Rodolfo y yo

Rodolfo es grande, peludo y rugoso; tan áspero por fuera, que se diría todo de alambre, que no lleva molla. Sólo los charcos legañosos de sus ojos son blandos cual cera tibia de abeja.

Lo dejo suelto, y se va al monte, a comer con sus molares desparejos el musgo, el verdín y el liquen pegado a las rocas, arrancando grandes trozos de ambos con su moqueante hocico… Lo tengo que llamar a grandes voces, ¡¡Rodolfo!! ¡¡Rodolfooooo!! y viene a mí con un trote enloquecido que me hace tragar saliva y apretar con fuerza el esfínter.

Come de todo menos cuanto le doy. Le gusta morder a las personas que se acercan a acariciarlo, en especial las ropas y el pelo. El castaño es su preferido. Después de dar el bocado deja en la cabeza trasquilada un reguero enorme de baba…

Es bruto y tozudo como un vejete cascarrabias, como una abuela cebolleta. Pero por dentro es simple como una gominola. Cuando paseo con él, los lunes por la mañana, por las callejas nevadas de la aldea, los trasgos, resacosos, huyen al verle:

–¡Corred, insensatos!

Corred, insensatos. Veloces y descerebrados, al mismo tiempo.


La noche cae en la aldea finlandesa. Hace un frío de órdago y la escarcha hace presa en mi barba, dejando un crujiente manto de cristales blancos. Desearía llevar pantalones más gruesos. De pronto, un duende mal encarado, con un gorro puntiagudo y una botella, sube hacia nosotros arrastrando los pies. Rodolfo lo mira con lascivia. El duende, que nos advierte, incapaz de huir ni de evitarnos, se arrodilla.

–¡Por favor, señor, dispénseme!

Hoy me siento magnánimo.

–Vuelve a trabajar, desdichado. Y deja la botella ahí.

El duende nos hace reverencias mientras se aleja a trompicones, sin darnos la espalda. Rodolfo camina hacia él y el duende da un grito y sale despavorido. Pero no lo persigue. Coge la botella con sus labios babeantes y la alza hacia las alturas. La luna se refleja en la lisa superficie mientras el líquido desciende, a partes iguales, por su garganta y por su papada arrugada y rasposa…


Cuando, al amanecer, Rodolfo y yo regresamos de parranda, escuchamos las voces de los duendes entonando canciones obscenas. Uno lleva una duende hinchable, el otro un sujetador puntiagudo sobre el suéter verde. Son como niños, hay que darles algo con que distraerse. Igual pasa con Rodolfo. Le dejo suelto, y de inmediato carga contra el grupillo. Sus largas patas resbalan sobre el hielo reciente. Al advertirlo, los trasgos huyen en todas direcciones. Corre, corre, que te pillo… como si de un juego se tratara, los duendes tocan en las redondas puertas de las casas, pero a esta hora todo el mundo está en la cama, durmiendo la larga noche ártica o simulando hacerlo, y nadie les franquea el paso. Pese a la velocidad de las cortas piernecillas, Rodolfo les gana terreno con sus largas zancadas. Los trasgos, aterrorizados, encuentran refugio, al fin, en el viejo cilindro tumbado de una gran barrica de aguardiente. Se aprietan los unos contra los otros al fondo del tonel y Rodolfo, incapaz de seguirlos dentro del hueco de madera, se encarama al mismo sobre dos patas y empieza a frotarse contra la puerta entornada. Escucho los chillidos de los duendes y después sus exclamaciones de sorpresa y asco. Rodolfo vuelve a mí, exhausto y agotado, y yo le palmeo el lomo áspero y rugoso, mientras caminamos de regreso a casa.


Me rebozo en mi abrigo rojo, como quien no quiere la cosa, y en las mejillas siento el agudo cuchillo de los céfiros árticos. En el corral, los pingüinos mayordomo se han agenciado un braserito. Hace un frío sólido, tangible como una roca. Y en el cielo ¡cómo brillan las luces de la aurora! Su manto violáceo se extiende por el firmamento nocturno, con sus ondas nacaradas, con su fulgor de amatista. En Laponia hace frío, pero yo me río.

El silencio de la noche está ausente de todas partes: del atestado corral, de las callejuelas donde los duendes arrojan sus desechos, de las toberas de la fábrica de juguetes, humeantes y ennegrecidas… Y su ausencia se debe a los bramidos todopoderosos de Rodolfo, que ronca a pata suelta desde su establo, responsable, sin saberlo, de las ventanitas encendidas en las casitas de los trasgos, de los cuchicheos insomnes de los pingüinos, del deambular sonámbulo de los otros renos…


Los duendes juegan y cantan.

