Surprends le monde!

Esquiva el puñetazo por los pelos, girando el cuerpo para no perder de vista al otro matón que intenta rodearle. Merde, piensa. Se encuentra en un oscuro callejón, entre cubos de basura e inmundicia. Que sea de noche no ayuda. Los rufianes se mueven con pasos lentos y confiados; saben que sólo es cuestión de tiempo que el muchacho se canse y tengan su oportunidad. El más corpulento de los dos lleva una camisa abierta pese al frío cortante y le acosa con enormes puños como mazos. Jean Paul no puede evitar fijarse, entre finta y esquiva, en el tatuaje que lleva en el brazo. «Amor de madre». Muy tierno.

–Cuando te coja, no va a quedar de ti ni un pedacito que echarle a las palomas, mierdecilla –murmulla el titán entre sus dientes desparejos.

Malo; tiene acento del norte. Por tanto es bruto, bruto de narices, y muy capaz de hacer cumplir su palabra. Pero le preocupa más el otro esbirro, el delgado que espera tras la mole con una porra voltaica en la mano. Su sonrisa aviesa le produce escalofríos aunque en contraste su voz es sorprendentemente suave.

–Sabemos que tienes la cámara con los bocetos, muchacho. Dánosla y te prometo que no te haremos daño.

El muchacho se estremece al comprender lo que andan buscando y responde con el resuello entrecortado:

–No sé de qué me estás hablando.

–No pongas las cosas más difíciles –repone el bribón, balanceando la porra–. ¿Para qué proteger con tanto ahínco los planos de tu maestro, si todo se va a desvelar mañana?

Tiene razón en una cosa: su situación es desesperada. Jean Paul decide jugarse el todo por el todo. En vez de responderle, se dirige al bruto:

–Y tú ¿tienes algo más que decir? ¿O todas las neuronas se las ha llevado tu novio?

El gigante ruge y carga. Justo lo que Jean Paul había estado esperando. Salta ágilmente a su lado, esquivando por centímetros el puño ciclópeo. En vez de rodear al otro bribón, se lanza de cabeza contra él; más que verlo, siente la sorpresa del enjuto individuo, que se aparta atropelladamente. Jean Paul aprovecha el impulso para empezar a correr, su corazón late desbocado con la posibilidad de la fuga. Por el rabillo del ojo, sin embargo, ve un papel blanco que cae al suelo desde su chaqueta. ¡Mil veces merde!

A mitad de carrera se detiene y vuelve atrás. El grandullón se está levantando de entre los cartones aplastados y su mueca no es precisamente agradable. Jean Paul coge la carta caída y tropieza con una botella, fortuna increíble la suya, pues debido a ello la porra voltaica silba junto a su oreja y no contra su cráneo, dejando a su paso una estela de chispas azuladas en el aire. Escucha un grito de frustración y otro de rabia. Desde el suelo el muchacho solloza de terror y echa mano a su zurrón, del que extrae su daguerrotipo portátil. Los dos matones están ya encima de él cuando presiona el interruptor. Si quieren cámara, van a tener cámara. La máquina lanza una ráfaga de destellos al quemar de golpe la reserva de fósforo y los agresores exclaman un grito de sorpresa, cegados momentáneamente. Jean Paul no se detiene a ver si ha tenido éxito, sólo se levanta y corre, corre como alma que lleva el diablo hacia la salida del callejón y las calles de París, con el daguerrotipo en una mano y la carta en la otra, dejando atrás las maldiciones y reniegos de los dos rufianes.

No hay tiempo que perder, ya va con retraso. Guarda a la carrera la cámara con los valiosos planos en su morral y echa dentro de su camisa la carta perfumada, la carta que casi le cuesta un disgusto, en un acto que le parece de lo más romántico. Los ciudadanos se apartan disgustados por sus prisas, aunque a decir verdad, por todas partes se respira la excitación. Mañana se celebra la Exposición Universal de 1889 y Jean Paul tiene que correr con toda la energía de su juventud, porque a sus dieciséis años ya sabe que no volverá a tener una oportunidad como esta en toda su vida.

