Lobo

Esta no es una historia corriente. Esta no es una historia común.

Trata de un bosque y un estanque, de un lobo y de un ciervo. Trata de la primavera y del otoño, trata de la pasión y de la soledad. Trata de la vida y de la decadencia.

Pero también trata de algo más, algo que no se puede distinguir, algo que sólo vemos por el rabillo del ojo, aquello que a veces sentimos cuando nos da un escalofrío.

Os contaré la historia como me la contaron a mí.

Todo comienza con la caza.

El ciervo blanco se yergue majestuoso en el claro junto al estanque. Es un animal magnífico. Bajo la luz argéntea de la luna su pelaje resplandece, fantasmagórico, iluminando las flores blancas esparcidas por la hierba. Su cornamenta es un reflejo del entramado de ramas que bordean el calvero. En el aire denso vibra el silencio lleno de sonidos de la noche.

Los leves ruidos del claro se amortiguan. El animal levanta su cuello y resopla con fuerza, olfateando el aire. Los ojos negros observan inmóviles los alrededores. No necesita más que unos instantes para darse cuenta. Rompe a trotar y se interna entre los árboles.

El estanque permanece en calma durante unos segundos. Los insectos sobrevuelan el agua.

En el mismo silencio que impregna el claro dos, tres, cuatro lobos aparecen entre la oscuridad de la fronda y se internan de nuevo en el bosque como flechas negras en pos del ciervo blanco. Unos segundos después un quinto lobo cruza el estanque sin emitir un sonido, sin levantar una hoja, sin salpicar una gota de agua.

El lobo que marcha en último lugar trota con ese paso incansable que sólo pueden adoptar los miembros de su especie. A cada zancada, el pelaje grisáceo revela músculos nudosos y tensos por el esfuerzo. Una línea blanca mancha su lomo grisáceo hasta la cola. El rastro que sigue está claro y la noche es diáfana. La caza será larga y por eso marcha en último lugar; porque el instinto le dice que debe reservar sus fuerzas, porque su intuición le susurra cautela ante la presa sagrada.

El bosque se abre al paso de los animales. Concertados, los lobos se abren en abanico, esperando dirigir a la presa hacia una pared de árboles, un obstáculo de roca en el camino, una pendiente insalvable que le obligue a girar o a retroceder. No necesitan comunicarse; la caza está impresa en cada fibra de su ser del mismo modo que lo está el respirar aire en sus pulmones.

Los animales jadean y gruñen ocasionalmente. Aun ellos se cansan; el ciervo está esquivando todos los caminos muertos, y son ellos los que más a menudo deben reagruparse. La blancura del animal resplandece como un relámpago entre la quietud del bosque. La manada ha empujado al animal hacia una pared rocosa, pero su presa ha encontrado el paso a través del desfiladero a la primera, sin dudas, y los cazadores se ven forzados a unirse de nuevo en una fila. El lobo que marcha en último lugar escucha el coro súbito de quejidos y aprieta el paso. Cuando llega a la entrada del desfiladero encuentra a varios de los perseguidores en el suelo, aullando de dolor, costillas quebradas y patas sangrantes. Los cazadores han sido cazados: en la garganta de piedra los números no sirven de nada. El lobo gris con la marca en el pelo atisba los ojos del ciervo al otro lado del desfiladero, arrogantes y oscuros, antes de desaparecer en el verde del otro lado. Los cazadores restantes se mueven dubitativos, observando de reojo al último que ha llegado, en una disculpa sin palabras ni excusas.

El lobo aprieta la mandíbula y continúa en solitario. No abandonará la presa, no puede dejar sin responder a la mirada de desafío.

Por el desfiladero corre un arroyuelo que al otro lado se interna entre las rocas clavadas en las raíces de los árboles. Se abre camino entre ellos. Su marcha es ahora más pesada. La luna llena allá en lo alto es una losa sobre su lomo. Los pulmones le queman en el pecho a cada zancada, pero en sus ojos brilla la terrible energía de la determinación, fijos en el rastro de la presa. El lobo es una sombra fugaz, una mancha de oscuridad densa y peligrosa que se escurre como una fuerza primaria entre la foresta. Pero el bosque ya no se abre a su paso. Al pasar junto al tronco de un viejo roble una ardilla de ojos blancos como la luna susurra:

–No sigas.

El lobo la ignora y continúa su trote febril. Las ramas parecen inclinarse hacia la tierra y las raíces elevarse hacia el cielo. El lobo nota la punzada del cansancio. Esquiva y salta, gira y resbala. Tropieza contra una roca afilada y el dolor ciega por un instante sus ojos. Pero no se detiene. El olor de su propia sangre le estimula y alienta. Continúa trotando.

En la rama de una encina atisba la figura menuda de un búho:

–Da la vuelta.

El lobo gruñe con rabia al ave, pero también gruñe a la noche y para insuflar energía a sus músculos hirvientes. Es la voluntad del bosque contra la suya, contra su sangre de lobo, contra el fuego de su furia. No saldrá derrotado porque no es un lobo cualquiera; es el líder de la manada, el alma negra del bosque. Está en la plenitud de su fuerza. Y el ciervo blanco es su presa. Son los protagonistas del drama que se representa.

