El viejo y el espacio

Camino por los corredores metálicos de esta nave espacial día sí y día también, porque en el espacio no hay distinción diurna o nocturna como en la vieja Tierra; aquí siempre es de día, luminoso e invariable. Trabajo como barrendero, limpiador de las entrañas de este gigantesco transporte que recorre el espacio sin descanso, saltando de sol en sol y de planeta en planeta, mientras yo deambulo invisible por sus túneles, por sus cámaras de ventilación, por sus depósitos vacíos y las turbinas donde ya nadie va. Una vez al día voy a la consola donde leo las incidencias de servicio y así me entero de que hay que recoger los desechos de uno de los generadores o adecuar una de las salas para la instalación de una nueva máquina o pulir uno de los depósitos de agua. Recojo mis instrucciones,  me deslizo como un delfín por los relucientes pasillos de mantenimiento con mi equipo a cuestas y realizo la tarea asignada concienzudamente, con el orgullo que da el deber cumplido.

Conozco la nave mucho mejor que la tripulación que la maneja. Llevo aquí tantos años que ya ni me acuerdo de cuándo entré por primera vez en su panza vacía. Podría encontrar mi camino con facilidad incluso a oscuras; una vez hice la prueba, tuve que taparme los ojos con una venda para no hacer trampas en la luz inmisericorde y anduve todo el día sin perderme, guiándome tan sólo por el dulce runrún de los motores, por la leve pendiente de los corredores y las metálicas corrientes de aire acondicionado. Esta nave cuida de mí, estoy seguro de ello. Hay un pequeño rincón donde voy a descansar tras la jornada de trabajo y allí tengo mis escasas pertenencias y mi posesión más preciada: un diminuto cubo de datos, que es a la vez mi periódico, mi diario y mi enciclopedia. Una claraboya enorme ocupa una de las paredes de mi cubil y a través de su superficie transparente veo pasar planetas y lejanos soles, calvos asteroides, blandas nubes de polvo sideral. Me gusta imaginar que extiendo la mano fuera del casco y la dejo reposar en la corriente negra, con las estrellas escurriéndose entre mis dedos, como un barquero perezoso y vago que surca el tiempo y el espacio con su vida a cuestas. Antes solía venir a fumar a mi rincón, en las horas muertas, con el cubo de datos en las manos, dándole vueltas como un antiguo cubo de Rubik, mientras las volutas de humo escapaban de mis labios y recreaban cúmulos, nimbos e incluso los nubarrones de tormentas que yo recordaba de la vieja Tierra. Durante un tiempo mi hábito mantuvo a toda la tripulación en vilo; se volvían locos buscando el origen de ese humo, pues un incendio en el espacio es el mayor peligro de una nave espacial. Yo, por supuesto, ponía buen cuidado en inhabilitar los detectores más cercanos, de suerte que el humo siempre recorría una distancia impredecible antes de activar las alarmas. Se emitieron avisos por megafonía, enérgicas circulares poblaron las consolas y se cancelaron temporalmente todos los postres, hasta que un día mandaron toda una flotilla de robots a recorrer los pasillos en busca de la invisible fuente de gases. Así fue como una tarde un pequeño robot plateado apareció por mi rincón en el momento menos oportuno y descubrió mi vicio secreto. El robot se iluminó con luces de colores y emitió una sarta de pitidos intolerables antes de salir disparado. Corrí tras él por los pasillos, pero el maldito era más rápido que mis viejas piernas y se escabulló con un puturrú agudo que me sonó como una risita. Al día siguiente encontré una severa reprimenda en mi terminal de servicio y desde entonces he dejado de fumar.

En mis andanzas por las tripas de esta ballena sideral me entretengo con la observación de la vida a bordo, con la tranquilidad que da mi privilegiada situación, desde la que puedo observar sin ser visto. Así me entero de que tal y cual tripulante está molesto con aquel otro por una deuda de juego, de que la sobrecargo llora de celos por su amante, que es un alférez de primera clase, de los negocios turbios que se trae el encargado de logística o de los escarceos amorosos del mismo capitán. Soy un voyeur de las emociones, un ojo indiscreto; sigo los culebrones de los viajeros y a veces me despierto de mi sueño con la solución para aquel caso de amores no correspondidos o para el dilema de melancolía de un tripulante, y entonces pienso en todas estas cosas que la humanidad ha llevado hasta las estrellas, en todas las mentiras, desengaños y dudas que lastran nuestro avance como especie y de las que somos incapaces de deshacernos. El futuro sólo nos ha traído otro vehículo en el que transportar nuestras mezquindades y temores, y yo no soy menos, lleno de orgullo y soberbia por cumplir mi infantil sueño de viajar por el espacio, envilecido además por la ruin costumbre del tabaco.

