Camino a Ruesta

Las piernas pesaban, y mucho, mientras subían por la ladera empinada hacia Ruesta. Alfredo no lo quería admitir, pero aguantaba menos que las dos jabatas que avanzaban delante de él.

—¡Galve! ¿Cuánto queda?

—Ya llegamos, pesado —gruñó Galve. Yolanda se abstuvo de responder y eso dio fuerzas a Alfredo. «Quizás está tan cansada como yo», pensó con una esperanza mezquina. La luz del sol se ocultaba detrás de la colina y las dos mujeres apretaron el paso. Alfredo suspiró. Había que llegar a Ruesta antes de que se hiciera de noche o lo pasarían mal a mitad de camino.

La idea original había sido parar en Artieda. Cuando llegaron allí, ya entrada la tarde, el hospitalero les informó muy amablemente de que el albergue estaba lleno. El hombre les había propuesto alternativas; estaba la vieja iglesia y también un pequeño recinto deportivo. Pero Alfredo había sacado su vetusta guía del Camino y había señalado un pequeño punto, Ruesta, a diez kilómetros de allí. El hospitalero, mirando aquel tomo de páginas amarillentas, había ladeado la cabeza extrañado. «Allí no hay nada, mozos», había dicho. Pero Alfredo había insistido; la guía decía que Ruesta fue abandonado cuando se inundó el embalse de Yesa y ahora estaba siendo repoblado. Sí, sí, seguro que había quien les alojara allí, además, menudas vistas al pantano.

Y ahora, subiendo aquella cuesta, Alfredo dudaba. «Si no hay nada en Ruesta, estas dos me despellejan». Para reforzar esa impresión, Yolanda se volvió a mirarle con los ojos inyectados en sangre. «O algo peor».

Galve también estaba agotada, pero jamás lo admitiría delante de ellos. Sentía curiosidad por aquel enclave. En la guía de Alfredo el lugar tenía cierto encanto, con aquellas viejas torres derruidas y casas en escombros. El problema era que la guía tenía por lo menos veinte años: todo un incunable. Ahora lamentaba haberse dejado llevar por la pasión del chico. Alfredo era mono, pero un cabeza loca. Ella tendría que haber sido la voz de la cordura.

Entre ellos dos, Yolanda. No dejaba de martillear en su cabeza el hecho de que era culpa suya que se encontraran en aquella situación, a punto de quedarse sin luz de camino a un pueblo casi con toda seguridad abandonado. Si se hubiera levantado antes por la mañana… Pero la noche anterior se habían dejado llevar por la emoción del Camino, usando como catalizador el excelente pacharán aragonés. Yolanda no toleraba bien el alcohol. «Que te sirva de lección, guapa». Por fortuna, el ejercicio le había hecho exudar cualquier resto etílico. Ahora rezaba en silencio porque su destino tuviera, al menos, agua para la ducha.

El estrecho camino entre los matorrales se abrió justo en el momento en que el aire se enrarecía con esa cualidad sombría que dan los momentos anteriores al ocaso. Los tres compañeros rodearon un inmenso pedrusco amarillento y se encontraron de lleno en la entrada del pueblo.

Las calles sin pavimentar bullían de actividad. Había allí muchísima gente. Las antorchas iluminaban la calle principal y bajo su luz caprichosa se desarrollaba la actividad incesante de una feria. Cuadrillas paseaban cogidas del hombro, cantando a voz en grito. Un saltimbanqui de vistosos colores lanzaba al aire pelotas de trapo, o quizás hámsteres. Diversos carromatos ofrecían frutas confitadas, palos de regaliz y otras viandas de aspecto exótico. Sonaba una música de laúd en alguna parte. Aquello no era, en modo alguno, lo que habían esperado encontrar.