Ahora ya huele tan cerca al ciervo que la pata ha dejado de doler. Huele a sudor, huele a cansancio. Huele a miedo. El lobo se exige un esfuerzo más y comienza a distinguir la mancha blanca del pelaje impoluto entre los troncos más allá, empieza a escuchar el resoplar pesado del animal perseguido. El bosque aún intenta otra treta más y la niebla cae como un manto blanco que oculta el suelo bajo su iridiscencia algodonada. Pero es un intento vano porque el lobo no perderá a su presa, no ahora que la tiene tan cerca; la siente delante, a su alcance, unas zancadas más y será suya, su carne y sus huesos, su sangre y su vida.

Los árboles se abren a una cuña de piedra cubierta de liquen junto a la que discurre un arroyuelo bajo los jirones de niebla. El ciervo blanco no puede avanzar y se da la vuelta. El lobo que se acerca encuentra su mirada y por un brevísimo instante duda al recordar de nuevo el desafío del desfiladero, duda lo suficiente para que su carrera se detenga frente al animal acorralado. El ciervo es inmenso y su blancura rechaza con vehemencia la negrura de su antagonista. Volutas de vapor se desprenden de su cuello erizado de pelusa blanca. La cabeza astada es altiva y observa al depredador, al fin presa y cazador uno frente a otro. Ojos de lobo frente a ojos de ciervo.

Lo único que se mueve en el rincón más profundo del corazón del bosque es el agua que corre. Y entonces el ciervo blanco recoge los jirones de niebla, el musgo del arroyo, el frío del agua y los patrones de las raíces, los nervios de las hojas y la piel rugosa de las cortezas de los árboles y con todo ello teje su mejor sueño.

El ciervo blanco es una mujer. El lobo negro es un hombre. La mujer es menuda y delgada, sus piernas largas, el pecho pequeño, las costillas marcadas. En su cara destellan los ojos del ciervo como dos llamas. El hombre es sólido y rocoso, el torso ancho y las piernas recias. En sus labios destellan dientes blancos, humanos, lobunos.

La mujer se aprieta contra el hombre, que la acoge en un abrazo sorprendido. Las dos miradas se vuelven a unir; súplica, ruego, ansia. Fuego. Ella siente la hombría de él contra la piel suave de su vientre y al momento siguiente ya está sobre el musgo. El frío eriza la piel y su espalda se arquea, pero el ardor de él es sordo. Acaricia con sus manos el cabello de ella, que rodea con sus piernas la cadera masculina. Él intenta separarse, asustado por un momento de su cuerpo humano, de su vulnerabilidad desnuda; ella, la presa convertida en cazador, sabe que amar es ser vulnerable.

Y las dos bocas se unen en un lazo ardiente.

Y la fuerza temblorosa de él se diluye en la fragilidad inamovible de ella.

Y la piel de ambos late y se eriza al contacto con esa otra piel desconocida, fresca, nueva.

Y las dos voces aúllan, nieve contra noche, en el claro donde las hojas caen, junto al arroyo donde el agua fluye y se aleja.

Así acaba la historia como me la contaron a mí. Puedes creerla o no. Yo he ido al claro junto al estanque y no he encontrado más que una charca. De las flores blancas sólo he visto tallos marchitos, y en los árboles sólo he atisbado ardillas esquivas y huidizas. Hasta la fecha no he visto ningún búho.

Pero los aldeanos siguen insistiendo en que ese es el lugar. He ido una y mil veces y nunca he encontrado más que tristeza y soledad. Sobre el agua estancada vuelan las libélulas y la melancolía flota sobre la hierba reseca y las hojas caídas.

En las noches de tormenta, cuando caen relámpagos y el agua azota los cristales de mi casa, cuando la luna está oculta tras nubarrones cargados y el aire silba y golpea las contraventanas, en esas noches no puedo dejar de pensar en el claro silencioso, y me descubro mirando a través de los cristales al bosque oscuro y tenebroso, anhelante, y las palabras se desprenden de mi garganta en un susurro, en una letanía, en una llamada. Con la nostalgia de lo que nunca he conocido repito una y otra vez lobo, lobo, lobo…

Y recuerdo las palabras de los aldeanos cuando murmuran que el claro junto al estanque fue el lugar donde me encontraron.

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2 comentarios en “Lobo

  1. Hola, Isma, a ver si esta vez se publica correctamente. Vamos allá.

    La persecución por el bosque mantiene un buen ritmo. Se suceden los heridos, inquietante. Y el macho alfa, atrás. Observando, evaluando, recalculando… Controla la manada y rezuma poderío.

    Me gusta el aire de mito, la leyenda de un pueblo es veritas incuestionable. Esa fe ciega en tu relato está presente. Es del todo irracional y sin embargo me encanta.

    Me sorprendió gratamente el encuentro sexual, del todo imprevisible. Un brillante desenlace. Y aún quedé más impactada al comprobar cómo cerrabas el círculo de la mano del narrador, fruto de aquella unión memorable.

    De modo que el escenario de un amor pasa a ser el fin del principio, el origen de todo lo que importa. Sublime.

    Emocionante hasta la última letra. Besos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola! Sí, esta vez sí lo veo. Siento que hayas tenido que comentar dos veces….

      Me alegro de que te haya gustado. Más que las leyendas, a mí me pirran las historias épicas, que trascienden de alguna manera. A veces temo que estos gustos míos hagan el relato pretencioso. Pero es el motor de mi escritura y no puedo hacer otra cosa que seguirlo.

      Gracias de nuevo por leer y (re)comentar. ¡Besos!

      Me gusta

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