Cantos populares rusos

Alexandr ha muerto.

No puedo pensar en nada más. Estoy sentado entre las paredes grises de la casa, y no sé cuánto rato llevo así. Por la ventana se filtran los ruidos de la calle. En la plaza las mujeres recogen la ropa entonando con voces graves las canciones populares de mi infancia. Las canciones que yo le cantaba a Alexandr. ¡Todo me es tan ajeno ahora! Las mujeres de la plaza, la pared gris frente a mí, el aire que respiro. Todo es lo mismo. Alexandr se ha ido y se ha llevado nuestro futuro. La tarde cae. Alexandr ha muerto.

Ruido de llaves. Katerina entra y con ella un olor a col hervida. Escucho su tos apagada y persistente. Deja su bolsa junto a la puerta. Tiene el cabello rubio, despeinado, y los hombros caídos. Está agotada. Me mira.

–Nemov.

Distingo en su voz la semilla del llanto. Me levanto y antes de ponerme en pie ya está en mis brazos. Su cuerpo se entrega por completo y noto los sollozos contra mi pecho. Su respiración agitada me calienta por dentro, fluyendo hacia el hueco que Alexandr ha dejado. Yo también lloro. El cuerpo de Katerina es tan frágil como el de Alexandr cuando era un bebé hace ya tantos años. Nada tiene importancia.

Los sollozos se convierten en una respiración lenta y profunda. Su cuerpo se relaja y entonces se separa de mí.

–Oh, Nemov. Aún estás con la ropa de cama.

El pelo se le ha apelmazado allí donde mis lágrimas lo han mojado. No sé de dónde saca la fuerza para mirarme con esos ojos azules como el metal. Aparto la mirada.

–¿Qué tal en la fábrica?

–El capataz te ha dado un ultimátum, Nemov. Dice que te despedirá si mañana no vas a trabajar.

Se da la vuelta y pasa su mirada acerada por la casa en penumbra. Las tinieblas invaden las esquinas.

–Y ya sabes que no podemos permitírnoslo. ¿Irás mañana?

Vuelve sobre mí esos ojos intensos. Su mirada es mi ancla de salvación, la boya que me mantiene a flote, la única luz de mi abismo.

–Iré.

Por la mañana, en la oscuridad de la interminable noche rusa, Katerina y yo salimos. Hemos dejado a Grigory en la casa. La señora Pólovska lo llevará más tarde a la escuela pública junto con los otros niños del bloque de viviendas. No podemos consolarle y tendrá que aceptar la pérdida de su hermano mayor igual que lo hacemos nosotros. O, al menos, igual que hace Katerina. Hace mucho frío y aún quedan otras cuatro horas hasta que amanezca. Caminamos entre muchos otros obreros que marchan a sus fábricas, por entre las calles atestadas de la periferia donde nos hacinamos los campesinos venidos a la ciudad. Lo hacemos en silencio. Las palabras son incapaces de romper la costra helada de la mañana en San Petersburgo.

La fábrica Putílov abre sus puertas y Katerina se une a la corriente de obreras que trabaja en una de las naves auxiliares. Allí pasará el día realizando soldaduras menores sobre componentes secundarios que usaremos en el taller principal. Me incorporo a la línea de producción en la enorme nave donde se ensamblan las calderas de buques y locomotoras. Mis compañeros me dan la mano y murmuran pésames y condolencias, pero no hay tiempo para más. El capataz comienza a ladrar órdenes que todos nos apresuramos a cumplir. La atmósfera se enturbia con el siseo de las cadenas, el agrio olor de la grasa almacenada en los toneles y el brillo de la fundición sobre las bobinas de acero. El sudor de los hombres comienza a empapar las camisas abiertas y los brazos desnudos.

Alexandr ha muerto. Mis manos caen a los costados. No tengo fuerzas para esto.