Los sucios y desgarbados obreros van dejando paso progresivamente a los modernos y relucientes voiturettes Renault, empujados por carbón concentrado y conducidos por caballeros de levita y copa, mientras Jean Paul conduce su desgarbado cuerpo de adolescente, todo articulaciones y pellejo, del deprimido gueto de La Villete al muy chic barrio de la Porte de Saint-Denis. Mira al cielo y en los dirigibles que sobrevuelan la ciudad ve ya reflejados los focos de luz. Sus oídos empiezan a captar los ecos de un cancán. Acelera la carrera con angustia. ¡Merde otra vez! ¡No le va a dar tiempo!

El edificio que busca está justo ahí. Jean Paul salta desde la calle a la escalera de emergencia de hierro fundido y asciende por ella a trompicones, subiendo los escalones de dos en dos. Sin respiración, llega al tejado justo a tiempo para ver volando por el cielo nocturno al Moulin Rouge, flotando majestuosamente sobre su cabeza, llenando de color, música y algarabía la noche de la ciudad más hermosa del mundo. Las enormes aspas giran en el aire en dirección a la Île de la Cité y por las ventanas abiertas se asoman damas y caballeros, charlando distendidamente y observando el panorama. Desde el interior se escuchan canciones y risas.

El Moulin Rouge no es el único edificio de París que ha hecho uso de los últimos adelantos tecnológicos, aunque sí el más pintoresco. El descubrimiento de la cavorita, material opaco a la gravedad, ha traído consigo días de vino y rosas para la comunidad científica. Las muchas aplicaciones de la extraña aleación han traído un nuevo renacimiento al siglo XIX. El abanico de posibilidades es inmenso. Está aún por ver qué traerá el siglo que viene, y las más ilustres mentes del mundo, citadas para la inminente Exposición Universal, tendrán mucho que decir en ello.

Pero nada de esto importa a Jean Paul esta noche, que tiene otra misión entre sus manos. Las escalas que penden del flotante molino pasan en estos momentos sobre el joven. Normalmente el edificio volador surca el cielo a una altura más elevada, pero él conoce a la perfección la rutina del viejo piloto que lo gobierna, su tío abuelo Patrice. Por eso y pese a que está prohibido, sabe que desde esta precisa azotea es posible hacer lo que va a hacer: saltar con su último resuello y agarrar con desesperación una de las escalas, que lo arrastra por el aire sobre las calles parisinas.

Sin mirar al vacío, obliga a su desgarbado cuerpo a vencer el vértigo y trepar hasta una de las trampillas inferiores, que abre de un empujón para colarse dentro. Tras el momento de peligro, Jean Paul se toma unos minutos para recuperar el aliento. Se encuentra en la cubierta inferior, entre el entramado de madera bajo el suelo de la sala de baile principal. Las tablas vibran con la potencia de la música y con las pisadas, giros y piruetas de las personas que abarrotan el local. En un día como este el molino debe de estar lleno de nobles y adinerados. El muchacho se alegra por su amigo Toulouse, visitante habitual del Moulin, quien debe de estar disfrutando como un enano, nunca mejor dicho, por la afluencia de toda esa gente hermosa. Jean Paul se lo imagina en el centro de la diversión con su cuaderno de dibujo y su carboncillo, esbozando frenéticamente las figuras danzantes, observándolo todo con esos ojillos negros tan inquisitivos y llenos de vida.

Cualquier otro día Jean Paul se hubiera quedado allí abajo para mirar por las rendijas del tablado los secretos que esconden las bailarinas bajo sus faldas, pero hoy tiene una misión más importante. En cuclillas se desliza bajo la sala hacia la parte trasera del edificio, escuchando por el camino fragmentos de conversaciones. El tema del día de hoy, al igual que lleva siendo semanas e incluso meses, son las maravillas que traerá la apertura de la Exposición Universal mañana.

–No sabes la última. Ayer mi primo, que viene de las provincias…

–Un inventor español, un tal Isaac Peral. Pero eso no es lo mejor: ¡dicen que Gaudí …!

–… por la puerta norte de la ciudad. ¡Han tenido que reforzar los carriles! Imagínate: ¡la locomotora debe ser del tamaño de una catedral!

–Búfalo Bill, sí, querida, todo un salvaje del Lejano Oeste. Para qué…

–… muy peligroso. ¿Qué puedes esperar de la colaboración de dos locos como Nikola Tesla y Thomas Edison?

–Poetas americanos que han compuesto…

–… pero cariño, déjalo ya y ven a bailar conmigo. ¿Crees que ese sabio alemán, Hertz o como se llame, nos sorprenderá con altavoces más potentes?

