Estaciones

El capó del vehículo estaba levantado y un humo espeso salía del motor. El hombre estaba inclinado sobre el chasis. Aquello no tenía el menor sentido.

El cielo mostraba un extraño color violáceo. No había ningún otro coche en la carretera, que se extendía interminable en ambas direcciones. Era una de esas rutas larguísimas que recorrían la inmensa geografía norteamericana. Alguien, en algún momento, había trazado una línea recta sobre un mapa para conectar dos puntos distantes, despreciando cualquier desviación, para cruzar unas tierras inhóspitas situadas en mitad de ninguna parte. El terreno circundante, una extensión de tierra rojiza y arbustos secos, era tan monótono como la misma carretera. Soplaba un viento desapacible, pero aparte de aquello, el hombre era incapaz de inferir si se avecinaba una tormenta o un sol inclemente, la noche o el día.

–¿Qué está haciendo? –preguntó uno de los técnicos.

–No lo sé. Creo que simplemente está bloqueado. Vamos a darle un poco más de tiempo.

El hombre se sentía extraño a la intemperie. La bóveda celeste se encontraba demasiado cerca: la estepa rojiza y yerma no ofrecía tregua ni solaz. La carretera, el único elemento familiar, le rechazaba. El hombre dejó el capó entreabierto y volvió al interior del coche. Con las manos sobre el volante intentó rememorar cómo había llegado hasta esa situación. Recordaba haber recorrido incontables millas de una parte a otra del país. Había conducido bajo un sol suave y liviano que acariciaba su piel en los luminosos días primaverales, con las ventanillas bajadas para sentir el olor a ozono y a sal del Atlántico. El calor del sol había aumentado a medida que la ruta le llevaba hacia el norte y hacia el interior, donde la vegetación se marchitaba bajo el rigor del estío pese a las escarpadas montañas y las amplias hondonadas donde antes hubo lagos. Después había continuado para enlazar con la costa oeste, acompañado por un viento inestable que podía tanto agitar las hojas marchitas de los árboles como levantar casas enteras en el frenesí de un tornado. Había encontrado el océano Pacífico bajo una lluvia de otoño torrencial, con el parabrisas funcionando a plena potencia, buscando una línea de la costa desdibujada entre corrimientos de tierra, lagos desbordados y ríos fuera de su cauce. Por último, se había dirigido al sur entre fuertes ventiscas de nieve, patinando sobre carreteras heladas, devorando millas por un paisaje que se extendía blanco e inmaculado en todas direcciones.

–El jefe se está poniendo nervioso. Necesitamos algo, pero ya.

–No podemos hacer nada. Todo es demasiado complejo. Sólo podemos seguir esperando.

El hombre se frotó las sienes. ¿Cómo había llegado hasta esa situación? ¿Cuándo había decidido comenzar ese viaje? Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el volante, esperando cerrar las puertas al cielo que le presionaba. Una imagen le vino a la mente. Era un plató de televisión; pero la memoria era confusa, borrosa. Agitó la cabeza, pero no consiguió evocar otra imagen distinta del escenario, de las cámaras y de los focos de luz. Sí, era un noticiario. Se veía a sí mismo señalando un plano marcado por símbolos meteorológicos: aquí nieve, allí tormenta, allá sol. ¿Es que era presentador? Y si era así, ¿ qué hacía ahora en aquel coche? ¿Dónde estaba su casa, dónde estaba su trabajo? La memoria de su viaje a través del país: ¿en qué lugares se había detenido? ¿Había bajado alguna vez del vehículo? Dolor de cabeza. Volvió a abrir los ojos. El firmamento violáceo se colaba hacia el interior del coche, con una luz crepuscular que podía ser tanto diurna como nocturna. Nada de aquello tenía sentido.

El hombre se apeó cerrando la puerta tras de sí. Comenzó a caminar por el arcén. La carretera seguía dividiendo el paisaje en dos mitades idénticas. Todo aquello era irreal; el extraño cielo, el viento revuelto y cambiante, la luz mortecina y apagada. Con una lucidez repentina, el hombre se detuvo y tomó una decisión. Encaró el borde de la carretera hacia la extensión yerma de tierra rojiza. Dudó al dar el primer paso: la pisada, que se posó sobre el polvo rojizo, le produjo una extraña sensación de novedad. Dio otro paso más. Comenzó a avanzar por aquel terreno baldío, abandonando el asfalto y el coche, dejando atrás aquella mínima frontera de orden.

–Por fin. Ya tenemos datos. Pero esto es… imposible…

–Debe haber algún error.

–Es el mejor simulador que tenemos.

Los dos técnicos estaban rodeados de pantallas. En una se mostraba el modelo tridimensional de una figura humana que caminaba por un yermo rojizo, alejándose de una carretera.

–Fue una estupidez modelarlo como un viajero.

–A la gente le encanta. Todos prefieren ver la predicción climatológica a pie de calle. En cualquier caso, hasta ahora sus pronósticos han sido acertados.

–En eso estoy de acuerdo. La sequía en Canadá, la nieve en Nuevo México, las inundaciones en la costa Oeste. Pero estos nuevos datos, ¿qué significan? ¿Por qué el modelo informático se sale del escenario?

Los dos técnicos habían diseñado el sofisticado programa de simulación climática. La aplicación había proporcionado, semana tras semana, vaticinios cada vez más extremos. La fiabilidad de las predicciones había situado al noticiario de la cadena como el más visto del país. El mundo esperaba impaciente el momento de la emisión en que el programa informático revelaba los datos actualizados, datos que obligaban a cientos de miles de personas a emigrar y a buscar refugio frente a las crecientes adversidades meteorológicas. Los dos técnicos habían pensado que las condiciones extraordinarias eran un fenómeno aislado. Pero ahora… otra pantalla, mucho más grande que la anterior, mostraba los resultados de la nueva predicción. Era un resultado disparatado, imposible. Si aquellos datos resultaban ser ciertos…

–Me voy. Quiero estar con mi familia.

Uno de los hombres se levantó y se marchó de la sala. El otro permaneció en silencio, observando los datos de los monitores. Sonó un teléfono: la extensión indicaba que su jefe, el director de los informativos, llamaba de nuevo. El hombre dejó que el teléfono sonara. Después, se levantó, cogió su chaqueta y siguió a su compañero.

La sala quedó vacía, iluminada tan solo por el brillo de los monitores. En uno de ellos se veía una carretera desierta, un coche abandonado y un terreno desolado. De repente, las pantallas parpadearon, chisporrotearon y se apagaron. La habitación quedó a oscuras. Unos segundos después llegó el sonido largo, muy largo, de un trueno lejano.

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