Una de las órdenes que recibí me llevó a limpiar los conductos de ventilación de una gran bodega de carga. La nave había recogido un Perseo, otro objeto a la deriva de utilidad desconocida que vuelve loca a la comunidad científica por sus extrañas propiedades gravitatorias y que se supone procede de la nebulosa del mismo nombre. Desde los conductos de ventilación lo podía ver con toda claridad; era un pedazo de roca negra como cualquier otra. A su alrededor se afanaban científicos vestidos con costosos trajes aislantes, en un deambular de pasos torpes y blandos. Y yo ahí en mi atalaya con la escoba en la mano, respirando a pecho descubierto como si nada, por si fuera poco miro a mi derecha y veo un conejo, sí, un conejo, yo sabía que había ratas en la nave, pero nunca imaginé que hubiera conejos; el animalillo me miraba con ojos negros, yo le devolvía la mirada, él movía el bigote, yo seguía mirando, y así estuvimos un rato mientras allá abajo en la bodega los grandes hombres daban vueltas alrededor de aquella roca negra y se asombraban. Es un mundo extraño. Al día siguiente volví al mismo lugar para ver si encontraba de nuevo al mamífero, me había pasado toda la noche leyendo mi cubo de datos y venía con intención de distinguir si se trataba de un pentalagus o de un simple lepus; cuando llegué al lugar encontré no un conejo, sino un zorro, un zorro que me miró con desprecio antes de darse la vuelta, mostrando una cola esponjosa y tiesa como uno de aquellos juncos que recuerdo de mi infancia. Es un mundo extraño.

He descubierto, por cierto, que el robot traidor me espía. El pequeño bichejo, una semiesfera plateada con luces de colores en su cúspide, se planta en el umbral de mi rincón, medio oculto por la pared, emitiendo pitidos apenas audibles de cuando en cuando. En mi peregrinaje diario me sigue y he llegado a considerarlo mi mascota particular, pues no sé si me vigila o si simplemente siente curiosidad hacia mi persona. Los dos vamos así, como don Quijote y Sancho Panza, por este moderno rincón de La Mancha poblado por los mismos moradores del siglo dieciséis, o al menos sembrado de las mismas emociones y desdichas; y donde elucubré una solución para aquel enamorado, dejo una nota escrita que le lleva a los brazos de su amada, y donde resolví aquella congoja de tristeza, programo en mi robot una música alegre que desentumece el ánimo sombrío de ese tripulante triste. Voy por la nave con mi escoba como un invisible espectro vengador, y no hay entuerto que no desfaga. En mi rincón leo mi cubo de datos las densidades de los planetas y la composición de las estrellas, estudio con atención los astros celestes desde mi escotilla, y mi robot zumba y se engancha entre las sábanas de mi cama, que tienen pequeños mordiscos de conejo, buscando ocultos paquetes de cigarrillos.

A pesar de lo que me gusta mirar el espacio, salgo poco al exterior. La última vez fue a causa de un suicidio; un tripulante que sufría a causa de su condición homosexual se sacó el casco en la cámara de descompresión cuando la puerta exterior aún estaba abierta. Me horroricé cuando leí la incidencia; por supuesto había conocido a esa persona, que como todos tenía sus luces y sus sombras, pero sobre todo me dolió el reconocer el fallo fundamental de los seres humanos, que somos incapaces de entender a otros distintos de nosotros mismos. Por eso tal vez nunca nos hemos atrevido a contactar con los invisibles habitantes de la nebulosa de Perseo, con sus extraños e incomprensibles artefactos a la deriva. Me calcé mi traje espacial y salí por una de las escotillas de servicio. El espacio me llamaba, oscuro como un océano insondable. El sistema en el que nos encontrábamos albergaba dos soles enroscados, danzando el uno alrededor del otro un vals inestable, y al calor de los dos astros orbitaba un único planeta rojizo y carente de vida. Mientras raspaba la sangre coagulada de las juntas y paredes de la cámara me pregunté si el desdichado no habría elegido este sistema en concreto como una parodia de sí mismo, donde él representaba uno de los soles fatalmente rotando alrededor de otro en una espiral eterna de amor no correspondido. Y yo asumí la identidad del planeta rojizo, espectador impasible de las desgracias ajenas. Salir al espacio me pone melancólico y por eso no lo hago nunca, sentí en aquel momento unas ganas irresistibles de hacer algo absurdo, como quitarme yo mismo el casco y fumarme un cigarro imposible en el vacío sideral. Como si hubiera oído mis pensamientos, mi pequeño amigo robótico me sacudió la pierna, y yo desperté de mis ensoñaciones, terminé de limpiar y volví a la seguridad de mi nave conocida.