Tras unos instantes de atónita fascinación, Alfredo miró a sus dos amigas y se internó en el bullicio. Los cuerpos alegres le rozaban al pasar, ebrios de diversión. La música era embriagadora. Asaltó a sus sentidos un olor delicioso a comida y sin dudarlo se internó en las callejuelas en busca de la fuente de ese aroma. Tras la larga etapa sentía un hambre lobuna. Por fin lo encontró: era un tenderete desatendido con un viejo trébedes sobre el que se apoyaba una olla de metal negro. Alfredo se asomó al humeante caldero y encontró allí, en conmovedora fraternidad, chorizo, panceta y torreznos. Volvió a mirar a su alrededor, ansioso, pero en apariencia no había nadie sirviendo. Así que dejó su mochila en el suelo y alargó el brazo para coger uno de aquellos apetitosos choricillos.

Entonces una mano se apoyó leve en su hombro izquierdo y otra se deslizó por su costado, debajo de su brazo extendido. Sintió en la espalda los pechos tibios de un cuerpo de mujer y una voz le susurró al oído.

—Espera… Coge ese torrezno de ahí. Está especialmente crujiente.

Alfredo contuvo el aliento mientras aquel brazo larguísimo se retiraba. Tomó el torrezno señalado y se dio la vuelta para encontrarse frente a unos ojos cautivadores, pícaros, abisales. La propietaria era una joven de largos cabellos plateados, sólida y etérea, frágil e intimidante. En definitiva, preciosa.


Tras entrar en el pueblo, Galve había seguido a Alfredo unos metros, pero era imposible mantener el contacto visual en el ambiente festivo. Los albergues suelen ser fáciles de encontrar, así que Galve se dejó llevar por entre los danzantes y los malabaristas. Después de la soledad de la ascensión y de la monotonía del paisaje campestre, la vitalidad de aquel pueblo refulgía con extrema nitidez. Las antorchas irradiaban una luz penetrante y las voces cantarinas taladraban los tímpanos. Le resultaba difícil avanzar, cansada como estaba, e incluso los aromas eran excesivos en su variedad. Galve se sintió un poco mareada. Se separó del gentío, deteniéndose junto a una vieja casa. Sobre el portal colgaba un letrero de madera con tipografía medieval que rezaba «El golem». De la puerta entreabierta ascendía un frescor húmedo que erizó y alivió el calor de su piel. Sin saber muy bien por qué, se internó en el umbral oscuro.


Yolanda era feliz. ¡Sí! El plan había funcionado, vaya si había funcionado. ¡Ruesta era genial! Ay, aquello prometía muchísimo. Tanto esfuerzo y tanto caminar, tantas ampollas y tanto sudor merecían por fin la pena. Sus dos compañeros ya avanzaban por la calle abarrotada y Yolanda les siguió. En el primer puesto ambulante que encontró se detuvo.

—Buenas tardes. ¿Sabría decirme cómo llegar al albergue, por favor?

El tendero le señaló calle arriba y con una sonrisa le regaló una manzana confitada. «¡Por favor! ¡Pero si son lindísimos!». Contenta y feliz, Yolanda avanzó, deteniéndose aquí y allá para admirar a un malabarista o para reírse con los gestos de un mimo. Desde luego el pueblo era espléndido. El albergue estaba casi al final de la calle, asomado sobre la oscuridad de un pantano. Ruesta se amontonaba en lo alto de una colina que dominaba la enorme extensión de agua. Sintiendo un escalofrío, Yolanda entró en el albergue, y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sola.


—Me llamo Pedro. ¿Y tú? —La chica de ojos pícaros se había presentado así mientras él daba cuenta de la carne churruscada del caldero.

—Pedro es un nombre extraño para una dama, pero me gusta. Yo soy Alfredo.

Por toda respuesta, la joven le había sonreído. Ahora se balanceaba sobre la punta de sus pies, taladrándole en silencio con una mirada juguetona mientras comía. Cuando cogió el último trozo, ella le tomó de la mano y sin tiempo para más le arrastró hacia la fiesta. Se dejó llevar, sintiendo que ocasiones como aquella solo ocurren en nuestros sueños.

