El último heavy metal

Se llama Curro y el negro es su color. Negros son los vaqueros que viste. Negra es su camiseta, en la que los cuatro hercúleos componentes de Manowar reivindican su legítimo lugar en el podio del metal. Negra es su chupa de cuero y negro es su pelo largo, negro su inseparable walkman y negros sus ojos negros; toda esta oscuridad, resonante de punteos de guitarra eléctrica y de poderosas baterías, es aún más oscura por el contraste con su piel blanca como la leche.

Curro vive en un recóndito y anodino pueblo en la Extremadura profunda de la España de nuestros días, Corregato de los Rodiles. Corregato es famoso en los círculos arqueológicos por su vetusto circo romano, apenas unas rocas sobresaliendo del suelo como dientes mellados. La antigua gloria romana es sin embargo eclipsada por la magnificencia de la cercana Mérida, infinitamente más rica. Aparte del viejo circo, en Corregato no hay mucho que hacer, salvo ver crecer la hierba y contemplar el paso de las nubes. Por eso fue todo un acontecimiento cuando Alejandro Sanz, el famoso cantautor e ídolo de masas, anunció su intención de dar un concierto en la pequeña localidad durante la época navideña. Los carteles anunciando el evento, a celebrarse en un par de días en el mismo circo romano, son visibles ahora por toda la calle mayor, entremezclados con los variados adornos navideños que los corregateños han tenido a bien disponer en las fachadas de sus casas.

En el único bar roquero del pueblo Curro pasa la nochebuena en compañía de Sara, su novia psicótica; de su amigo Benito, el propietario del antro; y de Juanjo, su amigo del alma.

–Ayer estuve en el Carrefour de Mérida y encontré esta joya por un euro –comenta orgulloso Curro, enseñando una descolorida casete de Manowar con pegatinas navideñas.

–¡Cojonudo! Eso sí que es música y no la mierda de Alejandro Sanz, que Crom se cague en su alma –reniega por enésima vez Benito. El barman es rechoncho y bajito y contrasta con la altura desgarbada de Juanjo. Por los altavoces suena Rammstein. Salvo por ellos cuatro el bar se encuentra desierto. Curro da un trago a su sempiterna cerveza mientras asiente. Sara enciende por millonésima vez su mechero. La llama ilumina brevemente su expresión angelical y le ayuda a centrarse en el momento presente. Juanjo, tras unos instantes de concentrada cavilación, responde a Benito.

–Ni Crom ni leches. Lo único que importa es que dentro de unos días esto estará lleno de tías locas por follar.

–Pijas –responde Sara–. ¿Te lo harías con una pija de esas?

Curro, sabiamente, no contesta. Juanjo nunca ha tenido pelos en la lengua:

–Esta noche me tiraría hasta a un reno.

Mientras los cuatro amigos beben en el bar, los mentados renos del trineo de Papá Noel se encuentran en estos momentos acercándose a Corregato a gran velocidad. El trineo, volando mágicamente sobre la árida estepa extremeña, tira de un casi interminable convoy de vagones repletos de regalos. Papá Noel en persona, como lleva siendo tradición desde tiempos inmemoriales, dirige la caravana. Pero mientras el anciano bonachón vuela camino de Corregato una sombra oscurece su cara. Papá Noel quiere resolver el compromiso con el pequeño pueblo lo antes posible.

Papá Noel recuerda. Hace dos semanas, mientras leía las cartas de los niños y apuntaba sus peticiones en un grueso tomo dorado, un elfo de servicio dejó sobre su mesa una carta de bordes rojos.

–Así que una carta prioritaria –pensó en voz alta Papá Noel, mientras sostenía alegre la carta entre sus manos regordetas–. ¡Elfos, tocad las campanas! Aquí tenemos los deseos de un niño puro, cuyo comportamiento sin mácula lo ha hecho merecedor de un honor especial.

Decenas de elfos, obedientes, hicieron tocar todas las campanillas subterráneas del refugio de Papá Noel en el lejano ártico. Rintitín, rampampán. Papá Noel estaba de excelente humor. Con ambas manos levantó la carta sobre su cabeza.