Los mandamases han decidido que ya está, que no va más, y desde hace un par de semanas vienen inundando mi terminal con mensajes apocalípticos; que si la nave es ya muy vieja, que si fallos de navegación, que si las mejoras son imposibles… en definitiva, que el futuro viene decidido a por nosotros y que esta nave va a pagar el precio del progreso. Una vez dada la orden ha comenzado el realojo y la evacuación, y enormes cargueros han ido extrayendo el poco material de valor que queda por aquí y se lo han llevado vete a saber dónde, a los mismos sitios a donde se llevan a los viejos como yo, supongo. Los tripulantes han recogido sus cosas y se han ido marchando, uno a uno y en grupos, y yo he quedado a la espera, agazapado en mi rincón, esperando; hasta que al final, cómo si no, ha sido mi pequeño delator, maldito bribón, el que se ha plantado delante de mí pitando con todas sus luces de colores y no ha dejado de hacerlo hasta que me he avenido a tomar su bracito metálico y le he seguido por los corredores, hasta justo antes de llegar a la salida donde esperaba el último carguero. Allí he acariciado la cabeza metálica del tramposo cacharro y he desconectado con dulzura uno de sus cables. El granuja se ha quedado en silencio, y yo lo he recogido, inerte y silencioso, y lo he llevado a mi rincón para ver desde la escotilla cómo se desprendía aquel último carguero.

Han pasado ya varias horas. La nave vacía ha sido puesta en rumbo hacia la estrella más cercana. A nadie le gusta dejar chatarra en órbita y yo, barrendero espacial, lo sé mejor que nadie. He despertado a mi amigo fiel, que ha pitado como un poseso durante unos segundos, antes de darse cuenta de que él y yo éramos los últimos habitantes de la vieja nave, excluyendo a la población de conejos y al zorro, claro está. Ahora está calladito, muy pegado a mí, como si fuera mi sombra. Abro la escotilla de servicio y salgo a los pasillos. Me siento solo e inquieto ante tanto espacio, un corredor de verdad. Hace años que no lo hago. Comienzo a caminar hacia el puente, y al pasar entre los camarotes mi memoria se despierta y recuerdo en aquel cuarto de la izquierda a aquella pareja atacada de celos, en esa habitación de la derecha al técnico roído por la envidia, en este otro camarote al corrupto oficial. Los detalles más banales me parecen ahora brillantes y limpios, como si quisieran relucir una última vez antes de permitir que los deje atrás. Continúo andando a lo largo de la nave, son muchos metros y muchos años de recuerdos los que tengo que abandonar poco a poco, mis pasos resuenan en el silencio de la nave vacía, mis pasos y los pitidos temblorosos de mi robot mascota, que aún no se ha cansado de mí ni tan siquiera a estas alturas. Encuentro el puente de mando en todo su esplendor, glorioso aunque vacío, y sin pensarlo dos veces me siento en la silla del capitán, que domina toda la sala y que se enfrenta a la pantalla donde una estrella descomunal se agranda y crece como un globo de fuego. Así era mi sueño de juventud, ser el capitán de una nave estelar en rumbo al universo; entre aquel niño que hacía volar un avión de juguete sobre los campos de trigo y el momento actual hay muchos años de distancia, años que me han ido enriqueciendo con su azar y su fortuna, con conocimiento y con amor a la vida. La estrella sigue creciendo en la pantalla gigante. El robot tironea de mi pantalón y cuando le miro veo que gira la cabeza de izquierda a derecha con desesperación. Su bracito metálico me ofrece un cigarro. Río a carcajadas. Sería un buen final, acabar siendo un pedacito de estrella para iluminar el cosmos con una luz que durará miles y millones de años.

Cojo los controles, soy aquel niño que soñaba con el espacio en la vieja Tierra, y soy un anciano que conoce el precio de los deseos. Desvío el rumbo de este cetáceo de metal antes de que entre en la sima de gravedad de la estrella y establezco un nuevo rumbo hacia la lejana nebulosa de Perseo. Mi nave con su rincón y su claraboya, con su tripulación de conejos y su zorro, mi subalterno robótico, toda la soledad que anida en mi corazón, y mi cubo de datos, y mis paquetes de cigarrillos, todo, todo ello lo llevaré hacia lo desconocido, hacia la esperanza, hacia el universo, hacia donde espero poder encontrar, tal vez, un lugar para mí.

Anuncios

2 comentarios en “El viejo y el espacio

  1. Tu basurero espacial es un tipo entrañable, Ismael. Recorriendo túneles y escotillas, sin ser visto, con su cubo de datos, el pequeño robot y un paquete de cigarrillos.

    Comprendo que no abandone la nave, su vida está ahí. Hace tiempo que desconectó de los hombres a quienes solo observa a distancia. Ya no es uno de ellos sino un ser marginal cómodo en la penumbra. Muy conseguido.
    Que hubiera conejos en la nave… ¡como no! Eternos supervivientes, independientemente del entorno. Un puntazo.

    Me ha gustado el tono oscuro del protagonista así como el magnetismo que encierra. Tiene cierto morbo, incluso carisma. Y culminaste el relato con un final alentador, cientos de posibilidades en un universo infinito… Realmente hermoso.

    Le gusta a 1 persona

  2. Hola María José,
    ¡muchas gracias por la lectura, de nuevo! Con este relato quise rendir un pequeño homenaje a uno de mis escritores preferidos, el checo Bohumil Hrabal y su maravilloso libro Una soledad demasiado ruidosa. Te lo recomiendo muy mucho.

    Me alegro de que disfrutes con la lectura. Besos
    Ismael

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s