–Hacia Belén va un reno, rin, rin, yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un remiendo, yo me lo quitéé…

El corro de duendes gira y gira, en el largo crepúsculo boreal. Se han disfrazado vistosamente con retazos de envoltorios y cintas desechados, y su colorida variedad salpica el patio nevado. Saltan y ruedan, ahítos de la ilusión que rezuma de los regalos de los niños. Nieve, sol y frío. Rodolfo observa a lo lejos, indeciso.

–¡Y te toca a ti!

El trasgo elegido refunfuña y se queja con desabridos aspavientos. Los demás ríen y comienzan a dar palmas, a gritar, a llamar la atención de mi reno. Rodolfo, como es grande y lento, no se atreve a lanzarse en pos del grupillo de pilluelos, que se mofan de él dando volteretas y saltos. Mientras tanto, el duende que se la queda va acercándose por un lado, pasito a pasito, pasito a pasito, hasta que –¡corre corre corre corre!– se acerca como un rayo y deposita un gorro cónico en la cabeza de Rodolfo, que gruñe y muge. Ahora el patio es todo vítores y algarabía y el vencedor, suspirando aliviado, corre a reunirse con el corro que le espera. Por fin Rodolfo, resignado, sacude la cabeza y asume su nuevo adorno, si no con elegancia, al menos con hombría…


–Quieto, Rodolfo, quieto.

¡Mantén la compostura, hombre! ¿No ves que pones nervioso a los camellos? Sostengo las bridas rojas en mis manos enguantadas y observo con parsimonia a los tres invitados. Hemos celebrado nuestra reunión anual al aire libre, para aprovechar que hoy no nieva. ¡Qué frío pasan los pobrecillos! El moreno, al hablar, hace unos ruidos tenues y apagados, como un entrechocar de cucharillas. El que tiene el pelo blanco es el que mejor aguanta, pero todavía no ha sacado las manos de los bolsillos. Un pingüino está tirando de su túnica. El tercero me sorprende al hablar.

–Si los deseos fueran caballos, los mendigos cabalgarían.

Viajeros que venís del Sur, ¡qué lejos quedan vuestras casas y vuestros desiertos! Suelto un poco el bozal de Rodolfo y este se lanza hacia adelante, ansioso, los ojos llorosos y enrojecidos. Mis invitados retroceden un paso, asustados. Así está bien, Rodolfo, así está bien. Que sepan quién manda aquí, a pesar de sus dichos y sus refranes. Despliego frente a ellos un mapa y comienzo a repartir territorios sin oposición. Este año vamos a tener mucho trabajo, Rodolfo…


Otro año más comenzamos la ronda. Los primeros son los niños ricos, como debe ser, porque son sus padres quienes mantienen la economía del país, pero ¿qué te importa a ti la bolsa, las finanzas o la inflación, Rodolfo? Nada, ya lo sé, nada, y por eso te dejo hacer, con tus músculos sudorosos por el esfuerzo, mientras yo desembarco los regalos en la gran mansión. Desde la chimenea puedo oír el chirrido de tu corpachón al frotar las cerdas duras como escarpias contra los coches en el garaje. Qué listo eres, Rodolfo. Aun sin conocer una palabra de ello, has encontrado otra manera de estimular la economía.

Tu inocencia hace que me sienta generoso y te invito a entrar. Los grandes ojos saltones recorren el salón con asombro, como un niño. Das un bocado aquí y allá, dejando tus babas en el esplendoroso abeto navideño, arrancando el mantel de la mesa –¿cuántas personas podrán comer aquí a la vez, Rodolfo?–, redondeando a mordiscos una de las esquinas del sillón… Junto al Belén navideño, más grande que el corral de los pingüinos, hay unos enormes calcetines rojos y una figura india, como un tótem tribal, otro ídolo al que reclamar unos regalos que nunca parecen ser suficientes. Muerdes y trituras la madera, dejando caer pedacitos, como de chocolate, sobre la alfombra persa que lleva las marcas de tus pezuñas.

