes de tu cintura. Cuando giras con el viento, pareces un tallo de pura vida.

–Tu cresta hace ondas muy graciosas cuando le da el viento, y parece que un arcoiris te recorre cuando te da el sol –se sonrojó ella–. Sólo de pensarlo me dan ganas de sonreír.

El sol se movía indeciso en la lejanía, pulsando como una nova. Irradiaba un calor reconfortante. Mirmidonio sintió un escalofrío, Calindrea sintió arder el corazón.

–La manera en que ves el mundo, Calindrea, me resulta sorprendente y extraña. Y sin embargo cuanto más te escucho, más deseo estar junto a ti.

–Es que lo que nos separa también nos une –susurró ella, conmovida–, y lo que nos hace distintos también nos hace iguales.

–No ha existido nunca una palabra que defina lo que siente una Calindrea cuando quiere estar cerca de un Mirmidonio, ni para lo que siente un Mirmidonio junto a una Calindrea.

–Ni la hay ni la volverá a haber –repuso ella, al fin–. Inventémosla. Llamémosla amor.

Mirmidonio y Calindrea se acercaron a la luz blanca de la mañana, buscando su calor mutuo, tanteándose con sus extremidades extrañas. El cuello de Mirmidonio se extendió y envolvió el tallo flexible de Calindrea, que a su vez sumergió las frágiles margaritas en la cresta irisada de él. El miedo que habían sentido se fundió como un trozo de hielo bajo el sol cálido, y dejó un abismo de asombro y de novedad, de diferencia y de incomprensión, que ellos rellenaron con ternura y calor, con sonrisas y besos. En su inocencia no se habían dado cuenta de que habían inventado un nombre que ya existía para una palabra que iba más allá de la palabra, para una agitación que iba más allá del desconcierto, para una singularidad que iba más allá de la diferencia.

Una solitaria lágrima cayó desde los ojos de Mirmidonio sobre las margaritas de Calindrea. Y cuando el sol se alzó finalmente sobre la arboleda, iluminó el cuerpo de dos seres que eran uno solo.

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