Las praderas del viento

Eres el Grajo. Vives en la tierra de las praderas del viento desde hace incontables estaciones, antes incluso de que los hombres llegaran a ella, antes de que los ríos y las montañas se formaran. Eres viejo como el sol y como la luna. El pueblo indio te reverencia por tu astucia y por el don de la profecía. Se han tejido cientos de historias sobre ti, pero en el fondo, solo eres una pequeña parte del Gran Espíritu. En la noche salpicada de estrellas dejas que la brisa revuelva tus plumas negras y piensas sobre el tiempo y sobre la gloria.

Junto a ti, un muchacho dakota está tumbado de espaldas en la oscuridad. Se llama, en tu honor, Grajo-que-ríe, ya que eres su tótem protector. Se ha alejado un poco de los tipis y los wigwams. Algo en su interior le ha urgido a distanciarse de los sonidos del campamento y a escrutar a solas el cielo nocturno.

—Mira, Grajo.

El muchacho no puede verte, pero intuye tu presencia. Elevas la vista y miras hacia donde te señala, al firmamento. Hay tantas estrellas en el cielo sin luna que parece que uno mismo está flotando en la oscuridad, entre brillantes chispas de luz. El sendero de los espíritus, la Vía Láctea, cruza de un lado a otro la bóveda celeste. El muchacho recorre con sus manos el río de estrellas. Tú ves más allá y sabes que por el sendero brillante caminan los antepasados de su pueblo en el último viaje.

Wakan.

El misterio. Aquello que no se puede comprender. Grajo-que-ríe suspira. Él no sabe por qué, pero se siente reconfortado en la soledad de la noche bajo el inmenso cielo estrellado. Es muy joven. El corazón le ha hecho venir aquí, para poder sentir con las manos los lazos que le atan a quienes pisaron estas praderas antes que él. Tú lo sabes. Lo has visto innumerables veces.

Después de un rato, el chico se incorpora. Bosteza, calmada ya su inquietud, y regresa al campamento para descansar. Le sigues con la mirada y piensas en el futuro que le aguarda. Mañana será un día especial para él: lo ves tan claro como si fuera pleno día. Pero por ahora, en la oscuridad, aguardas la llegada del alba y extiendes tu protección sobre la tribu que descansa un poco más abajo, en la pequeña meseta que domina las praderas de hierba. Será una noche tranquila. Nube-altiva, el chamán, es un hombre sabio, y eligió un asentamiento adecuado para su pueblo. Aun así, vigilas.

El manto de las estrellas cae y nace un nuevo día. El campamento se colorea con los sonidos de la mañana. Las mujeres y los hombres salen de sus tipis. Los caballos y los ponis asoman de los wigwams en busca de agua y pasto. Los perros se desperezan. Los preparativos comienzan tan pronto como los dakotas toman el primer bocado. Son un pueblo nómada y desmontar el campamento les llevará toda la mañana. Las mujeres se encargan de las tiendas mientras los hombres remolonean, discuten y también, en cierto modo, se preparan. Grajo-que-ríe está inquieto y su madre, que lo nota, le perdona las labores de recogida. El chico se reúne con un grupo improvisado de jóvenes, niños y niñas, y toman el camino de las pozas para un último baño antes de la partida.

El río Ratón corre entre los escarpados riscos que horadan la altiplanicie y forma remansos donde el agua se estanca y embalsa. Generaciones enteras de dakotas han acampado en la meseta y año tras año, con cada visita, los niños han ido amontonando cantos y piedras redondas para contener el caudal en charcas. Las rocas están resbaladizas por el liquen y el musgo, pero eso no es obstáculo para los chicos, que se divierten en las aguas de reflejos verdosos. Has seguido al grupo en un vuelo corto y ahora observas la escena desde una rama cercana.

—He escuchado decir a Nube-altiva que las señales son propicias. Hoy habrá una buena caza.

—Mi padre ha prometido que abatirá al bisonte más grande para ofrecérselo a Lluvia-triste.

—Yo solo espero que Garra-de-lobo no se haya equivocado y que la manada esté allí.

—Algún día yo, Gamo-que-repta, dirigiré a los cazadores. Si sois valientes os dejaré venir conmigo.

—¡Ja! ¡Nadie es más valiente que Grajo-que-ríe!

