Brócoli para ninfas

He compuesto con los frutos de la tierra un cesto divino. El brócoli, pieza maestra de la naturaleza, manjar de dioses, ocupa el lugar central con su poderosa fragancia y su exuberante verdor. A su alrededor he dispuesto un coro de verduras que nada tienen que envidiar a la misma ambrosía de los olímpicos. Espárragos de un codo de largo; una lechuga, hermosa y lozana; un gigantesco calabacín, curvado cual asta de toro; las zanahorias más naranjas que uno se pueda imaginar, y, para rematar, una ristra de rábanos tiernos y jugosos que harán las delicias de las bellas ninfas.

Todo surgió con una propuesta de Alcides, el palafrenero del arconte. Esa mañana iba camino del mercado para vender mis hortalizas cuando me lo encontré.

—¡Tontaina!

Continué mi camino, sin saber a quién se estaba refiriendo.

—¡Oye, tú! ¡Pólux, hijo de Demetrios! ¡Ven aquí!

Me acerqué. No había nadie más a mi alrededor. Alcides no me cae bien, pero es el único que puede mantener controlados a sus once hijos. No pocas veces me han perseguido por toda la polis, los pequeños canallas. Corren como conejos y tienen una puntería endiablada.

—Buen chico. Dime, ¿sigue en cama tu padre?

Asentí. Madre dice que Padre ha estado tendido en su lecho desde que yo nací. Según ella, después de haberme concebido, a Padre no le quedaba nada más por hacer en la vida. Desconozco la versión de Padre, porque siempre que me acerco a su puerta, grita como un poseso y me arroja cualesquiera objetos que tiene a mano. Madre me quiere mucho.

La carcajada de Alcides me sacó de mis ensoñaciones.

—De tal palo, tal astilla. Escucha, Pólux. Tengo algo importante que decirte. Lo llevo pensando mucho tiempo. Creo que ya es hora de que te asientes.

No comprendí.

—Encontrar a una mujer, casarte, tener descendencia. ¿Comprendes? —Asentí vigorosamente—. Pues bien, tengo una propuesta que hacerte.

Entonces Alcides empezó a hablarme de las ninfas. Describió la hermosura de sus cuerpos suaves como lana de oveja, en perpetua desnudez, todo pechos jugosos y nalgas redondeadas. Afirmó que hasta los dioses envidian su belleza, otorgada por la misma tierra a sus hijos predilectos. Y, en voz baja, me insistió sobre su insaciable apetito sexual. Tales confidencias me alteraron hasta límites insospechados. Y una idea se abrió paso en mi cabeza como un caracol a través de las hojas de lechuga.

—Si las ninfas deben su belleza a la tierra, ¿entonces no es verdad que podré conquistarlas con la verdura más hermosa que existe, el brócoli?

Por un momento, Alcides se quedó sin palabras. Después estalló en sonoras carcajadas.

—¡Por supuesto que sí, Pólux! ¡Excelente idea!

Pasé todo el día de mercado embelesado. Las imágenes que el palafrenero había conjurado ocupaban todos mis pensamientos. No hice muchas ventas e incluso una vieja desdentada me amonestó: al parecer pasé toda la jornada con la túnica abultada a la altura de la entrepierna. Pero al llegar la tarde había tomado una decisión. Conquistaría a una ninfa o moriría en el intento.

Volví a casa, seleccioné los más bellos ejemplares del huerto y los dispuse en derredor de un brócoli imperial, augusto, supremo, que bien podía ser llamado el padre de todos los brócolis por su porte y su nobleza. Y sin más demora, partí hacia el bosque donde ahora me encuentro.

¡Oh, los troncos centenarios! ¡Oh, la espesura frondosísima! Avanzo por entre las cañadas y los helechos. Estoy exultante. Mi intuición me dice que esta va a ser una aventura épica digna del mismísimo Heracles. Madre estará orgullosa. Aprovecho para recoger unos espárragos silvestres. Los hados me sonríen.

