Los amantes de Teruel

Et daquel toro tomaron señal.

Et por esto facen en la señal toro y estrella.

El libro verde

Se arrastra por entre el cieno congelado de las cloacas. El olor a ladrillo y a polvo impregna su pelo sucio y su cara demacrada. Le oscurece el rostro mugriento una barba incómoda y áspera.

Viste un jubón gastado que apenas le cubre del frío intenso, incluso allá abajo en los túneles protegidos de la nieve y del viento. Con manos encallecidas de uñas negras, Diego Olmedo aparta  los cascotes y escombros que vuelven a cubrir los estrechos túneles por los que ya ha pasado medio centenar de veces. Se sabe el laberíntico camino de memoria. Teme que un día el arco trémulo de sus bóvedas antiguas ceda y su travesía desesperada termine con la muerte, una muerte miserable en las catacumbas de la ciudad.

Pero en sus ojos brilla un fuego febril. Sus camaradas ya no le dicen que no vaya. Se cansaron de razonar con él, en el oculto campamento de las cuevas, en las colinas rojizas manchadas de nieve de su tierra natal. Es peligroso, decían sacudiendo la cabeza. Los nacionales te van a terminar descubriendo, le decía el Mulo, el único que aún quedaba de su cuadrilla inicial. Si te cogen nos delatarás a todos, murmuraban otros, pensando que él no los oiría.

Sus compañeros veían en sus ojos ese brillo febril y desistían. Después de todo, cada cual tenía derecho a acabar sus días como mejor le pareciera. Mucho habían pasado ya para impedirle nada. Mucha hambre y mucha miseria. Y sobre todo, mucha muerte.

Diego Olmedo avanza por las alcantarillas cuajadas de ladrillos antiguos, por los túneles atorados y a veces descubiertos, descolgándose por simas precarias con los miembros agarrotados por el frío y las penurias. Se mueve en silencio. A la asfixia claustrofóbica de su reptar se le añade la incertidumbre de un enemigo vigilante. A medida que se acercaba a la plaza mayor las galerías son más peligrosas. Pasa bajo un desagüe abierto y la luz de las farolas entra por la rejilla, dejando su rostro macilento iluminado a rayas blancas y negras. Allí se detiene y espera, pues oye pasos por la calle iluminada. Se oculta entre las sombras, tan mudo como un espectro.

Mientras aguarda, Diego Olmedo observa sin ver la pared de ladrillos. Piensa en lo que le dijo el Mulo. En ese país de amaneceres limpios donde no hay guerras. El sueño del Mulo es salir de este país ensangrentado y moribundo de una vez por todas, escapar de esta prisión en vida y de los inviernos infinitos, dejar atrás el rencor de un mundo que les ha vuelto la espalda. Diego mira los ladrillos y ve los campos verdes, que imagina sembrados de manzanos, llanos, sin una sola colina. Qué fácil es tener esperanza, incluso entre las ruinas de una ciudad destrozada por la guerra como es Teruel.

Los pasos se alejan y Diego se pone de nuevo en movimiento. Está tan cerca de su destino que tiene que obligarse a andar con cuidado, a no correr. La guerra le ha enseñado a ser paciente. Encuentra las escaleras desmoronadas y sube con todos sus sentidos alerta. Se guía por la escasa iluminación nocturna que se cuela, rebotando en una y otra pared, desde la casa derruida. Sube a la superficie y como una rata se desliza por entre una montaña de escombros hacia el callejón sin iluminar. Las ventanas rotas de las casas de la ciudad abren sus bocas cadavéricas en un silencio cómplice. Una breve carrera, unos golpes inaudibles en una puerta y ya está dentro.

Isabel Medina le abraza con tanta fuerza que le hace daño. Su calor se difunde, balsámico, por el cuerpo aterido de frío de su amante. Cuando se separan, ella pasa las manos por su cara ennegrecida y, haciendo caso omiso de la suciedad rampante, le da un beso tremendo, inmenso, larguísimo, eterno. Esto es el país de la primavera, piensa Diego Olmedo. Este y ningún otro.

Suben de la mano por la escalera de madera. Se filtran del otro lado los sonidos de la taberna. Él se deja llevar como un niño. Mientras suben, la falda de ella se balancea dibujando sus caderas. Los pasos de él desprenden nubecillas de polvo gris y arrancan lamentos en la madera vieja.

Isabel abre la puerta del cuartucho, Isabel abre la puerta de su palacio. En una cama pequeña, insuficiente para contener su amor, Isabel desnuda a Diego con rabia, con necesidad. Cae al suelo el jubón, cae al suelo la camisa: la más sucia que existe, la más limpia que tiene en su vida de forajido. Se despeña el cinturón, vuelan los guantes rotos, giran en espiral las piernas de los pantalones. Diego desnuda a Isabel con pausa, temeroso de sus manos grandes y torpes sobre el cuerpo escueto de ella. Se detiene para pasar la mano por su cabello ya canoso, siempre sorprendido de la mano callosa que lo acaricia con tanta ternura. Intenta entonces desabrochar los botones de su camisola pero los dedos insensibles no atinan con los botones; ella interrumpe sus labores precisas y le ayuda. Los pechos pequeños quedan al descubierto sobre las costillas marcadas, casi tanto como las de él, antes de fusionarse con su cuerpo en una violencia dulce y cargada de margaritas.