Pasearon por las calles desconocidas de Ruesta. Pedro le llevó a puestos donde lanzaron dardos contra unas dianas: se llevaron un premio, aunque Alfredo olvidó lo que había sido, pues no pensaba más que en aquellos brazos desnudos y en el roce con esa piel fresca y tersa. Se sentaron en el suelo de piedra frente a un anciano músico que arrancaba de una flauta melodías que desgarraban el corazón. Bailaron al son de unas guitarras que tocaban unos harapientos y que giraban en torno suyo una y otra vez, una y otra vez. Perdió el aliento varias veces y al final ella lo arrastró lejos de la muchedumbre, entre los cuerpos jubilosos, lo empujó junto a una tapia blanquecina y hundió la lengua entre sus labios.


Tras el umbral había unas escaleras. Galve descendió unos metros y encontró una rampa ascendente. El corredor giraba, más escaleras, subir y bajar, y al fin el laberíntico pasaje se abrió a una estancia amplia e iluminada con lámparas de quinqué: una especie de biblioteca antigua, silenciosa y calma. Junto a las estanterías había numerosas vitrinas. El suelo de madera crujía.

—Bienvenida. Te esperaba.

Un hombre pequeño y moreno le saludó desde el fondo de la estancia. Llevaba un gorro de Fez y vestía una túnica colorida. El hombre no le ofreció un beso, sino que extendió la mano, que ella tomó.

—Disculpe… he entrado sin saber dónde estaba.

—Oh, no es necesario que te disculpes. En absoluto. Hace tiempo que te espero.

Ella se apartó un poco.

—Oiga, ¿cómo puede esperarme, si no le conozco?

Había algo raro en el ambiente: era demasiado silencioso para estar tan cerca de la fiesta, era fresco y húmedo, era también un poco frío. Había un siseo constante que parecía provenir de los libros en las estanterías, como si estuvieran hablando y susurrando entre ellos. Aquel lugar le desubicaba y sintió un poco de miedo.

El hombre rio con suavidad, y su risa fue creciendo hasta tornar en una carcajada amistosa.

—Tienes razón. Empecemos como se debe. Me llamo Ángel y no tienes nada que temer de mí.

El hombre se fue y trajo un vasito de cristal. Después volvió con una tetera y le sirvió. El té sabía dulce y amargo y era agradable en la garganta reseca. Galve estaba algo confundida, pero una voz en su interior le aseguraba que el hombre decía la verdad. Decidió escuchar mientras el pequeño hombrecillo le señalaba una de las vitrinas. Dentro danzaba una esfera multicolor que giraba sobre sí misma en un pedestal de ónice.

—Un alquimista recreó una vez en esta esfera la Tierra conocida. En aquella época se sostenía que más allá de los océanos existía un reino llamado Hiperbórea, el lugar donde la primera civilización floreció: la verdadera cuna del hombre. La esfera muestra su ubicación exacta.

»En esta otra vitrina puedes ver un libro que se escribió comenzando en la última página y terminando en la primera. Su autor fue un huérfano de cinco años que echaba de menos a su madre y empezó la historia describiendo el encuentro final con ella, que nunca se produjo.

»Más allá hay un meteorito que cayó del cielo después de estar vagando incontables eones por el espacio. Nunca brilla, salvo cuando lo toca un ser vivo. Entonces empieza a destellar más y más hasta que la luz se hace tan fuerte que se debe apartar la mano.

Galve escuchaba con una sensación extraña. Sabía que nada de todo eso podía ser real, pero también intuía que Ángel estaba diciendo la verdad. Él captó su mirada y volvió a sonreír.

—Ya veo. No estás interesada en baratijas. Muy bien: te llevaré al lugar donde podrás confrontar tus miedos.