Llevo ya un par de horas dando vueltas por este laberinto forestal. Una niebla blanquecina ha caído sobre los helechos y avanzo con sumo cuidado entre la vegetación a fin de no derramar la cesta que llevo en brazos. Tirito de frío: Madre, cuánta razón tienes al decirme que siempre salgo con poca ropa. Pero, ¿qué es esto? Estoy escuchando voces de mujer, risas cristalinas entre la bruma. Me estoy emocionando. ¿Serán las ninfas? Me abro paso entre la maleza con impaciencia y entro en un calvero donde se desarrolla una escena asombrosa.

He llegado justo a tiempo. Ante mis ojos encuentro lo que solo puedo describir como un campo de batalla. Las ninfas, tan ligeras de ropa como cuando Zeus les trajo al mundo, están siendo acosadas por unos seres peludos y bajitos con patas de cabra. ¡Sátiros! Por todas partes veo piernas levantadas y posturas inverosímiles. Las ninfas aguantan el asedio con ánimo envidiable, pues sigo escuchando sus risas entre jadeos y forcejeos. Se me nubla la vista. ¡Aguantad, ninfas! ¡Haré probar a los sátiros la furia de los hombres mortales!

Cargo hacia ellos dando grandes voces y estalla el caos. Los sátiros saltan en todas direcciones y yo me veo zarandeado entre brazos peludos y carnes desnudas. Las ninfas chillan. Esperaba que dieran otro recibimiento a su defensor, pero no alcanzo a quejarme, pues ante la lluvia de golpes no puedo sino aovillarme en el suelo con la cabeza entre los brazos y esperar que escampe el temporal. Entre torta y torta descubro de que los malditos híbridos de cabrito y mortal se están haciendo con el contenido de mi gloriosa cesta aprovechando el barullo. ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! Me rehago con la furia de un titán. Los sátiros, advirtiendo mi nueva determinación, se dispersan y huyen con el botín de mi cesta. Recupero el calabacín gigante y con él armado persigo a uno de los brutos, el más grande y lento, que se ha apropiado del brócoli. ¡Miserable! Le aporreo en justa venganza. El calabacín se deshace ante la fiereza de mi ira. Al fin, victorioso y con el sátiro apaleado a mis pies, me vuelvo hacia mis ninfas con el pecho henchido de orgullo. Pero no reaccionan como yo esperaba. Muchas permanecen de pie, lívidas. Otras lloran y se tiran de los pelos. Algunas incluso están arrodilladas al lado del sátiro, acariciándolo:

—¡Pobrecito Pan!

Ahora sí que no entiendo nada. ¿Pan? ¿Pan? ¿Quién quiere pan, teniendo brócoli?

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2 comentarios en “Brócoli para ninfas

  1. Hola, Ismael, me he venido a la sección de humor porque tenía ganas de reírme un rato y vaya si lo he conseguido. Claro que el mérito es todo tuyo, amigo mío.
    La cesta de verduras, una pocholada. El consejo de Alcides, muy sugerente. Y Pólux, allá que te va, tan decidido, al bosque en busca de esposa. Y Madre, encantadísima 🙂
    Cuando encuentra a las ninfas, manos a la a obra. Y el sátiro viene a pifiarla. La cesta, ¡ni mirarla! Tan apetecible y colorida… Es inútil. Claro que no le culpo, a mi también me tentaría 😛 Pólux, furioso, le aporrea con un calabacín. Por Zeus, un arma contundente 😉

    Y las ninfas… ¡se compadecen del gañán de Pan! Personalmente, me quedo con el brócoli 😀

    Genial, Isma, Muy conseguido. Y ¡cómo no! Gracias por las risas.

    (* Espero no haberme equivocado con los nombres).

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    1. Gracias por leer, amiga. Este fue el primero que llevé a un taller y es más corto que los que escribo habitualmente. Se me comentó que el lenguaje de Pólux es un poco más florido de lo que cabría esperar, pero no puedo resistirme; las palabras bonitas me llaman.

      Besos
      Isma

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