Entonces escucho la primera voz. Es de Tomasz, un campesino como yo, llegado a la ciudad escapando de la miseria de la estepa. A su voz se unen otras: la de Vladimir, con su cara iluminada por las chispas del metal fundido; la de Vrasumivkine, cargando pesados fardos; la de Gustav, oculto tras la mesa de remaches; y sobre el infierno de las bocas de los hornos se impone el canto de los hombres unido en una única voz, un lamento profundo y hondo que ha viajado con nosotros desde los desiertos campos y las aldeas ruinosas. La voz resuena entre las paredes de la fábrica, cubriendo las distancias que nos separan a los unos de los otros, a los estibadores de los soldadores, a los operarios de los oficiales, a los jóvenes de los viejos. A los vivos de los muertos. Sin que pueda evitarlo, mis labios se mueven por sí solos, repitiendo la letra de la vieja canción. Caen mis lágrimas y se borra en mí todo recuerdo. Y cantando retomo mi trabajo ante la mirada vigilante del capataz. No puedo seguir lamentándome. La vida sigue.

En el descanso para comer recibo pequeñas ofrendas de mis compañeros: un trozo de pastel de carne, un mendrugo de pan, un muñeco de trapo para Grigory, una salchicha. Los hombres comen conmigo y veo en sus caras manchadas de aceite y mugre los signos de quienes han sufrido como yo la pérdida de un ser querido. Nos bañamos en nuestra pobreza común y en nuestra desgracia de hormigas. ¿Dónde está el sol, dónde está la luz que nos saque de esta miseria? Somos muchos. Somos muchos así.

Al término de la larga jornada, salimos a las calles cansados y sucios como animales. Katerina me espera. Caminamos juntos, otra vez, en la oscuridad de la tarde otoñal. Pero no vamos a nuestro piso. Tras andar un rato por la avenida principal, ella me coge de la mano y nos desviamos por los callejones. No conozco el camino pero no tengo fuerzas para discutir. Mira hacia atrás con frecuencia y marca un paso rápido. Está nerviosa. Entonces, de improviso, entramos en un bloquecillo gris y subimos a un piso en la segunda planta. La persona que nos abre la puerta asiente al reconocer a Katerina antes de darnos paso. No entiendo nada. El apartamento está abarrotado de personas que discuten y conversan entre una nube de tabaco blanquecina.

–Katerina, por Dios, ¿no me vas a decir dónde estamos?

–En una asamblea de trabajadores –responde, con la voz tomada por la tos, mientras nos adentramos en la pequeña muchedumbre. Me quedo de piedra. Ella aparta un mechón rubio de su cara sin inmutarse. Las manos me sudan. De manera inconsciente busco mi pipa en el bolsillo de la chaqueta. Está en casa.

Los murmullos de las conversaciones se apagan y un hombre toma la palabra. Es un sacerdote con sotana negra, un hombre joven. Me tranquilizo. Si hay un clérigo en la reunión, quiere decir que no estamos haciendo nada prohibido. El hombre nos exhorta a callar. Aprieto la mano de Katerina, pero ella se suelta.

El clérigo comienza a hablar. Dice llamarse padre Gapón. El lenguaje que usa es algo académico para mí, pero entiendo el tono y el mensaje. Enumera las calamidades que sufre lo que él llama la clase obrera. Empieza detallando algunas de las condiciones de trabajo en la fábrica Lessner. No me sorprende descubrir que allí se trabaja tantas horas como en la nuestra y que los despidos son, a menudo, igual de arbitrarios e injustificables. A continuación, lee un mensaje de los trabajadores de los astilleros imperiales. Su situación es igualmente deleznable. Me gusta lo que dice. Escuchar por boca de otros las penalidades que sufrimos me ayuda a sentirme de nuevo humano. La asamblea reacciona a sus palabras. Puedo sentir la exaltación en el ambiente por los murmullos crecientes. Otros asistentes a la asamblea participan, añadiendo datos a los ya expuestos o elevando sus voces en señal de aprobación. Mi corazón da un vuelco cuando comienza a hablar de nuestra fábrica Putílov. Me seco las palmas de las manos en el pantalón mientras escucho sus palabras. Dice que los obreros trabajan en condiciones precarias y carentes de la más mínima seguridad.

No puedo evitarlo. Pienso en mi hijo. La cabeza me da vueltas.