El albergue estaba abarrotado de personas comiendo, charlando y bebiendo en una gran sala comunal. Yolanda se internó hacia la barra y pidió una cervezita. Después, maniobró a través de las mesas y encontró un lugar fantástico cerca de una esquina, tranquilo y cómodo, pero no apartado. Desde allí podía descansar a la vez que participaba del buen ambiente. «Supongo que Alfredo y Galve no tardarán en venir». Pidió un plato de estofado y se relamió contemplando el trasero del apuesto camarero. Pese a la multitud, en la sala no había mucho ruido. Quizás la vieja madera ennegrecida por el uso amortiguara los sonidos, o quizás estos se disiparan por las escaleras abiertas que subían al piso superior. Era un lugar agradable.

Una cucharilla tintineó y las voces se mitigaron. Yolanda escuchó una voz que se alzaba en la sala, aunque no pudo determinar su procedencia.

—¡Amigos todos! Quiero aprovechar que estamos aquí reunidos para contar una historia.

Aplausos y un silbido. Alguien pidió que la locutora se levantara y Yolanda escuchó el gruñido de respuesta; al parecer ya estaba de pie, pero ella seguía sin verla. El silencio volvió a imperar sobre las voces y la mujer desconocida continuó.

—Si vais alguna vez camino de Ruesta, os pediré que busquéis a mi amor verdadero. No tiene pérdida. Es casto y puro como un niño de pecho. No os riais, es cierto. Quiero que le digáis que le estoy buscando.

—Y si es tan casto y puro, ¿cómo le encontraremos? —replicó uno, entre risas—. Aquí somos todos virginales.

—Pues siendo así, os lo describiré. Mi amor tiene musgo en el pelo y raíces en el pecho. Vuela como un águila y respira como un pez. Sueña durante el día y enloquece durante la noche. Y viene del lugar hacia donde todo el mundo está yendo.

Asentimientos y murmullos. Yolanda no daba crédito. «¡Contadores de historias!». Metió la mano en su mochila y extrajo un cuadernillo, en el que empezó a escribir frenéticamente. Una sonrisa iluminó su cara. Porque aquello tenía la impresión de ir a más. Y así fue.

—Yo quiero hablaros de mi madre —dijo otra voz. Esta vez se veía al narrador: un hombre joven, moreno, con acento del Sur—. La que me vio partir de su vera. Viajé por todo el mundo con mi guitarra y, cuando sus cuerdas se hubieron roto, volví de rodillas a suplicar su cariño. Pero había enloquecido y sus geranios estaban anegados por el agua. Cuando me vio, no supo quién era.

«Hombre: un poco raritas sí que son estas historias», pensó Yolanda. Pero siguió apuntando, diligente. Allí había material para un buen relato. El ambiente en el comedor había cambiado y ahora flotaba en el aire el anticipo de nuevas voces, que no tardaron en elevarse. La siguiente fue la de una muchacha joven de largo pelo plateado.

—Mi amor fue un hombre extranjero, un caminante. Lo llevé danzando por entre las calles en una noche de feria. Comimos y reímos, y después nos besamos. Subimos a las torres del castillo que se yerguen sobre las aguas para contemplar desde allí a las estrellas. Y entre los dientes mellados de sus murallas le devoré.


La mano de Pedro sujetaba la suya mientras subían por las empinadas cuestas hacia el castillo. Alfredo estaba en una nube. Aquel beso había sido rampante. Sentía aún el tacto de su espalda bajo la ropa. Había temblado al darse cuenta de que no llevaba nada debajo de la blusa.

Las ruinas del castillo se alzaban fantasmagóricas sobre Ruesta, y más allá, rodeando el pueblo casi por completo, las aguas negras del pantano de Yesa. El lugar estaba en silencio, pero las luces de la fiesta iluminaban lo suficiente para que él pudiera ver las caderas de Pedro, su pelo plateado y el brillo en los ojos cuando se volvía para mirarle. Penetraron en el espacio vacío del patio de armas. La torre del homenaje no era más que un montón de escombros y por la muralla comenzaba a filtrarse la luz de una luna llena inmensa y grandiosa. Pedro le soltó la mano y bailó por unos instantes, haciendo girar el vuelo de la falda. Era preciosa.

