Despierta, cuervo

Los árboles se balancean, susurrando murmullos de hojas. Sopla un viento frío que transporta frescura y humedad a través del aire, agitando ramas y desplazando blancas nubes por el cielo azul. Caen algunas gotas de lluvia, y tan rápido como han llegado, dejan de caer. El sol intermitente caldea la tierra y un vapor emana del suelo fértil. Entre las rocas y los helechos, los ríos serpentean, acarreando su cosecha turbulenta. Las hojas tiemblan en las ramas. Reina el silencio sagrado de la paz.

El bosque espera.

Sobre una rama, el primer cuervo duerme.

Para el ave dormida, el cuervo es el mundo y el mundo es el cuervo. Lo mismo es una pata que una rama, un pico que una roca, un ala que una nube. No hay diferencia entre el cuervo y una piedra, o un árbol, o el río. Sin embargo, lentamente y con suavidad, comienza a emerger de este océano impersonal y confortable con la inevitabilidad de una burbuja.

El cuervo abre los ojos.

Al principio sólo siente confusión. No reconoce nada de lo que le rodea y pestañea aturdido. El viento agita sus plumas y él se balancea instintivamente en la rama. El silencio del bosque lo abraza y lo acoge como un manto de sueño. Cruza una niebla que sólo existe en su mente. Aunque ha abierto los ojos, todavía no está despierto.

Transcurren varios latidos.

Sopla el viento. Caen algunas hojas.

El cuervo sacude la cabeza intentando enfocar la visión. Comienza a distinguir formas, colores, contornos. Ve ramas. Ramas. Se perfilan las hojas, que el sol ilumina parcialmente, formando una red de luz blanca y verde, verde y blanca. El juego de luz y el movimiento de las hojas lo arrullan. Su vista sigue vagando y observa otras ramas, que pertenecen a otros árboles. Ve troncos pardos cubiertos de musgo. Mira al suelo cubierto de hojas. Alza la vista al cielo azul en el que flotan nubes algodonadas. Está en un bosque.

Las brumas retroceden en su cabeza. Ahora huele la humedad, siente el calor del sol sobre sus plumas, oye el susurro del viento entre las hojas. El cuervo retorna la mirada sobre sí mismo; se mira las patas y ve el suelo lejos allá abajo, estático en contra de su propio balanceo. Redescubre el sentido del equilibrio. Se yergue y encoge un poco las alas, lo suficiente para separarlas del cuerpo y notar el viento bajo las articulaciones. Se encuentra tranquilo y relajado. No recuerda nada, pero siente como si nunca hubiera tenido los ojos cerrados. No sabe cómo ni por qué, pero sabe que es un cuervo.

Hasta aquí, el cuervo es poco más que un animal común que despierta. Lo que ocurre a continuación cambiará para siempre su vida. Y como siempre, todo empieza con el más sencillo de los sucesos.

El cuervo observa algunas hojas caer. Y este evento simple, simplísimo, agita algo indefinido en la mente del ave, algo que le hace mirar, consecuentemente, hacia arriba, siguiendo el camino que las hojas tomaron, hacia su origen, donde encuentra una rama vieja y seca agitada por el viento.

Y el cuervo deduce: «las hojas se caen porque el viento agita esa rama vieja».

El cuervo deduce.

Y no sólo lo hace, sino que además es consciente de ello.

Una primera inquietud despierta en su cabeza, y esa inquietud genera una chispa, y esa chispa alumbra una pregunta de la nada, la primera pregunta: «por qué».

Cae una gota de lluvia. Cae otra, y otra, y otra.

Y como si fuera también una gota de lluvia, la pregunta despierta en su interior no la respuesta, sino otras preguntas, muchas otras, encadenándose entre sí sin control, una tempestad silenciosa, un crescendo imparable. «Qué está ocurriendo». Como respuesta, otra pregunta. «Qué hago aquí». La ansiedad sube por su estómago, la lengua le escuece dentro del pico. «Quién soy». Otro interrogante, otra lágrima de agua helada. «De dónde vengo». Y de nuevo, no hay respuesta, sino el brote de un miedo terrible, atroz. «Por qué pienso, por qué, por qué».