Los cuatro muchachos fanfarronean y se salpican agua mientras juegan entre risas. Serpiente-ungida y Grajo-que-ríe son los más jóvenes: la piel tirante se marca sobre sus costillas y reluce en los brazos delgados. Gamo-que-repta es el mayor, y Pequeña-concha-de-tortuga posee la complexión más robusta de los cuatro. En torno a la charca, situados cerca de los niños, contemplas a sus espíritus protectores, tus hermanos: Serpiente abraza el calor de una roca caliente, Gamo está encaramado a un saliente de piedra, Tortuga permanece medio sumergida en la charca. Los cuatro observáis el juego de los muchachos en silencio. Lo que veis en ellos tiene un valor infinito. Serpiente distingue en su protegido las semillas de la sabiduría: tal vez Serpiente-ungida sea chamán algún día. Gamo puede ver en su chico coraje y determinación, y Tortuga encuentra en el suyo la fortaleza para oponerse a la maldad. Lo que tú ves en Grajo-que-ríe te lo guardas para ti. Hoy será su día de gloria. Pero siempre has sabido guardar bien los secretos.

El espíritu de la charca, un barbo viejo y pacífico, nada entre los chicos sin ser visto. Grajo-que-ríe se ha sentado aparte, buscando el calor del sol para aliviar la piel aterida por el frío. Una de las niñas del grupo se le acerca, decidida. Es Ardilla-enroscada. Eres observador, y por eso te fijas en los pequeños detalles: las manos juntas, la media sonrisa indecisa, los ojos que brillan con ilusión.

—Hola, Grajo-que-ríe.

El chico le devuelve el saludo y ambos se miran. Ella le mantiene la mirada y él, sin saber por qué, se turba. Conoce a todos los niños, pero nadie le ha mirado así antes.

—¿Me enseñarás la marca?

Grajo-que-ríe se sorprende. Tiene una marca en el brazo con forma de pájaro. Piensa, por un momento, que la niña se reirá de él, y se siente vulnerable. Pero los ojos de ella son limpios, y por eso, dubitativo, le muestra el brazo. Siente el leve contacto de los dedos de ella en la muñeca. Ardilla-enroscada le sigue mirando a los ojos durante unos segundos.

Te cae bien Ardilla-enroscada y su tótem es curioso y vivaz, como tú. En un futuro los caminos se cruzarán, pero ni siquiera tú puedes ver tan lejos. El amor también es wakan: otro misterio de la naturaleza. Ella se zambulle de vuelta a la poza con una risa y él retorna a los juegos con sus compañeros, olvidando con rapidez el breve encuentro.

No te quedas a seguir los juegos infantiles. Estás escuchando una llamada: es débil, pero la oyes con nitidez. Levantas el vuelo y vuelves al campamento. Del tipi de Nube-altiva se eleva una columna blanca de humo y hacia allí te diriges.

El chamán está sentado frente a un fuego que desprende un intenso aroma. Es un hombre alto, más que la mayoría de su tribu, y tiene el pelo largo y descuidado hasta los hombros.  El ritmo hipnótico y repetitivo que canturrea es lo que te ha invocado desde las charcas del Ratón. El interior del tipi está abarrotado de objetos: cuernos, pieles, hierbas, instrumentos musicales, cuencos, piedras de colores… Entre el desorden están varios de tus hermanos: Lobo, Águila y Pájaro Trueno. Aunque son mayores que tú, no te sientes intimidado. Por pequeño que sea, cada uno de vosotros tiene su lugar en las praderas del viento. Nube-altiva despierta de su trance y por unos momentos parece sorprendido de encontraros allí. Lo que ven sus ojos se encuentra a mitad de camino entre el mundo real y el mundo de los espíritus.

Se recupera pronto. Esparce el humo por la tienda con un manotazo y tienes que hacer un esfuerzo para contener la tos. Es un viejo antipático y sus modales son bruscos incluso para los dakotas, pero es un hombre sabio. El chamán es uno de los pocos humanos que puede interaccionar con los espíritus. Pájaro Trueno, su tótem protector, le amonesta con un graznido.

—Está bien, está bien. Es solo que no me gusta ver las pieles de bisonte cuando hablo con vosotros. Así me parece estar flotando. En fin, ya sabéis por qué os he convocado. Bueno, todos salvo Grajo, que siempre está en las nubes.

No te ríes. El chiste es más viejo que el sol. Nube-altiva continúa.

—Garra-de-lobo, el jefe de los cazadores, asegura que los bisontes pasarán hoy por las praderas del viento, y el pueblo dakota se prepara para la caza. Llevo días observando las señales y creo que los augurios son buenos. Pero todo esto ya lo sabéis.