–¡Jo, jo, jo! –rió una vez más el legendario avatar navideño mientras rasgaba el envoltorio–. Siguiendo la tradición que se remonta al principio de los tiempos, a este niño bienintencionado no se le negará deseo alguno.

Papá Noel leyó la carta. La sonrisa se borró de su cara. Volvió a leerla. Tragó saliva.

–Tú –señaló a un elfo que pasaba–. Tráeme un vaso de Levantaduendes. Espera –recapacitó brevemente–. Mejor tráeme una botella.

Dos semanas después de aquel recuerdo, Papá Noel se aleja ya de Corregato con cara circunspecta tras haber cumplido con su deber. Por las calles del pueblo comienza a soplar un helado viento invernal. Los carteles de Alejandro Sanz se agitan y tiemblan.

En el pequeño bar suena la rasgada música de Metallica y su Master of Puppets cuando la puerta se abre de golpe. El viento silba y ulula, introduciendo polvo y hojas secas en el local. Una figura oscura se recorta contra la puerta.

–Está cerrado, tío –dice Benito sin mucha convicción.

–Nuuuuuuuu –articula la figura.

–¡Que te des el piro! –Juanjo lleva ya ocho cervezas. Podría hacerse una coleta con los pelos de su lengua.

–¡Nuuuuuuuu! –repite la figura, saltando sobre el grupo.

–¡De puta madre! –salta entusiasmado Benito–. ¡Es un zombi!

Efectivamente, la figura responde a la descripción estándar de un zombi. Jirones pútridos de ropa cubren un cuerpo descompuesto. Mechones de pelo raído cuelgan de una calavera de carne muerta en la que dos ojos vacíos miran sin ver. El zombi se abalanza con dedos esqueléticos sobre Juanjo, que chilla como un cordero degollado. Curro, poco aficionado a las peleas, se cae al suelo desde su taburete.

–¡Me ha mordido el hijoputa! –aulla Juanjo.

–¡Joder, Benito! –despotrica Curro desde el suelo–. ¡El suelo está lleno de mierda!

Juanjo forcejea con el zombi, agarrado a su cuello. Benito observa con fascinación morbosa la escena desde detrás de la barra. Curro intenta levantarse pese a la firme oposición de su intoxicación etílica. Sara levanta sobre su cabeza un taburete y lo descarga con una fuerza inusitada sobre el zombi. El zombi cae, arrastrando en su caída a Curro. Juanjo recupera el equilibrio y comienza a patear al muerto viviente. El zombi pierde un brazo. Benito sale de detrás de la barra y remata al engendro caído con una bombona de campingas. El zombi, claramente sobrepasado, se desploma y regresa al abismo negro del que nunca debió haber salido.

–¿Ahora sacas la bombona? –Juanjo recrimina a Benito. Sara ayuda a levantarse a Curro, parcialmente cubierto por trocitos de carne muerta.

–Es la última que tengo –se defiende Benito.

–Parad, tíos –La voz pastosa de Curro se impone–. Escuchad.

Por la puerta entreabierta se escucha un murmullo apagado, una especie de nuuuuu ininterrumpido. Si un observador ajeno a la escena siguiera el sonido, encontraría en su origen una marabunta de muertos vivientes, parados como pasmarotes en la calle mayor. Existe una razón para su desconcierto, además de su lamentable estado físico. Hasta hace unos minutos estaban disfrutando del calor del infierno. De repente, escucharon un tintineo de campanillas y un resoplar de animales grandes, como de renos. Y sin apenas transición se vieron transportados a este extraño lugar, donde en vez de fuegos infernales sopla el viento helado del más frío invierno extremeño. Como para no sorprenderse.