Pedro señaló al cielo. Estaba plagado de estrellas.

—¿Qué piensas que encontrarán los hombres cuando lleguen allí?

—Espero que un lugar como este y un día como el de hoy—respondió Alfredo.

Ella se volvió y le sonrió con las fauces abiertas. Alfredo parpadeó: la sonrisa de la chica seguía siendo encantadora. Se maravilló de esos labios carnosos, que hace tan poco se habían unido a los suyos. Sentía un gusto extraño en la boca, algo así como el metal, caliente e intenso. Pedro abrió los brazos para abrazar la brisa de la noche y él creyó ver la sombra de un par de alas enormes contra el muro del castillo. «Juegos de la luz en la oscuridad», pensó. La luz de la luna dibujaba formas caprichosas.

—Escucha, Pedro. En este lugar quiero compartir algo contigo.

—Lo que quieras —respondió ella, y el resoplido le zarandeó la ropa como si fuera un pequeño vendaval.

—Tengo delante de mí algunas decisiones y estoy preocupado. Voy a empezar un nuevo trabajo en una ciudad extranjera y… no sé si saldrá bien. Dejarlo todo, comenzar de nuevo. Los amigos, el idioma. Tengo miedo.

Ella permaneció en la oscuridad durante unos instantes, observándole. Después se acercó hasta situarse frente a él, con aquellos ojos grandes donde giraban las estrellas de una nebulosa. Extendió una mano y acarició su mejilla. Alfredo sintió el roce de las grandes escamas contra su cara y la joven le sonrió con dulzura.

—Tu especie siempre me sorprende. Veré a los hombres pisar otros mundos, y sin embargo algunas cosas seguirán despertando mi ternura.

»Deja que el temor pase. Te atravesará como un cuchillo y cuando se haya ido solo quedarás tú. El viaje te hará más fuerte y encontrarás otros amigos, otros caminos, otras formas. Te harás más viejo y más sabio y, al final, volverás limpio y renovado, recién nacido como una cría humana.

El suelo tembló cuando ella se apartó de él. Alfredo quería abrazarla, y a la vez, no quería hacerlo. Pedro alzó el cuello acorazado hacia las estrellas.

—Vete ahora, antes de que vuelva el hambre. Tan solo te pido esto —El cuerpo femenino se alejaba y una garra grande como un árbol se alzó para señalar hacia lo alto—. Cuando lleguéis allí, llevadnos con vosotros.


Habían salido de la casa por una puerta lateral y frente a ellos se encontraba la extensión desierta del pantano, oscuro y ominoso. «He aquí la razón de la humedad y del frío», pensó Galve. Ángel se había alejado de la entrada y estaba medio inmerso en el barrizal previo a la orilla. La luz de la luna, recién asomada por el horizonte de colinas boscosas, iluminaba la escena. La túnica colorida había tomado un color oscuro allí donde el fango la había tocado.

—Será mejor que te quites la ropa.

—De ninguna manera — Galve lanzó una mirada asesina al hombrecillo.

—Las mujeres no son mi tipo —replicó Ángel—. Escucha. Debes hacer esto.

«¿Quitarme la ropa aquí, de noche, con este tío? Ni loca». Y sin embargo se descalzó las botas, se quitó el pantalón —quedando solo con unas braguitas que rezó estuvieran limpias— y la camiseta. «Estoy loca». Después, con mucho tiento, comenzó a acercarse al agua. Para su sorpresa, el barro estaba cálido, y aunque al principio le provocó algo de repulsión, pronto lo encontró agradable. Calada hasta las rodillas se encontró con Ángel, que la esperaba.

—Estamos entre el agua del pantano y la tierra de Ruesta, entre el aire del cielo y el fuego del subsuelo. Coge una bola de barro con las dos manos. Eso es —El cieno resbalaba de las manos de Galve por las muñecas y hacia los antebrazos—. Y ahora: en este papel de aquí está escrito el nombre de Dios. No el de los cristianos, ni el de los judíos, budistas o musulmanes. El verdadero nombre de Dios, el tuyo y el mío. El de todos nosotros.