»Lo que quiero consultaros es algo diferente. He tenido sueños en los que aparece un grajo de alas negras, y al despertar, mi espíritu se estremece como los tallos secos zarandeados por la tormenta. Me preocupa lo que desconozco. Sé que los dakotas cuentan con vuestra protección y no temo por ellos. Pero no sé interpretar lo que me dicen los sueños.

El viejo chamán es muy listo. No pensaste que fuera a intuir el secreto. Pájaro Trueno, que es el más sabio de tus hermanos, le responde.

—Hoy es el día del Grajo.

Nube-altiva asiente despacio. Vuelve la cabeza hacia Lobo, que le pregunta:

—¿Qué te dice el corazón?

El chamán baja la barbilla hasta el pecho y cierra los ojos. Parece haberse dormido entre el humo blanco que inunda la tienda. Pero pasados unos momentos vuelve la mirada con lentitud hacia Águila, que le dice:

—Ahora ya lo sabes.

Nube-altiva hace una mueca, masca un trozo de raíz y luego escupe al suelo. Finalmente, casi con desgana, vuelve la mirada hacia ti y pregunta:

—Y tú, ¿no vas a decirme nada?

Ahora es cuando tú te ríes.

Cuando sales del tipi, los chicos han retornado de su breve chapuzón en el Ratón. Salvo por la tienda del chamán, el campamento está prácticamente levantado. Las mujeres y los ancianos parten primero con los ponis que arrastran las esterillas con la carga más pesada: las tiendas y las provisiones, las ropas y las herramientas. Los guerreros van y vienen del campamento informando sobre la exploración a Garra-de-lobo. Las noticias son buenas y el jefe de los cazadores da las últimas órdenes. Alrededor de cincuenta jinetes se agrupan en la meseta que domina las praderas.

Grajo-que-ríe y Serpiente-ungida apenas si pueden contener la emoción. Es la primera vez que acompañan a los cazadores en el paso de los bisontes por las praderas del viento. Grajo-que-ríe monta un esbelto alazán que está casi tan nervioso como él. Sus amigos, Gamo-que-repta y Pequeña-concha-de-tortuga, se mueven más confiados entre el tumulto de caballos y el polvo en suspensión. Este es el segundo año en que participan en la cacería y conocen de primera mano la rutina. Tanto para ellos como para los dos primerizos la labor es sencilla. Deberán seguir a los cazadores y localizar las piezas abatidas para que el resto de la tribu llegue a ellas y las descuartice. Es una misión que no reviste gloria, pero de suma importancia: en el calor de la pradera, los animales muertos se descomponen con rapidez y su carne no podrá ser aprovechada a menos que trabajen coordinados y con eficacia.

El alazán vuelve los grandes ojos oscuros hacia Grajo-que-ríe. El muchacho comprende que el caballo también está nervioso y murmura palabras tranquilizadoras mientras le palmea el ancho cuello. No te has equivocado. El chico tiene un gran corazón. Y ahora, mientras le ves apretar las mandíbulas y galopar ladera abajo junto al resto de los cazadores, sabes con certeza que tu premonición será acertada.

La inmensa manada de bisontes avanza por las praderas del viento. En la distancia se aprecia una masa compacta de animales que se mueve como un solo individuo. No está lejos de la verdad, aunque los dakotas no pueden verlo con sus propios ojos. Tú sí puedes: en el centro de la manada que ocupa el valle se encuentra Bisonte, tan alto como las montañas que le rodean. Es un espíritu poderoso. Hacia donde él se mueve, la manada se mueve: donde él gira, la manada gira.

El aire tiembla de anticipación y los dakotas, extasiados, gritan de júbilo mientras se separan en múltiples grupos de acuerdo a las órdenes de Garra-de-lobo. De cerca, los límites de la manada no son uniformes y se distinguen los animales individuales, que rotan y se entremezclan entre sí. El valle resuena con el sonido de mil tambores. El peligro está muy presente: un giro inesperado y las corpulentas bestias aplastarán bajo sus pezuñas a cualquier jinete que encuentren a su paso. La inmensa sombra de Bisonte oculta la luz del sol a decenas de jinetes.

Pero los cazadores dakotas conocen su oficio y mantienen la calma. Con arrojo y valentía, aprovechan los accidentes naturales para aislar porciones de la gran masa de animales, pequeñas manadas a las que impiden volver al flujo inicial. Es el momento de mayor peligro. Grajo-que-ríe tiene todos los sentidos alerta y no se aleja del grupo de cazadores adultos que tiene asignado. Han dividido un grupo de una treintena de animales y ahora los jinetes acosan los flancos para encontrar el eslabón más débil.