Jean Paul sonríe para sus adentros. Ninguno de ellos adivina, está seguro de ello, lo que su genial maestro ha tramado. Va a ser la gran revelación de la Exposición, la obra cumbre de toda una vida. Jean Paul aún no puede interpretar los planos que ha fotografiado con su daguerrotipo, pero intuye la escala de lo que el visionario ingeniero Alexandre Gustave Eiffel ha diseñado, y sabe que es algo grande, algo muy grande, y que va a ser lo más espectacular que haya visto hombre alguno.

Soñando despierto sus sueños de aprendiz, el muchacho llega al final de la sala y pasa bajo el muro que separa la sala de baile de la zona de camerinos. Hay mucha gente atareada por los corredores encima de él, así que no tiene más remedio que esperar un buen rato, ansioso y excitado, hasta que no hay moros en la costa. Sólo entonces levanta con precaución la trampilla y sale al pasillo.

Ahora no hay que apresurarse. Se inspecciona de arriba abajo, se sacude el polvo de la chaqueta y extiende las mangas. No tiene espejo, así que se atusa como mejor puede el flequillo rebelde y se mete la camisa blanca por dentro. Sus zapatos están irremediablemente sucios, pero por fortuna los bajos del pantalón los ocultan. Saca la carta de amor de la camisa; con una mueca de desmayo constata que está arrugada y un tanto sobada. Será mejor entregarla sin sobre.

Camina por los pasillos del personal, cruzándose con músicos, mozos de servicio y bailarinas. Conoce el camino bien, pues allí es donde ha pasado su infancia bajo la tutela de Patrice. Y por fin llega a la puerta, la puerta entreabierta en la que luce una estrella dorada, la puerta que da acceso al camerino de la más bella diva del Moulin Rouge.

Toda la agilidad y entereza que ha demostrado frente a los matones al recuperar la carta. Todo el ingenio e imaginación que pone al servicio de su maestro Eiffel. Toda la fuerza y energía de su juventud. Todo, todo ello se apelotona, una emoción encima de otra, sobre la mano que tímidamente alarga para empujar aquella puerta.

Porque detrás de ella se encuentra la mujer a la que va a declarar su amor, en el día previo a la gloria y reconocimiento mundial que le espera junto a su maestro.

Jean Paul ahoga un suspiro.

La puerta se abre.

La bellísima diva vuelve sus ojos verdeazulados –¡oh, amor eterno, desolado! – hacia el muchacho que espera, todo ángulos y boca abierta, al otro lado de la entrada. Su voz angelical se abre paso a través de sus blancos dientes, qué digo dientes, perlas de los mares del sur, y fluye como un melódico río a través de los escasos metros que les separan. Jean Paul siente el impacto de las ondas sonoras en su rostro cual olas cálidas y bucea entre su espuma nacarada para otorgar un significado a las dulces palabras que inundan sus oídos.

–Ah, eres tú, Jean Paul. Pasa y cierra la puerta, que me congelo.

Lleno de orgullo, Jean Paul flota al interior del camerino. A esta mujer le ha confesado sus secretos más profundos, sólo con ella ha compartido los fabulosos diseños de Eiffel. Pero ¡un momento! ¡Horror de los horrores! ¡Tras la bambalina, sentado al lado del lucero de los escenarios, hay un hombre! El desconocido intruso observa al joven Jean Paul con una mueca de disgusto. Viste con exquisita elegancia una levita oscura sobre un chaleco violeta de dibujos sofisticados. En su mano izquierda engalanada de anillos porta un bastón de cabeza plateada y un monóculo brillante oculta uno de sus ojos. ¿Quién es, quién es? Jean Paul se estruja el cerebro para intentar recordar esa cara. La mano derecha del petimetre, no es posible, está posada sobre una de las manos de su diva, que la retira rápidamente.

–Mmme –El desconcertado Jean Paul se dirige a la diva, intentando ceñirse al plan original–, ¿mmme farías el honor de, carta, coger?

El monóculo del arrogante y despreciable advenedizo –Jean Paul ya lo considera así– cae de su ojo, quedando colgado por una cadena al chaleco de manera ridícula. La diva pestañea un par de veces –los delicados rizos de los exquisitos pelos acarician con suma elegancia el aire que rodea los pozos de su alma– y señala con su blanquísima mano un aparador. La mano de Jean Paul se mueve con simétrica y espontánea iniciativa, depositando la carta de sus amores sobre el mueble de manera bastante más prosaica.