Las gotas de agua golpean las alas del cuervo, resbalan sobre sus plumas negras, mojan la madera y salpican sus patas, rebotan sobre el pico, embotan sus sentidos. Está paralizado sobre la rama a la que se agarra con fuerza. El cuervo abre el pico y grazna con todas sus fuerzas entre el rugido del agua, incapaz de acallar la voz de su cabeza, «Por qué», silenciar las preguntas en la tormenta, liberarse de la angustia de la racionalidad. Toda el agua del mundo salpica a su alrededor, como si la cortina líquida fuera la caricatura de la niebla adormecedora de la que ha emergido, rota y ruidosa, tan inevitable como el proceso que ha emprendido hacia la consciencia.

Es el primer cuervo que piensa.

Pasan minutos, u horas. La lluvia ha dejado de caer y revela un mundo que, de alguna manera, saca la cabeza tímidamente de su escondrijo. El aire resplandece y las perlas de agua reflejan el brillo del cielo.

Sobre su rama y empapado, el cuervo toma una decisión para sobrevivir. Acepta que hay preguntas que no tienen respuesta, o al menos, que no la tienen ahora. Con ello no consigue que las voces en su cabeza desaparezcan, pero sí atenuar su volumen. La bestia del miedo, de la angustia hacia lo desconocido sigue ahí, agazapada. El cuervo sólo ha decidido ignorarla.

Salta y se reposiciona en la rama. Comienza a mirar a su alrededor activamente, buscando. No encuentra nada más que el bosque. Sus ojos se mueven inquietos; aquí y allá ve movimiento, agua que corre, insectos que vuelan, hojas que caen. No ve ningún otro cuervo, pero comprende que en alguna parte debe de haber otros animales como él. Como él… ¿qué significa ser como él? ¿Cómo era él antes de empezar a pensar? No lo recuerda.

No se obsesiona.

Decide ir a buscar respuestas.

El primer cuervo despliega las alas y se lanza al vacío. Sus alas negras captan de inmediato las corrientes de aire y asciende. Sólo necesita desearlo para que su organismo se convierta en un cuerpo aerodinámico perfecto, aislado del frío por las plumas y con su peso distribuido con precisión frente a la fuerza que lo eleva. Sus instintos lo guían y se alza, majestuoso y elegante, por entre las ramas de los árboles, y aún más allá, al cielo azul cuajado de nubes. La vista de las copas es abrumadora y le ofrece la panorámica de un valle verde rodeado por montañas. El viento y la vista de las grandes elevaciones de roca lo empequeñecen, y a la vez lo hacen grande, dando fuerzas a su determinación. Si existen respuestas, él habrá de encontrarlas.

Comienza así la odisea del cuervo. Durante días, semanas y meses, vuela recorriendo tierras inexploradas, en busca de respuestas para las preguntas que brotan sin parar. Al principio sobrevive utilizando únicamente su instinto, pero pronto comienza a discernir el porqué de sus pautas y a descubrir la razón que hay detrás de sus actos reflejos. Aprende a reconocer de manera consciente las bayas que son comestibles y las que no, los cobijos más cálidos y tranquilos, las rutas y corrientes más favorables, la manera correcta de limpiarse o el modo de aterrizar tras el vuelo. Dibuja un mapa en su cabeza. Ciertos parajes, lagos y colinas le resultan conocidos. Razona que son lugares que debió de conocer cuando aún no había despertado a este nuevo estado.

El nuevo mundo está lleno de posibilidades.

Encuentra en su vagar otros animales, sí. Insectos, mamíferos y otras aves. Algunos de los primeros despiertan su apetito. Con otros animales, en general, tiene cuidado, y de algunos huye. En ninguno reconoce la chispa de la inteligencia. No encuentra ningún otro cuervo.

Dedica gran parte de los días a reflexionar. Comienza a descubrir el poder de la razón. Planifica sus acciones. Se interroga sobre aquello que ve o siente. Al principio ejecuta juegos simples, tal como dejar caer una piedra al suelo o intentar volar boca abajo. Esos juegos le llevan a otros, cada vez más complejos y atrevidos. De ellos extrae conclusiones e intenta encontrar causas. Generaliza. La razón es aún un árbol que da extraños frutos. También aprende a controlar la oscuridad interior que le empuja al abismo de la desesperación, a oponerse a la indolencia que le llama a dejarse llevar por su instinto, a reconocer trampas y caminos sin salida en sus disquisiciones. Son los primeros pasos, titubeantes y humildes. Pero son pasos.