Los dos yacen en un abandono total. Isabel se aferra al cuerpo exiguo de su amante con desesperación. Diego recorre el talle fino de ella con las palmas trazando mapas sobre su piel desnuda. La vida es eterna en cinco minutos. Y olvidan por tan breve eternidad una patria maldita de difuntos y flores.

La calma llega. Diego descansa por primera vez desde hace días, desde la última vez que durmió con ella. Isabel se arregla el pelo revuelto, la cara delgada inescrutable. Las facciones jóvenes son desmentidas por los ojos de viejo, ojos de gato, portadores de una mirada que se templó en las cárceles de Zaragoza. Ella no es ninguna heroína y por eso da las gracias todos los días a la Señora, que todo lo ve, por haberle dado a Diego. El hombre que ahora descansa como un ángel y que luego la despertará por la noche con su llanto sonámbulo. Él también arrastra su carga de culpas, de miedo, de dolor y de sangre. Pero ahora es hermoso entre las sábanas blancas. Isabel repara en sus costillas desnudas y marcadas y con un juramento se viste. Sale del cuarto sin hacer ruido y al cabo de unos minutos vuelve a entrar con una bandeja humeante con vino, pan y estofado. Los dos amantes comparten la comida en la soledad del cuarto y sólo entonces se regalan palabras que se llevará el viento.

A la madrugada Diego se emboza en su carcasa gris y sale. Puede ver por unos momentos tensos las luces del amanecer que se acerca, justo antes de sumergirse de nuevo en las catacumbas subterráneas de la ciudad demolida. Recorrerá las galerías de ladrillo y mortero de cal, encontrará el tercer aljibe que nadie sabrá encontrar jamás, atravesará el miedo y el frío, y al final saldrá de nuevo a superficie, lejos de Teruel y  más cerca de las montañas donde les esperan sus camaradas de armas. Así será un día, y otro, y otro. Isabel retornará a su trabajo precario en la taberna de la plaza mayor, sirviendo comida y vino a los vencedores y vencidos de la ciudad mientras su amor pasa hambre y calamidades. Le tortura el corazón. Será así unos días, será así unos meses. No se sabe cuánto.

Una mañana Isabel mirará por las ventanas de la taberna y verá marchar una columna de soldados. Ese día Isabel saldrá a la calle como un resorte y apartará a los ciudadanos reunidos en silencio para ponerse en primera fila. Verá pasar las caras de los maquis capturados. Ni vencedores ni vencidos dirán palabra en su avanzar por las calles de la ciudad camino del cuartelillo. Isabel tensará los músculos cuando un relámpago azote su cuerpo y se clave en su corazón. Diego caminará con la vista al frente, erguido y digno. Sólo una mirada le dirigirá, sólo una, para que nadie pueda decir, Allí hay una mujer, para que nadie le señale con el dedo, Ella le conoce, para que nadie ordene, Deténganla. Isabel permanecerá inmóvil como una estaca. Si en ese momento alguien le tocara en el hombro entonces ella sacaría la navaja que esconde en la faltriquera. Si en ese momento alguien le dijera algo, cualquier cosa, entonces ella saltaría sobre el soldado más cercano, un muchacho imberbe que apenas si tendrá diecisiete años. Si en ese momento viera tan solo una paloma volando sobre el cielo diurno entonces ella apuñalaría y desgarraría, cortaría y sajaría, mataría y volvería a matar hasta que la mataran a ella.

Pero nada de eso ocurrirá y la columna que Isabel mira continuará su avanzar desdichado. Ella no permitirá que él vea sus lágrimas y él caminará en silencio, aunque nada podrá impedir que a su paso ambos huelan el perfume del país de la primavera.

Diego Olmedo morirá ese mismo día sin heroicidades. En silencio.

A la noche Isabel Medina saldrá. A la noche que es más negra. A la noche ella porfiará contra la tierra y el hielo. A la noche ya no habrá luna ni estrellas. A la noche ella escarbará entre los muertos bajo la tierra. A la noche Isabel encontrará a Diego, y a la noche le transmitirá el calor de su cuerpo. A la noche sonará un disparo, a la noche el soldado imberbe al que vio pasar, a la noche cubierta de pesadilla y de pena. A la noche Isabel Medina dejará caer su cabeza sobre el hombro de Diego Olmedo.

Igual que tantos. Igual que muchos.

Igual que aquellos otros a los que la Historia llamó los amantes de Teruel.

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