Eran uno dos y tres

Se habían conocido desde siempre. O, siendo más exactos, el  motivo de su unión se había perdido en el recuerdo. Para los tres perros, la convivencia no había tenido inicio y, por lo que a ellos atañía, iba a continuar del mismo modo hasta el final de los tiempos. No había día en el que los tres animales no dejaran de encontrar un motivo para la alegría, bien fuera porque Amigo había encontrado una madriguera de conejo deshabitada, bien fuera porque Pórtico había desparramado todo el contenido del comedero por el patio, o bien porque Chucho les había retado a una carrera interminable alrededor de la casa del amo. Sus hazañas, más de mil, nunca tenían fin. La mansión y sus jardines eran una fuente inagotable de juegos, pero la estrecha camaradería entre los tres perros era la verdadera fuente de su amistad, el equilibrio de un triángulo de caracteres complementarios.

Amigo tenía un carácter dulce. De talla más reducida, era sin embargo todo corazón, el primero en perseguir palomas, cuervos y ratoncillos silvestres, el primero en avanzar desafiante hacia las oscuras tinieblas de la vegetación en las noches más cerradas. Si el desafortunado objeto de sus atenciones era capturado, Amigo no sabía qué hacer con él, pues no estaba en su ánimo el dar muerte a otro compañero de juegos, así era cómo veía el mundo.

Pórtico era, de los tres, el más voluminoso y el de modales más pausados. Le encantaba comer y se echaba unas siestas larguísimas que también daban para juegos, pues no pocas veces su cuerpo aovillado había terminado cubierto de briznas de hierba, tierra o plumas, para regocijo de los otros dos canes. Su presencia imponente llamaba a veces la atención de otros machos ajenos al trío que confundían su estatura con una posición de liderazgo, desconociendo que Pórtico era para los tres tanto como ellos eran para él. Una vez que comprendía este hecho, el forastero retador se marchaba con el rabo entre las piernas y no volvía a perturbar la paz de la casa.

El último de la cuadrilla era llamado Chucho. Más serio y adusto, constituía el soporte en el que los otros dos se apoyaban. Fuera porque Amigo se había topado con un gato callejero mal encarado o porque Pórtico había hecho tropezar a algún visitante de la casa con su mole lenta y pesada, Chucho siempre había estado detrás como una presencia reconfortante y unificadora. De los tres, Chucho era el más leal y ejercía de contrapeso a la velocidad histérica de Amigo y a la exuberancia perezosa de Pórtico.

El amo de la mansión viajaba mucho. Por lo que los tres animales habían podido deducir –y sus herramientas no eran pocas, porque a olfato y oído muy pocos pueden plantar cara a un perro– la razón de tanto viaje era que el amo tenía un trabajo de suma importancia en la capital. Los tres fantaseaban con que el amo servía a alguien en verdad poderoso a quien llamaban, en su jerga, Presidente. Gozando del favor de tan insigne personaje, el amo había medrado, permitiéndose una mansión opulenta en la que a los tres perros no les faltaba de nada.

Adusto como era, Chucho sufría por las ausencias del señor. Su lealtad era suprema para aquel que había permitido que los tres vivieran bajo su mismo techo. Y su intuición le hacía entender que la razón última de la felicidad de los tres animales residía en la benevolencia del amo. Pero ocultaba este sufrimiento a los otros dos animales para que la vida en común pudiese continuar sin mácula de tristeza.

Un día de invierno el amo trajo a la casa a una mujer. Las risas y las miradas cómplices que se intercambiaran no dejaron lugar a dudas a los tres perros de que aquella hembra había conquistado el corazón del señor de la casa.

Los sirvientes de la mansión se referían a ella como Milady. Los tres animales desataron toda su batería de sensores ante la desconocida presencia. Vestía con elegancia y una sombrilla ocultaba sus níveas facciones de la tenue luz del sol invernal. Las manos formaban gestos que acariciaban el aire y de sus labios nacía un sonido suave e hipnótico. Sirvientes y animales eran dados a obedecer sin más motivo que la misma tersura de sus palabras. En cuanto al olor, olía, dedujeron los tres perros, como deben oler los ángeles en el cielo, pues en el perfume se discernían fragancias, aromas y efluvios tales que los animales quedaban extasiados durante largas horas. A la par que hechizante, era aquella una esencia perturbadora, ya que los animales no podían dejar de notar en la marisma de sensaciones olfativas trazas de olores extraños; se encontraba allí el olor a la cera quemada de las velas, a incienso y a madera aceitada, todas ellas de origen desconocido para los tres perros.