Katerina toma la palabra. Con el desparpajo propio de su procedencia campesina, les cuenta a estos desconocidos las circunstancias de la muerte de Alexandr. Un escalofrío recorre mi espalda mientras ella desgrana, con palabras simples y rotundas, los peligros del trabajo con maquinaria pesada en las maratonianas jornadas de doce horas, con equipo insuficiente, sometidos a la presión para obtener resultados sin importar los medios. Así es como murió nuestro hijo. Es la verdad. Y al compartirlo, se libera un peso de mi corazón. No recuerdo cuándo fue la última vez que pude respirar sin sentir una opresión en el pecho. El sonido de su voz llena el apartamento con un eco de fe y de justicia.

Cuando termina de hablar, la asamblea aprueba. El clérigo asiente. La miro y ella me devuelve la mirada. Tose débilmente y sonríe. En sus ojos que brillan con un color acerado encuentro una determinación de hierro. Nunca la he querido más que en este momento. La esperanza de los humildes reside en personas como ella.

Antes de abandonar el piso, nos despedimos de aquellas personas anónimas con efusividad. Me palmean la espalda y nos llamamos camaradas. La promesa del cambio flota en el aire y nos sentimos parte de ello. El clérigo distribuye unas octavillas y a nosotros nos entrega, además, un pequeño libro ajado que Katerina guarda. En la calle la nieve ha empezado a caer. Nos marchamos por las calles de San Petersburgo con el corazón ligero, caminando a través de las amplias avenidas, con el sonido del tráfico amortiguado por la alfombra nevada que cubre la calle. Bajo los lentos copos blancos nos besamos.

A la semana siguiente, Katerina cae enferma. Los médicos que vienen a visitarnos no son capaces de atajar su tos persistente. Una semana más tarde, muere.

Por mi cabeza pasan muchas cosas. Pienso en el diagnóstico de los médicos, una confusa explicación sobre pulmones e insuficiencia respiratoria. Pienso en las preguntas de los doctores sobre su lugar de trabajo, y en sus silencios. Pienso en los compañeros que conozco que también han tenido esa tos. La señora Pólovska se ha quedado con Grigory por unos días y las tinieblas de la casa vacía se alargan más que nunca. Estoy solo. No sé qué voy a hacer sin Katerina. Era la fuerza de mi vida. ¡Me siento tan vacío! El silencio es espeso a mi alrededor y yo no puedo tolerar esta insoportable soledad. No puedo.

Salgo a las calles de la ciudad. En los barrios obreros hay abundantes locales donde se vende el olvido. No soy el único campesino al que la fábrica ha triturado. Los habitantes de la noche dejan en casa los monos de trabajo, las chaquetas remendadas y las gorras, y merodean por las calles heladas como bestias humanas, con sombríos rostros de melancolía y desespero, con bocas sedientas de alcohol y deseo. En el refugio de los callejones boquean a la vez los jadeos de la lujuria y los estertores de una muerte infame. Me sumerjo entre ellos y me dejo llevar por su engañosa fanfarria. El dinero que tan duramente he ganado se diluye en una botella tras otra de vodka. La fábrica, la nieve, la fundición. Katerina bailando con Alexandr sobre las bobinas de acero mientras el capataz ríe y ríe. Todo se entremezcla en una espiral en la que ya nada importa.

Me despierto en el apartamento sin saber cómo he llegado a él. El más leve movimiento de la cabeza me provoca un latigazo de dolor. La luz que entra por la ventana es un cuchillo para mis ojos. Me levanto del suelo del comedor y, tropezando con las sillas, intento llegar al fregadero para beber un poco de agua.

Grigory está en el marco de la puerta. Sus ojos azules me observan en silencio. Nos miramos. Yo veo a un niño de ocho años de edad con todo el mundo por aprender. ¿Qué es lo que él ve en mí?

Ese mismo día tiro todas las botellas de alcohol. Al día siguiente, al volver del trabajo, me muerdo los nudillos y consigo no salir al encuentro de las sirenas de la noche. Al día siguiente, busco los lugares donde las asambleas de trabajadores se reúnen. Al día siguiente, comienzo a leer el pequeño libro que nos dio el padre Gapón. Se titula El manifiesto comunista. Establezco una rutina: trabajo, asambleas, lectura, vuelta al trabajo. Pienso mucho en Katerina y en Alexandr. Pienso mucho en lo que quiero que Grigory vea cuando me mire.