El reloj de la plaza del pueblo comienza a dar las doce campanadas y aprovechando la confusión de la turba los cuatro compañeros, embravecidos por el alcohol y su reciente victoria sobre el triste engendro demoníaco, salen a la calle dispuestos a partirse la cara por Corregato y la humanidad. Se han armado como mejor han podido. Juanjo sostiene una barra de lomo en cada mano. Sara tiene en la izquierda un aerosol y en la derecha su mechero, con intenciones previsiblemente incendiarias. Benito acarrea su campingas, arma contundente donde las haya. Curro, sintiéndose un poco desnudo con su litrona de cerveza, aprovecha para darse la vuelta y vomitar parte de sus desgracias sobre el pavimento adoquinado.

Los cuatro forman una estampa de leyenda, casi inmóviles y sin tambalearse demasiado, frente a la nutrida marabunta infernal.

El reloj de la plaza del pueblo termina de dar las doce campanadas. La hora de las brujas es, por tradición, signo de buen fario para los engendros sombríos. Alentados por ella varios zombis dirigen sus miradas lechosas hacia los cuatro compañeros. Sea lo que sea que ha pasado, carne fresca es carne fresca, piensan con sus putrefactos pensamientos. Otros zombis se contagian de los primeros, y la reacción en cadena se propaga con rapidez, resultando en que miles de zombis dirigen su atención hacia los cuatro. Un zombi un poco más despierto que el resto toma la iniciativa y da unos pasos hacia los valientes. Su ejemplo es inmediatamente copiado por otros cientos, con mayor o menor fortuna de acuerdo a sus circunstancias de fallecimiento y decadencia. Pronto la calle entera está en movimiento hacia los cuatro amigos.

Benito echa a correr en dirección opuesta a los zombis.

–¡Nos vemos tíos!

–¡Espera! ¡Vuelve aquí, cobarde! –Curro se gira y persigue a Benito calle abajo. Sara, tras unos momentos de indecisión, sigue a su amado.

–¡A ver quién de vosotros aún tiene cojones, putos zombis! –espeta Juanjo a nadie concreto de la marabunta mientras se da la vuelta y los sigue.

Los cuatro corren ya sin disimulo tanto como sus piernas les permiten. La calle desemboca sin remisión en el antiguo circo romano decorado con las pancartas gigantes del concierto de Alejandro Sanz. Al llegar a las vallas del exterior del recinto, Juanjo salta la reja con rapidez, Sara está en un segundo abajo y al siguiente arriba, ayudando a Curro, menos ágil que un madero, a trepar, Benito suda la gota gorda para alzarse sobre los hierros, agarrándose a Curro entre sollozos. Los zombis simplemente se aprietan contra la valla metálica hasta que el peso la tumba.

Atropelladamente los cuatro recorren el espacio vacío de las ruinas y suben las escaleras del escenario en el otro extremo. Desde arriba la vista es dantesca. Todo el recinto del circo romano se encuentra lleno a rebosar de zombis desmelenados, aunque fieles a la verdad hay que reconocer que pocos de ellos conservan aún el pelo. Los muertos vivientes chocan contra el entramado de metal como las olas de un mar pútrido y descompuesto. Juanjo blande sus barras de lomo contra los que intentan trepar al entarimado, a su lado Benito descarga la campingas a diestro y siniestro, Sara es un torbellino de llamaradas de fuego. Alejandro Sanz, ataviado con un simpático gorro de Papá Noel, observa todo esto desde el poster gigante que decora el fondo del escenario. Un zombi se acerca demasiado a Curro, que se desmaya.

–Esto es el fin, amigos –resuella Benito sin aliento, dando un bombonazo a otro zombi.

–Si esto es el fin, siempre hay algo que he querido hacer –responde Juanjo. Tirando las barras de lomo, se rasga la camiseta y coge carrerilla. Comienza a correr disponiéndose a saltar sobre la muchedumbre infernal. Benito se lanza a sus pies y lo agarra en el último momento. Juanjo trastabilla y cae antes de completar su carrera.

–Me has arrebatado la mejor muerte que un heavy puede desear –solloza Juanjo–. Pero me vengaré.

Juanjo se baja los pantalones y se acuclilla. Benito aparta la vista.