E igual que hay pasos adelante, también hay otros atrás. Sin estímulo externo, la inteligencia recién descubierta sucumbe durante largos periodos a los actos reflejos y a la intuición, mucho más desarrollados. Durante esos intervalos, el cuervo simplemente se deja llevar; come, duerme y sobrevive sin más, feliz en la ignorancia y en el abandono de una responsabilidad que ciertamente no ha pedido.

No se puede saber el tiempo que transcurre hasta que finalmente ocurre lo inesperado.

Asentado en una roca en medio de un bosquecillo de álamos blancos, el primer cuervo picotea unas bayas. Levanta la vista, y su mirada se cruza con la de otro animal. Una lechuza. Está a punto de levantar el vuelo pero se detiene. En los grandes ojos de la lechuza encuentra un cierto brillo, un atisbo de algo que cree reconocer. Es tan sólo una pausa mínima en la mirada, una atención distinta en los hipnóticos ojos. Distingue la angustia que él mismo lleva consigo. Su corazón se acelera. Puede ser sólo un espejismo de su imaginación, un reflejo de luz. Puede no significar nada. ¿Qué hacer ahora? El cuervo piensa con rapidez mientras la excitación comprime su garganta. Sólo dispone de un instante antes de que la oportunidad se esfume.

Levanta un ala, una única ala negra, sin apartar la mirada de la lechuza.

La lechuza permanece inmóvil.

Durante largos segundos.

Y entonces le devuelve el saludo.

Es la más simple de las llamadas, y sin embargo, ningún animal realizaría esa acción de manera espontánea. Los ojos del cuervo se llenan de lágrimas. Ha encontrado a un animal consciente. Hay otros como él. Como él, como él, como él, se repite mientras llora. No está solo en el vasto mundo. Es el final de su odisea, el término a su calvario de soledad.

En siglos venideros, ese primer saludo entre el cuervo y la lechuza será narrado de incontables formas y sus protagonistas, encumbrados, deformados y difuminados por el paso del tiempo y por el brillo de su propia leyenda. Pero en todas las historias, el saludo simbolizará una señal de fraternidad, un gesto de esperanza entre los pueblos.

Un ala, levantada hacia el cielo.

La historia continúa.

Tras el encuentro, la inteligencia despertó para ambos con un estallido definitivo. Ya nunca volverá a ellos la tentación del sueño feliz e ignorante, tanto para lo bueno como para lo malo. Iniciaron una etapa de descubrimiento mutuo, en la que ambos tantearon el alcance de su comprensión, y descubrieron que eran parejas. Inventaron una forma de comunicarse, un primer lenguaje primitivo e ineficaz que les permitiera transmitir pensamientos complejos y conceptos cada vez más abstractos. Encontraron nuevos usos para la racionalidad y aprendieron a discutir, a pensar en común. Había tanto, tanto por hacer, que todos nuestros esfuerzos por imaginarlo se quedan cortos en el abismo de los años.

Pronto descubrieron que no eran los únicos seres inteligentes. Otras especies de aves también habían despertado a este nuevo estado y se unieron con entusiasmo al pequeño grupo. Cóndores, albatros, garzas, papagayos, otras lechuzas, y otros cuervos. La primera Comunidad empezó a tomar forma. La llamaron Roca de Álamo Blanco, en honor al lugar donde se produjo aquel primer saludo. Y el cuervo, que era reconocido como aquel que antes había llegado a la consciencia, dejó de ser anónimo cuando fue llamado por sus semejantes Ala Levantada.

La recién fundada fraternidad extendió poco a poco su influencia. Con el tiempo, más y más pájaros se fueron incorporando. La alegría fue mayúscula cuando nacieron las primeras crías. Los padres se volcaron en enseñar a los jóvenes, para evitarles el doloroso proceso de aprendizaje que ellos mismos habían sufrido. Cada nuevo miembro añadía experiencias, energía y entusiasmo, posibilidades infinitas, una esperanza futura.