El invierno se abate sobre la ciudad y en las fábricas las voces de los oprimidos no pueden permanecer más tiempo en silencio. En diciembre, nuestra fábrica se pone en huelga. Los obreros no aceptan más miseria. En enero, el padre Gapón convoca una huelga general.

En enero marchamos. Por las calles de San Petersburgo, comandados por un clérigo, miles de personas caminamos pacíficamente hacia el Palacio de Invierno del zar para reivindicar una jornada laboral de ocho horas, mejoras salariales y unas condiciones de trabajo dignas. Las voces de miles de compañeros colorean el cielo gris con las canciones tradicionales de la madre Rusia. Marchan hombres, mujeres y niños.

Frente al Palacio de Invierno, nos esperan los soldados del zar.

Han pasado doce años desde aquel domingo sangriento. En aquel momento, la revolución me pareció un fracaso. Hubo muchos muertos, y ni siquiera aquel acorazado que se amotinó pudo arrastrar consigo un verdadero cambio. Se produjeron algunas concesiones a raíz de la matanza que los políticos malgastaron en inútiles disputas sin sentido. La represión posterior fue brutal. Obreros y campesinos siguieron como antes: pobres, explotados y oprimidos mientras el mundo continuaba girando. Me despidieron. Grigory y yo nos marchamos de vuelta al campo. San Petersburgo no era para nosotros.

–Padre. –Retorno a la realidad. Mi hijo está frente a mí. Me pierdo con frecuencia en mis ensoñaciones–. Me han nombrado presidente del sóviet de nuestra aldea.

Mi vista ya no es lo que era, pero distingo en su gorra una diminuta estrella roja. Le observo. Encuentro frente a mí a un joven en la plenitud de su vida, sano, robusto y fuerte. Tiene el pelo rubio muy corto, al estilo que se lleva ahora. Algo en mi mirada le hace sonreír. Quizás ha notado que estoy orgulloso. Y entonces vuelvo a recordar las canciones de los hombres en la fábrica de San Petersburgo, aquellas que cantaban nuestros abuelos en los campos de trigo. Las voces de los hombres y mujeres vienen a mí, como si las estuviera escuchando ahora; las voces de quienes han vivido y muerto con las espaldas rotas por el trabajo, con las manos encallecidas por la hoz y el martillo; las voces de quienes lloran por una tierra que aman y a la que habrán de volver desnudos como llegaron. El recuerdo me ofrece consuelo. Sí, y extrañamente, también esperanza.

Miro a mi hijo. Un calor brota en mi pecho.

Sus ojos reflejan determinación. Brillan con un color acerado.

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2 comentarios en “Cantos populares rusos

  1. Hola, Ismael. Este relato sobre el origen de la revolución rusa me ha conmovido. Me gusta como empieza, con un hombre abatido por la desgracia. Y la evolución de Nemov, de cómo se rehace por dentro y por fuera.

    Y para mí, el momento sublime, sería cuando sus compañeros de la fábrica entonan los cantos de la estepa que cantan a una sola voz… Algo impactante, digno de verse. Y además, un símbolo magnífico de cómo el pueblo se une en pos de un ideal.
    Katherina, entrañable. Y Gregor, cuando ya es un hombre… Un canto a la esperanza.

    * De hecho, no obedece a la casualidad que el himno ruso sea el más hermoso de todos. A mi entender, eriza la piel porque está plagado de sentimientos.

    Magnífico, Ismael, aún estoy conmocionada de la impresión. Junto con el relato del concurso sobre conocimientos de la IWW, también éste es uno de mis favoritos 🙂 Un beso.

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    1. Muchas gracias por tus bonitas palabras. Hace mucha ilusión cuando un relato llega a un lector. Me alegro mucho de que te haya gustado y espero poder corresponderte pronto.

      Besos
      Ismael

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