La puerta detrás de Jean Paul cruje y se abre al tiempo que alguien habla.

Monsieur de Maupassant –truena una voz grave y profunda con un intenso acento norteño–, hemos perdido al muchacho, pero le aseguro que…

Es ahora cuando Jean Paul cae en la cuenta. El desconocido es el escritor Guy de Maupassant, el archienemigo declarado de Eiffel. En la entrada del camerino, los dos rufianes que acaban de hacer entrada –el gigantón y su fibroso compañero– abren sus bocas en una O perfecta. Jean Paul comprende, en un lúcido instante de inspiración, el camino que han seguido sus confidencias: de Jean Paul a la diva, de esta a Maupassant y de este, finalmente, a los matones, que cerraron el círculo con Jean Paul durante el breve encuentro en el callejón. La velada en la que iba a declarar su amor se ha convertido de súbito en un evento muy peligroso. Y lo peor es que aún lleva su daguerrotipo consigo.

La fortuna se alía con el joven. En ese preciso momento, el Moulin Rouge se posa en una de las paradas establecidas y la estancia se sacude. Los matones, poco acostumbrados a las vibraciones del molino volador, pierden pie y se apoyan como pueden en paredes y mobiliario. No así Jean Paul, acostumbrado a la vida a bordo con su tío abuelo. El cuerpo del muchacho se pone en movimiento como un relámpago, escabulléndose de la peligrosa encerrona bajo las riendas de sus instintos de juventud. Verdaderamente, el cuerpo humano es maravilloso, capaz de pasar del éxtasis más absoluto a la lucha por la supervivencia más feroz.

Los rufianes rugen a sus espaldas, atronando por los pasillos. Jean Paul corre entre actores y servidumbre hasta la sala de baile con los dos esbirros mordiendo sus pasos. Al entrar al gran salón se sumerge entre los cuerpos danzantes; bailarinas de trajes centelleantes, caballeros de levitas brillantes como el metal, sirvientes de piel oscura como el ébano, luces brillantes, carcajadas estentóreas. La angustia le nubla el entendimiento, pues mientras él lucha por abrirse camino, el gentío se abre al paso de los dos canallas que lo persiguen. Pero de nuevo la diosa fortuna le sonríe, pues en un breve suspiro es atisbado por Toulouse Lautrec, que, como había anticipado, está en su salsa en aquella fiesta divina. Basta una mirada del pintor para comprender la situación.

El muchacho se abre paso cuando oye un revuelo a sus espaldas y una gran carcajada general. El pintor se ha interpuesto en el camino de los dos gorilas, que han tropezado con él debido a su baja estatura, provocando aquel estallido de risas. Jean Paul se apena por su amigo, que, a pesar de su inteligencia, paga diariamente el precio de su minusvalía con burlas y bromas. Pero le acaba de regalar unos instantes preciosos, los justos que necesita para encontrar la salida y escapar a la carrera.

El Moulin Rouge se ha posado entre la Place des Invalides y los Champs de Mars. El lugar perfecto para una noche como aquella, frente a la explanada de la Exposición. Una cola de engalanados dignatarios espera ya su turno para abordar el codiciado molino volante. El joven escapa como una exhalación levantando alguna mirada sorprendida. Los dos malditos esbirros, los lacayos a sueldo de aquel despreciable usurpador, supuran a trompicones del molino. El joven continúa corriendo, pero pronto tiene claro que lleva las de perder. Sus perseguidores están frescos y le recortan distancia a cada segundo que pasa. No quiere, no puede acabar así.

Salta la valla que protege el recinto de la Exposición con una única idea en mente. Sólo hay un lugar donde puede ponerse a salvo: el subterráneo complejo en el que Eiffel ha preparado su obra maestra. Jean Paul sabe que el ingenio metálico tiene unas dimensiones extraordinarias y que se encuentra oculto bajo tierra. Pero en estos momentos no tiene otra alternativa.

Con la muerte en los talones corre hacia el túnel que horada la enorme lona que cubre el proyecto. El aire quema sus pulmones. Las voces de sus perseguidores suenan cada vez más cerca. Sólo unos metros más… Jean Paul tropieza, resbala por la pendiente y cae hacia la oscuridad insondable de las profundidades donde Eiffel ha trabajado durante más de dos años. Y en algún momento de aquella caída se golpea la cabeza y todo se vuelve negro.