–Putos aficionados –Sara continúa quemando zombis como si le fuera la vida en ello, lo que en efecto es cierto, porque la situación es insostenible. Varios han subido ya a la tarima y se encuentran trasteando entre las guitarras acústicas, triángulos, pianos eléctricos y demás instrumentos musicales repartidos aquí y allá. No faltará mucho hasta que la curiosidad sea vencida por el hambre.

Juanjo y Benito, en el suelo, se abrazan arrodillados. Sara acaba su último aerosol. Los zombis cierran en círculo en torno a los cuatro. Todo parece perdido. Entonces Curro, desfallecido en el suelo entre los tres, se incorpora de un salto con un revoloteo de ropas tan negras como las alas de un cuervo. Benito, incongruentemente, emite un chillido porcino.

–¡Hostia, casi me matas del susto, joder!

Curro no responde. Tiene los ojos en blanco y todo su cuerpo tiembla. Su camiseta negra se estira y se abulta a un ritmo imposible. Bajo la tela, el cuerpo blandengue de Curro se está convirtiendo en una esculpida masa de músculos duros como el acero. Su pelo, habitualmente liso, se enrosca y se alarga, caracoleando hasta la altura de su cintura. La chupa de cuero se rasga, quedando convertida en chaleco en el torso y en dos muñequeras con pinchos en los antebrazos. Hasta los zombis se han detenido a ver de qué va todo esto.

–UOOOOOO, UOOOOOOOOO –Un poderoso aullido, rico en armónicos y energía épica, sale de las cuerdas vocales de Curro.

–¡Está poseído por el espíritu de Eric Adams! –señala Juanjo con la boca abierta.

–No es posible –responde Benito–, si aún no está muerto.

–WHERE THE HELL AM I THIS TIME / DÓNDE COÑO ME HE METIDO ESTA VEZ –La voz del legendario cantante de Manowar suena potente y grave a través de la garganta de Curro–. YOU, CUNT, ANSWER / A VER, PRENDA, RESPONDE.

–Estás en un concierto de Alejandro Sanz –responde Sara con admiración.

–FUCK / JODER –Eric Adams se vuelve. Su mirada recorre, sucesivamente, la multitud de zombis expectantes, la cara gigante de Alejandro Sanz en el fondo del escenario y la boñiga que Juanjo ha plantado en mitad del entramado–. IT IS TRUE. ROTTEN LUCK. / CAGÜENDIOS. QUÉ PUTADA.

El cuerpo de Curro, poseído por el invencible espíritu de Eric Adams, se pone en movimiento hacia los bastidores, empujando a los zombis que se interponen en su camino. Los tres amigos se aprietan contra él. Frente a la poderosa presencia del cantante los muertos vivientes se apartan con una curiosidad cauta a la par que glotona. Al llegar junto a los equipos de sonido Curro se asoma al pulcro tablero de instrumentos y se arrasca la negra cabellera ensortijada.

–HOLY SHIT / HOSTIA PIJO –En la consola los cables están etiquetados con precisión; verde con verde, rojo con rojo, lila con lila–. DURING OUR CONCERTS WE ONLY USE ONE CABLE / EN NUESTROS CONCIERTOS CON UN CABLE NOS BASTA Y SOBRA.

Curro se inclina sobre el tablero y manipula los cables cual explorador en selva indómita. Satisfecho, se permite unos instantes para mirar a los tres amigos abrazados y a la turba de zombis. Entonces, hinchando su hercúleo y depilado pecho, lanza su desafío a la noche invernal:

–IF YOU ARE NOT INTO METAL, YOU ARE NOT MY FRIEND! / *

Y pulsa el interruptor de encendido, desencadenando una secuencia de acontecimientos.

Lo primero que ocurre es que el panel estalla con un terrible fogonazo eléctrico y Curro sale despedido, dejando en su lugar una humareda, un par de botas negras vacías y un sospechoso olor a cerdo chamuscado.