Entonces ocurre. Un movimiento repentino hace que los bisontes carguen a la vez contra los cazadores. Algunos caballos se asustan y los jinetes a duras penas se mantienen en las grupas; otros reaccionan para salvarse, escapando por el estrecho desfiladero de corpachones cornudos y pesados. En el desorden, un ejemplar magnífico, un gigante entre los bisontes, se separa del resto y carga con toda la fuerza de sus jóvenes músculos hacia el alazán de Grajo-que-ríe.

Es el momento que has estado anticipando. Allá a lo lejos sientes la imponente presencia de Bisonte. El poderoso espíritu de la pradera no intervendrá. Sabe tan bien como tú que lo que está a punto de ocurrir es ley de vida. Pero tú nunca has sido uno que se deje llevar por las reglas.

Te dejas caer en picado, a toda velocidad, hacia el majestuoso animal que embiste contra Grajo-que-ríe. Apenas les separan una decena de metros. Entonces te haces visible, extiendes las alas negras y pasas rozando los cuernos sobre la cabezota peluda. El animal, sorprendido, aminora el paso. Frente a él, Grajo-que-ríe aprovecha la oportunidad. Hace acopio de valor y con un grito desafiante encabrita a su alazán, sembrando el estupor en la bestia descontrolada. Y el gigantesco bisonte hace lo imposible: en mitad de la estampida, en el caos de la pradera que tiembla, se detiene en seco.

Uno de los cazadores cercanos reacciona. Su puntería es perfecta; su brazo, fuerte. La lanza vuela y se hunde profundamente en el ancho torso del animal, que muge y se desploma frente al alazán de Grajo-que-ríe. Y de pronto el cielo se llena con los gritos de júbilo de los cazadores.

Cae la noche. En el recién instalado campamento de la pradera, los dakotas celebran el éxito de la jornada. Entre ellos, aturdido por la atención, el joven Grajo-que-ríe recibe los honores de sus semejantes. Tal vez reciba su primera pluma. En el momento de gloria buscará, sin que pueda evitarlo, la mirada de Ardilla-enroscada. Desde una elevación cercana puedes ver el fuego que arde en el centro del poblado y las siluetas de los hombres danzantes que se recortan contra él. Las canciones durarán toda la noche, y la gesta del muchacho se sumará al repertorio de historias legendarias de la pequeña tribu.

Pero ¿qué es la gloria? Tú has vivido esa misma escena muchas veces. Hubo otros antes que Grajo-que-ríe, otros dakotas con otros nombres: Ojo-de-grajo, Grajo-que-vuela-rasante, Grajo-azul… Y sin embargo para todos ellos tú fuiste uno solo, el Grajo, un aspecto del Gran Espíritu. Como también tus hermanos son facetas de la misma entidad viva: el Puma, el Águila, la Comadreja, la Tortuga, el Lobo, el Bisonte… El Gran Espíritu es todo eso y más. Es las montañas rojas. Es los dakotas que celebran junto al fuego. Es también los apaches, los cheroquis, los navajos e incluso los hombres blancos que un día vendrán. Es los ríos que horadan y reverdecen la tierra. Es las estrellas que brillan en el cielo. Es wakan. Frente a esto, ¿qué es la gloria?

La gloria es el Gran Espíritu que habita en la inmensa extensión de las praderas del viento.

Anuncios

2 comentarios en “Las praderas del viento

  1. Hola, Isma. Siempre me gustaron las historias del medio Oeste, de pequeña veía los westerns con mi padre en la tele y guardo de aquello muchos momentos felices.
    El sábado, por cierto, vi Los Odiosos Ocho de Tarantino, en su línea habitual de grandes diálogos y abruptos, tan genial como tremenda.

    Sobre el relato, has bordado el mundo de los dakotas, también me gustó que el narrador hablara en segunda persona. Y cuando por fin extiende el grajo sus negras alas protectoras sobre la escena de caza del bisonte, es apoteósico. La referencia al Gran Espíritu, muy hermosa y alentadora.

    Solo un consejo, yo añadiría (que no sustituiría) los nombres en dakota u otro dialecto indígena cercano, para mí que le imprimiría un deje de poética genuinidad.

    Saludos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias, Mere, por tu lectura y tu comentario. Entrañable como siempre.

      Este relato lo escribí para un concurso de relatos infantiles / juveniles. Creo que entró por los pelos en esa categoría. Tomo nota de tu consejo. Quizás el incluir palabras en dakota le habría dado un airecillo de novedad o asombro, como lo dan siempre las cosas que no conocemos.

      Besos
      Isma

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s