En la mañana del seis de mayo de 1889 París amaneció radiante. Personalidades de todas las naciones acudieron a la apertura de la mayor Exposición Universal que el mundo había conocido. Las puertas del norte de la ciudad se abrieron, y una locomotora del tamaño de una catedral entró a la ciudad conducida por el ilustre hijo de la Gran Bretaña Sir William Stroudley. Sobre la gigantesca bomba de vapor de metal, Búfalo Bill cabalgaba el mayor corcel de la historia. Remontando el río Sena, un ingenio emergió de la superficie del agua; un submarino de formas increíblemente afiladas, decorado con dragones de azulejo y con un periscopio coronado por un casco de guerrero espartano; el invento de Isaac Peral y del arquitecto Antoni Gaudí. Los inventores Nikola Tesla y Thomas Edison, en representación de las naciones serbia y estadounidense, entraron en la Exposición montados sobre un armazón metálico del tamaño de una casa y que se movía, en esto discrepan los testigos, en base ora a energía eléctrica, ora a energía magnética. Mientras tanto, por la puerta oeste hizo su entrada una delegación de los más selectos poetas hispanoamericanos, cantando a coro la estremecedora y bellísima «Oda universal». Los asombrados espectadores aún se deleitarían con muchas otras maravillas, pero lo que verdaderamente se recordó de aquella mañana fue otro suceso histórico.

Un trueno inmenso recorrió la explanada de los Champs de Mars y todas las voces enmudecieron. Al final de la explanada, junto al río, una gigantesca, incontestable estructura metálica comenzó a surgir de las profundidades de la tierra; una negra Torre, forjada y entrelazada con una maestría suprema, que ascendía y ascendía del suelo eclipsando al sol naciente. Cuando parecía que no podía elevarse más, la Torre se despegó de la superficie, y así los atónitos observadores descubrieron que no era una torre, sino un cohete; lo que dio en llamarse en tiempos venideros el Cohete Eiffel. La inmensa superestructura, preñada de cavorita, voló al fin hacia los cielos esparciendo luz y calor, acompañada del vuelo de los sombreros y del estruendoso clamor de los aplausos.

Meses más tarde, cuando la ola de excitación de la gran Exposición Universal se hubo asentado, la diva del Moulin Rouge se encontraba descansando en su camerino cuando oyó unos golpecitos en la puerta. Se levantó a comprobar quién llamaba, pero cuando abrió la puerta no vio a nadie. En el suelo frente a su camerino había un papel. Extrañada, lo tomó.

Era una fotografía de daguerrotipo que mostraba una imagen totalmente insólita. En un fondo negro tapizado de puntitos brillantes destacaba un orbe tan verdeazulado como sus ojos. Y sobre el borde de ese maravilloso objeto destellaba una luz tan intensa que dolía mirarla. Lo que la diva estaba contemplando era el amanecer del Sol sobre la Tierra, visto desde el espacio.

Por un brevísimo momento, la diva creyó comprender lo que estaba viendo. Pasado ese instante, la banalidad volvió a ocupar su lugar. La diva tiró la fotografía y cerró la puerta.

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2 comentarios en “Surprends le monde!

  1. Por la localización espacio-tiempo de este relato, he de reconocer que me encanta. Además, está magníficamente ambientado. Personajes de la época, dirigibles… Lautrec, en su habitat natural. Y Maupassant, de supersiniestro. Personalmente, creo que Guy atacaría más a Eiffel con su arma habitual, uséase, la palabra. Pero quien sabe, igual poseía también ese tremendo lado oscuro…
    El muchacho, entrañable. Y la diva, pagada de si misma, como tiene que ser.
    Los diálogos, ágiles y plenos en contenido. La acción, con un ritmo estupendo.
    Y el desenlace, muy realista. La diva no sabe apreciar ni foto ni mensajero.

    He disfrutado como una enana, Ismael. Gracias por una lectura se me antoja un verdadero regalo 😀 Bss.

    Le gusta a 1 persona

    1. Sí, la representación de Maupassant es un poco partidista :D. Solo sé que fue un enemigo acérrimo de Eiffel. Como es una ucronía steampunk, pues todo vale, y al pobre le ha tocado un papel de malvado que no corresponde con su realidad histórica.

      Me alegro de que disfrutaras. Ese es el mejor comentario que puede recibir un escritor.

      Besos
      Isma

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