La Comunidad cobró vida propia.

Las estaciones se sucedieron. Las crías se convirtieron a su vez en padres. Roca de Álamo Blanco creció en tamaño y en conocimiento, y nuevas Comunidades surgieron a partir de sus raíces. Los viejos álamos fueron testigos del florecimiento de una cultura con sus sombras y su esplendor, mientras sus hojas plateadas caían y se regeneraban en la danza eterna de la vida.

Las plumas del primer cuervo ya no le aislaban tan bien del frío como antes, y su color oscilaba entre un negro apagado y un gris invernal. Prefería pasar los días en una rama soleada, acallando a su eterno enemigo, quien aún le aguijoneaba con las punzadas de la ignorancia y del miedo. Su vieja amiga, la lechuza, hace años que murió en paz. Pero la recordaba siempre que alguna de sus crías le visitaba. Mantenía charlas con ellas y también con otros jóvenes, pues se sentía cómodo en la compañía de otras aves. Las nuevas generaciones eran orgullosas y hablaban más rápido de lo que pensaban. Él disfrutaba escuchándolas. Le contaban sus planes al legendario Ala Levantada, sin advertir que a él todo le parecía tan asombroso como fantástico. Para unos era un animal respetado y sabio; para otros, una divertida reliquia.

Pero el viejo cuervo estaba inquieto. No dormía bien por las noches, y tenía sueños extraños. Alguna vez creyó ver figuras en las sombras que arrojaban los árboles; formas de seres vivos que nunca antes había visto. Se descubría a sí mismo explorando con la mirada tierras, ríos, colinas y montañas, como buscando patrones, trazas de algo que no sabía definir, señales que lo llamaban en silencio. No encontraba una explicación, y sin su amiga lechuza, no se atrevía a compartir con nadie sus quimeras.

Se sentía cascarrabias.

Se sentía solo.

Los colores llenaron el cielo sobre los álamos blancos. Los miembros de la Comunidad habían levantado el vuelo a la vez, sin ninguna razón aparente, tal vez celebrando el ocaso del atardecer sobre las copas plateadas. Formaban una nube ondulante y maleable que se encogía y se estiraba, que se aclaraba y se oscurecía. Las ramas quedaron en silencio. Las filigranas que las aves habían tendido entre los árboles temblaron. El aire vibraba de luz y de vida.

El viejo cuervo echó a volar.

Salió de los límites de la Comunidad. Cruzó bosques y praderas, y cuando le alcanzó el cansancio, durmió donde pudo encontrar resguardo. Al día siguiente continuó volando en la misma dirección, sin saber muy bien por qué, hasta que de nuevo le alcanzó la oscuridad. Las noches le traían sueños que le oprimían el pecho con una nostalgia punzante y dolorosa. Voló durante días y semanas por tierras que desconocía; terrenos huecos de arcilla y arenisca, valles agrestes, llanuras ondulantes, mesetas despobladas. Llegó un momento en el que ningún ave, de ninguna comunidad, hubo viajado tan lejos. Los ríos que cruzaba eran cada vez más escasos y también más anchos. El viento que soplaba en su contra le llevaba un olor duro y frío que no podía identificar.

El olor del mar.

Cuando por fin lo alcanzó, le asombró la amplitud del horizonte y la espuma de las olas.

No le sorprendió descubrir que le esperaban.

El cuervo divisó al animal avanzando por la playa y supo de inmediato quién era. Lo confirmó cuando levantó el ala, y éste le devolvió el saludo levantando una peluda pata. Era un gato, un bello ejemplar de piel parda y moteada, de ojos grandes y expresivos. Nunca antes había encontrado a un ser consciente que no fuera un ave, pero no le resultó extraño verlo ahí, a orillas del mar. El cuervo miró más allá de las dunas para atrapar el esbelto salto de un delfín sobre las aguas; el inteligente animal sacaba la cabeza sobre la superficie y le devolvía la mirada con ojos alegres y juguetones.

Eran tres animales.

Aire, tierra y agua.

Pluma, pelo y escama.