–Si Manitú quiere su parte del pastel, que venga a verme como todo el mundo…


El piso es estrecho, la ventana de aluminio apenas evita que entre la fría serpiente de la noche. En el cuarto todos duermen y sobre la mesa del comedor han dejado para nosotros un turrón y un vaso de vino. Un Belén de figuras sombrías y gastadas decora el aparador ajado por los años. El cuarto no está en silencio, se escucha la televisión de algún vecino insensible, y yo camino por el suelo de gres, más frío que la nieve, con una zozobra de sueños rotos e ilusiones. Aquí también te voy a invitar a entrar, para que veas cómo vive la gente humilde. Y para ti abro la ventana y te hago entrar con la magia de mis dedos, y es un placer verte aquí en medio, Rodolfo, con tus largas patas de estaño moviéndose con cuidado, entre juguetes rotos por el uso y ropita de segunda mano, en el saloncito que apenas acoge tu corpachón robusto y acerado. Y la chispa de la comprensión te roza y vuelves los ojos grandes hacia mí.

–Chssssst…

En el vano de la puerta que da al dormitorio hay una carita redonda de niño, como una luna llena, con unos ojos igual de grandes que los tuyos, con una boca abierta por el asombro. Y en el brillo de las pupilas se refleja una figura roja, que le guiña un ojo con una sonrisa cómplice, y un gigantesco reno, altivo y majestuoso, resoplando aire por sus ollares, con una cornamenta nudosa como las ramas de un árbol. Por momentos como este vivimos, Rodolfo, por momentos como este…


Encontré a Rodolfo echado en su cama de paja, los ojos tristes. Fui a él y le acaricié la cabeza grandota, con el guante puesto, para evitar males mayores. El pobre se removió bruscamente y quiso levantarse… no podía… le dejé tendido en el suelo y mandé llamar al ogro chamán que cura a los duendes.

El viejo Churrasco, así se llama el chamán, sacudió la cabeza apesadumbrado.

–Así que otra vez resaca, ¿eh?

No sé qué contestó… es difícil entenderle con esa boca llena de colmillos retorcidos que tiene… que, si tuviera algo de ron, seguro que se recuperaba… que se tenía que ir porque le iba a dar el sol… Al mediodía Rodolfo estaba muerto. La cuadra olía a pedo y a choto. Nunca fue mucho de lavarse, mi reno grande.


Esta tarde he ido con los duendes a enterrar a Rodolfo. Han venido los ciento treinta y ocho. Los pingüinos nos han acompañado para dar un contrapunto de sobriedad a los chillones colores con que se han ataviado los duendes. Al llegar al enorme féretro, los trasgos se han quedado en silencio y han murmurado entre ellos, incrédulos. Los más ambiciosos se han echado a llorar, esperando ganar posiciones en la previsible lucha de poder que deja su muerte. Otros se pellizcan entre sí, anticipando los juegos por venir, libres de temor y de miradas por encima del hombro, sin vigías para avisar de la llegada del reno. Los más apenas se mueven, aún borrachos tras la celebración que ha durado horas. Me he adelantado por entre los cuchicheos cada vez más audibles y he carraspeado. A mi alrededor se ha hecho el silencio; los duendes aceptan el último trámite de un discurso antes de disfrutar de su recién ganada libertad.

–Levántate, Rodolfo…

Y Rodolfo rompe la madera de su ataúd y berrea con toda la potencia de sus pulmones, provocando una estampida enloquecida de los duendes en todas direcciones, chocándose con los pingüinos, resbalando en el suelo, los ojos aterrorizados, sombreros de punta en caídos y pisoteados por doquier, y Rodolfo se yergue en toda su majestuosa estatura como un mástil insaciable y libidinoso y vuelve a berrear rompiendo con su bramido la calma ártica, y los duendes huyen y corren y se esconden y lloran y gimen…

–¡Ho, ho, ho!

Rodolfo, amigo mío. ¡Qué sería de las navidades sin ti!

Dedicado a ti, Platero. Cien navidades caminando con nosotros.

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2 comentarios en “Rodolfo y yo

  1. Hola, Isma. Rodolfo, al principio me pareció un borrico gruñón finlandés y el narrador, un buen amigo a lo Juan Ramón. Cuando veo que estamos en Finlandia, que tanto gnomos como trasgos les veneran, que los pingüinos les rinden pleitesía… ¡Tate! Lo pillé. Rudolf es un reno… la-la-ri, la-la-rí. Y se acerca la Navidad y es estupendo. Me encantó, Ismael, Platero estará muy feliz donde quiera que esté. Espero que algún día se lo leas a tus hijos, adorarán la Navidad.

    Un beso

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola maja,
      Es un relato un tanto gamberro que copia, casi literalmente, pasajes de Platero y yo y los retoca de manera canallesca. Humor sencillo. Tengo por ahí otro relato navideño también en clave de humor que es un poco más inspirado que este.

      Gracias por leer y comentar con tanto cariño.
      Isma

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