Lo segundo que ocurre es que las luces del concierto se iluminan de golpe. Cien mil zombis, iluminados por los potentes focos de luz, giran sus descompuestas faces hacia el escenario. A la vez, los altavoces comienzan a resonar con un petardeo y una especie de carraca. Como música reproducida en un viejo walkman.

Lo tercero que ocurre es que cien billones de vatios de potencia –casi un millón por zombi, tirando por lo bajo– se abren camino, en contra de toda ley física, a través de los ridículos altavoces del concierto mientras se desgranan los primeros acordes del Louder than Hell de Manowar, a un volumen que incluso las abuelas más recalcitrantes del pueblo serían capaces de escuchar desde sus mullidas camas. Una lluvia de chispas salta desde los reventados amplificadores en dirección a, bueno, en todas direcciones. La potencia liberada del más puro metal se extiende por el antiquísimo circo romano, separando sucesivamente el pelo de la piel, la piel de la carne y la carne del hueso, para finalmente triturar y hacer puré a los zombis reunidos en el espacio abierto.

La apoteosis sonora dura lo que duran los altavoces, apenas unos segundos. Los tres amigos reunidos, abrazados y bastante sordos, levantan la vista y observan lo que queda del circo romano mientras las luces se apagan lentamente entre las chispas. Los carteles del Alejandro Sanz navideño arden por los cuatro costados. De las ruinas no queda ni el recuerdo.

Los vecinos corregateños se asoman tímidamente a sus ventanas para intentar descubrir qué ha sido todo aquello. En una de las casas el hijo del alcalde llora desconsolado, intuyendo que pese a su intachable comportamiento no recibirá regalo alguno. Por otro lado, en el inframundo, las almas de los condenados retornan al agradable calorcito de las llamas eternas, y en las alturas Papá Noel se sopla otra botella de Levantaduendes para quitarse el mal cuerpo. En definitiva, la noche de Navidad retorna a sus cauces habituales. Y mientras todo esto sucede, Curro –el último heavy metal– entra triunfal a las salas del Valhala, donde Crom, aún meditando sobre el secreto del acero, lo recibe como a un hijo, con los brazos abiertos.

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4 comentarios en “El último heavy metal

  1. Jeje, se me hacía la boca agua imaginando una batalla tipo lord of the rings con el ejército zombie de fans de Alejandro Sanz, lástima! Es muy visual, me ha gustado….y le habrá gustado al auténtico Curro?
    Gracias por las risas y el buen rato.

    Le gusta a 1 persona

    1. Es uno de los relatos al que tengo más cariño. Usa un lenguaje muy distinto del habitual, creo que acorde con los personajes, muy liberado. Se lo envié al mismísimo Currete y me dijo que le gustó, de lo cual me alegré muchísmo porque es un pequeño homenaje para él. Me alegro también de que te haya hecho reir a ti.

      Besos hermanita, gracias por comentar

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  2. Tremendo, Ismael. Has creado una secuencia de acontecimientos a cual más delirante que enganchan al lector hasta la apoteosis voltaica. ¡Y de qué manera!
    Me pirran los diálogos, Extremaduro profundo en estado puro. El bar perdido, un puntazo. Los amigos, a cual más fascianante dentro de su decrépito. Curro, entrañable. Juanjo, tronchante. Y cuando aparecen los zombis, despiertan después de su letargo. Y toca correr. Focos, sonido, Eric Adams ¡al poder! El pueblo alucina. Y estalla el circo romano. Tío, te lo has pasado en grande. Y lo transmites 😀 Gracias, Isma, por una aventura loca.

    * Me gusta el Valhala que has montado, promete buenas correrías.
    * Este cuento de Navidad, a los niños… Va a ser que no. Vedado hasta los 20 😉
    Besos.

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    1. Jajaja, vedado, sí. Es un relato muy gamberro. De vez en cuando nos viene bien romper con todo y dejar volar la imaginación por fronteras no exploradas. Me alegro mucho de que te gustara, pese al lenguaje fuerte y las barbaridades. Jaja.

      Un abrazo

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