Ese mismo día se lanzaron a descubrir la manera de comunicarse. Aprendieron que había diferencias fundamentales entre sus especies y que aun ellos, pioneros entre los suyos, debían de realizar un esfuerzo titánico. Era necesario romper una vez más sus propios moldes mentales. Bajo el agua, el delfín era capaz de desplazarse de manera similar a la del pájaro en el aire, pero su mundo acuático era inimaginable para sus compañeros. El gato tenía agudos instintos de depredador, que impregnaban su visión de la vida con la marca de la presa y el dominio territorial. Por el contrario, el cuervo era capaz de sentir las corrientes de aire y de mirar la tierra desde una perspectiva imposible para los otros dos, y siempre huía al menor indicio de peligro.

Las dificultades no hicieron más que aumentar su entusiasmo. El cuervo se sorprendió de la mentalidad viva y despierta del delfín y del aplomo serio y reflexivo del felino. En la orilla de aquel mar primigenio abrieron los últimos diques que les quedaban cerrados. El ave descubrió el humor, transmitido por la cristalina carcajada del delfín, y también la excitación del placer de la caza que exhalaba su compañero gatuno. Sintió empatía por aquellos dos animales tan opuestos a él, y la afinidad desbordó el ámbito de su pequeño grupo y se extendió al mundo que le rodeaba. El viejo cuervo se sintió de nuevo humilde al comprender, sus plumas canas, que ellos tres eran tan solo una pequeñísima muestra de la inmensidad de la vida.

Sin apenas darse cuenta, habían comenzado a avanzar durante el día siguiendo la línea de la costa. Durante las noches discutían interminablemente sobre temas complejos, cada uno enriqueciéndose por la visión opuesta del otro, mientras las horas de sol las dedicaban a avanzar, empujados por un impulso inexplicable. Aprendieron los unos de los otros más de lo que hubieran imaginado nunca. E igual que los pétalos de una flor se abren al sentir la calidez del sol, los extraños peregrinos liberaron sus corazones y compartieron entre sí sus inquietudes más profundas.

El gato maulló notas tristes y melodiosas que expresaban una aprensión inexplicable en él, que era un depredador frío y mortal. El pequeño felino recordaba olores que nunca había olido y alimentos que nunca había degustado. Soñaba que bebía leche y que coexistía con otros seres en una paz cargada de significado. Despertaba con una tristeza llena de nostalgia. Quería encontrar a aquellos capaces de darle toda esa ternura y que nunca había conocido.

El delfín cantó los sueños que había tenido bajo el agua, en los vastos espacios abiertos del océano. Su voz transmitió a sus dos compañeros la añoranza que había sentido por cosas que nunca había visto. Se descubría mirando hacia la superficie del mar, esperando ver pasar algo, una sombra flotante que cortara su imagen reflejada bajo las aguas. A menudo recorría las costas buscando estructuras, luces nocturnas, trazas de una actividad que nunca había encontrado. El cetáceo saltaba fuera del agua y durante el breve lapso que pasaba en el aire creía ver en tierra firme figuras de seres que no estaban allí.

El cuervo graznó, y el quejido de su voz sonaba como un lamento de soledad. El viejo pájaro describió torres altas y poligonales sobre las que inmensas aves volaban, brillantes y ruidosas, mucho más alto que lo que él podría jamás alcanzar. Soñaba con pulcros espacios de suelo liso poblados de ingenios que no comprendía. En sus duermevelas había visto ramas increíblemente finas y delgadas que se extendían kilómetros y kilómetros, y sobre las que ansiaba posarse para contemplar la vida frenética de unos seres que caminan sobre dos patas y que nunca había visto.

Los tres animales avanzaban por la orilla del mar.

Viento, arena y espuma.

El promontorio era liso e inmaculado como la nieve de montaña, incrustado en el mar como un colmillo de marfil, esférico como una perla nacarada. Una mitad estaba sobre el agua y la otra, sumergida. Una pasarela blanca conectaba la orilla con el promontorio.

El gato trotó sobre patas de terciopelo hacia la oscura puerta a la que conducía la pasarela.

El cuervo voló, alas de tormenta, hacia la abertura en el cénit de la blanca cúpula.