Los días en que el señor de la casa estaba presente Milady se convertía en la guinda del pastel, un súmmum de perfección para la convivencia de todos. Era alegre e ingeniosa, juguetona con los animales. Tanto Amigo como Pórtico bebían los vientos por una caricia de sus manos blancas. En cuanto a Chucho, su corazón brincaba de placer por la alegría no disimulada del señor. Las cuitas que Presidente le imponía, cualesquiera que fueran, eran borradas por aquella mujer viva y despierta. Eso era suficiente motivo de alegría para Chucho.

La nueva presencia alteró el equilibrio de la casa. El cariñoso Amigo se pasaba las tardes subido al regazo de Milady. Pórtico, por otro lado, se convirtió en su sombra. No había paseo que diera por el campo al que el robusto animal no diera escolta, guardián y protector de aquel ángel venido del cielo. Al principio, Chucho fue feliz también, abstraído de su sufrimiento causado por las ausencias del amo. Pero poco a poco una semilla de desasosiego fue creciendo en su pecho. Milady solía marcharse varias horas por la tarde y regresaba después acompañada de aquellos olores perturbadores a túnica seca y a piel apergaminada, que sumían al fiel Chucho en un estado de inquietud. No encontraba solaz en sus dos camaradas pues Amigo y Pórtico estaban volcados por completo en la que se había convertido la señora de la casa. Chucho sentía desde sus raíces leales que algo estaba cambiando, que obraban en la mansión fuerzas que estaban más allá de su control, e intuía que detrás de ellas había una mano oculta.

Mas, ¿cómo transmitir su inquietud al amo? ¿Cómo poner nombre a sus temores? Siendo un perro sus posibilidades de comunicación estaban limitadas, y estaba dividido por la alegría que sentía por el amor de su dueño y la inquietud que se iba forjando en su interior. No podía sino observar el desarrollo de los acontecimientos mientras la turbación aumentaba.

–Venid aquí –dijo un día Milady a los tres perros–. Juguemos a un juego divertido.

La dehesa que rodeaba la mansión estaba formada por un bosque claro de encinas y alcornoques. El camino que salía de la mansión lo cruzaba, y más allá atravesaba el río en dirección a la capital. Por allí pasaba el amo en sus frecuentes viajes.

Milady, con Amigo y Pórtico a sus talones, se detuvo a mitad del puente de piedra que cruzaba el río. Pidió al sirviente que les acompañaba que colocara allí un trípode y, sobre él, una cámara fotográfica. Una punzada de dolor recorrió la espalda de Chucho cuando Milady se apoyó en el borde del puente y se compuso la escena. Amigo había saltado a su regazo y Pórtico estaba a sus pies. Chucho no se movió, torturado en sus entrañas por una preocupación sin nombre. Su intuición le decía que aquella era la imagen de la separación; una brecha insalvable se había abierto entre los animales. Ya nunca volverían a ser tres para uno.

El fogonazo resonó como un disparo. La foto había sido tomada.

El sirviente recogió el aparejo. Milady se mostraba extrañamente inquieta y no dejaba de otear el horizonte. Los tres perros levantaron al unísono las orejas. Por el camino de la capital se acercaba un vehículo. El corazón de Chucho latió de anticipación; aquel traqueteo inconfundible sólo podía anunciar a su amo. Pero, ¿por qué volvía a esa hora temprana?

Cuando el transporte se detuvo y el señor se apeó, los tres animales se apresuraron a darle la bienvenida, pero su entusiasmo fue ignorado. El amo estaba alterado. El desasosiego se extendió esta vez también por Amigo y Pórtico, que nunca antes habían sido rechazados de esta manera. Siguió una conversación entre el señor y Milady. Las palabras no podían entenderlas los animales, pero por el timbre de la voz del amo dedujeron que algo malo había sucedido. No a él, eso era evidente. ¿A quién, entonces? ¿A quién, sino al Presidente?

El olor a incienso y a mirra asaltó de nuevo la nariz de Chucho. Fue el único en darse cuenta de que, mientras el señor exponía atropelladamente su alarma y su sorpresa, una fina sonrisa, ladina y maliciosa, nacía en los labios de Milady.

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