El delfín se zambulló y nadó hacia la entrada sumergida en la mitad acuática de la esfera.

El espacio interior del promontorio era hueco. Las paredes, blancas. Gato, delfín y cuervo. Pelambre erizada de excitación, nubecitas de vapor de agua, ojillos negros brillantes.

En el centro de la cámara ardía un fuego.

Y frente al fuego,

frente al fuego,

brazos abiertos y sonrisa en el rostro,

les esperaba el hombre.

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6 comentarios en “Despierta, cuervo

  1. Es un gran relato, muy elaborado y una idea muy sugerente, la toma de conciencia animal (quién sabe si no la tienen, al ser humano parece que le cuesta admitir que otros seres vivos son inteligentes). El cuervo siempre me ha fascinado, no tan sólo su aspecto. Al parecer son animales de una gran inteligencia, en un experimento se demostró que uno de estos ejemplares era capaz de reconocer su reflejo en un espejo, no sé si esto fue esto o algo similar lo que inspiró tu relato.
    Por cierto, me encanta el diseño de tu blog, es muy llamativo.
    Saludos.

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    1. Gracias por el comentario, Gerardo. Has estrenado el blog :).

      Hay bastantes anécdotas y experimentos al respecto de la inteligencia de los cuervos. La inspiración de este relato vino de un tiempo que viví en Holanda, donde me cruzaba todos los días con muchas de estas aves. Allí la naturaleza está más integrada en la vida cotidiana, o eso me pareció a mí. Y al empezar a documentarme descubrí que eran animales con una gran memoria e inteligencia. Me cayeron simpáticos.

      Me alegro de que te haya gustado. ¡Un abrazo!

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  2. La odisea del cuervo, muy rítmica y descriptiva. El encuentro con la lechuza, emotivo. La Comunidad, con tintes épicos. La soledad y el hastío en la vejez, pura melancolía. La búsqueda, nuevas ilusiones. Gato, delfín y cuervo, los tres elementos. E inevitablemente, faltaba el hombre.

    Me gusta el aire de leyenda que empapa el relato, contado por siglos a generaciones venideras que creerán ciegamente. Y ese tono poético tan innato al mito. Está ahí, como si contaras grandes gestas.

    Me ha recordado a la historia de Ganesh y otras criaturas ancestrales capaces de envolver en su periplo de actos solemnes y a la vez sencillos, el mismísimo origen del todo. Y la comunión con la naturaleza, tan presente. Well done. Besos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias de nuevo por la lectura y por tu generoso comentario, Mere. Este es uno de los relatos al que más cariño tengo y trata de capturar una de las grandes inquietudes que me llevan de cabeza por estos senderos de la ciencia ficción: el significado de la consciencia.

      Tiene un tono de leyenda. Siempre intento contar algo más allá de las historias. Ganesha, qué interesante relación.

      Gracias de nuevo por el regalo de tu lectura.

      Besos

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  3. Espero con ansiedad ese libro, que intuyo tendrá algo de este relato, o mucho. Me continúa asombrando como manejas el ritmo y las emociones, es algo que me parece llevas innato y que hace la lectura de muchos de tus relatos tan desasosegada e inquietante, como si yo misma esperara a que me descubrieras detrás de la cortina una verdad que se me había ocultado todo el tiempo..
    Yo estoy harta de ver cuervos en Alemania y no les tengo gran cariño, sobre todo desde que les ví cazar ardillas en Mettnau, Radolfzell, con ahínco, toda una persecución a través de montones de hojarasca, hierba y árboles. O en Königswald, Villingen, donde se lanzaban en picado a por las que, atrevidas, venían a comer cacahuetes de mi mano. Hasta ahí podíamos llegar!
    Un placer de nuevo compartir tu imaginación, tan naiv, y tu talento.

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    1. Muchas gracias, hermanita. Los relatos que escribo tratan de abarcar inquietudes que siento e ideas que me rondan por la cabeza. En este caso, la consciencia. Humana o animal…

      No sé por qué se llevan tan mal cuervos y ardillas. Creo que compiten por la misma comida. A mí me caen bien los dos colectivos. Los grajos me han parecido más amables, eso sí.

      Besos
      Isma

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