Ángel elevó el papel con reverencia y ella pudo observarlo por un instante, recortado contra la luz de la luna. Las letras parecían brillar en la oscuridad, pero no pudo reconocer ninguna. Entonces el hombrecillo introdujo el papelito dentro de la bola de fango que Galve sostenía con ambas manos.

—Ahora esculpe una nueva vida.

Galve se estremeció. «¿Así que es esto?», se sorprendió. Se sintió engañada, irritada contra aquel hombrecillo estúpido que le pedía… ¿qué? ¿Esculpir una nueva vida? «Pero, ¿qué se ha creído?». A punto estuvo de tirarle la bola de barro a la cara y salir de aquel cenagal, pero las manos de él se posaron sobre sus brazos, y ella pudo mirarle a los ojos. Lo que vio allí, fuera lo que fuera, le tranquilizó.

—Yo te ayudaré.

—Bueno —rezongó—. Visto así, parece un juego. Hagámoslo.

Cogió un poco más de barro y lo unió al bloque inicial, que estaba empezando a endurecerse. Después añadió otros. Amasó, moldeó, dio forma: inclinó la figurilla a uno y otro lado con cuidado primero, después con cariño. «No está tan mal esto de esculpir medio desnuda a orillas de un pantano bajo la luz de la luna», reflexionó. Resbaló sobre el lodazal un par de veces, se rio y se concentró todo lo que pudo en dar unas formas concretas a aquella masa informe de tierra, agua, calidez y espuma.

Y cuando hubo terminado, lo sostuvo entre sus manos, embadurnada de fango de la cabeza a los pies; y la figura de barro que había creado era sólida y compacta, frágil y vulnerable; y parecía respirar por sí sola bajo la juguetona luz de la luna.

—Es solo un golem —dijo Ángel.

—Es… —Miró el cuerpecillo que palpitaba entre sus manos y no encontró las palabras—, es hermoso.


En el comedor del albergue nadie dio muestras de sorpresa ante la grotesca afirmación y de nuevo hubo asentimientos y cabeceos. La joven del pelo plateado se sentó en su banco y Yolanda se quedó maravillada. «¿Es una especie de juego? A ver si lo pillo. Quizás pueda participar…». El pensamiento le hizo estremecerse; le encantaban las actividades creativas. Entonces otra mujer se levantó y comenzó a hablar.

—Echo de menos a mis hermanas. Somos muchas y no estamos muy unidas, pero juntas podemos hacer cualquier cosa. Somos navegantes y somos esperanza, observamos y somos observadas. He vagado mucho tiempo en su búsqueda y he llegado incluso hasta lo más profundo del océano. Pero es en Ruesta donde puedo verlas siempre que quiero. A cientos, a miles.

«Una estrella, ¡y sus hermanas se reflejan en el pantano!», pensó Yolanda con una sonrisa. Pero se abstuvo de decirlo en voz alta. Tenía una intuición acerca del juego y quería estar segura antes de meter la pata. Se le daba bien encontrar pistas ocultas en las historias. De momento, le quedaba claro que estaban representando algún tipo de papel fantástico. Seguramente se habían puesto de acuerdo para una actuación teatral en vivo.

Un hombre anciano se levantó a continuación

—Amo a mis hijos. Son fruto del trabajo de mis manos y ahora yacen, olvidados y dormidos, por obra del hombre. Un mal día se los llevaron de mi lado y me vi forzado a marchar más allá de nuestras fronteras. Desde entonces nada crece en sus huertos anegados. Siempre termino volviendo a su lado, aunque ya no pueda tocarles.

—Mi burro era el animal más terco sobre la faz de la Tierra. Le grité y le amenacé, pero no cambió de opinión. Era mi mejor amigo, y de todas maneras, yo tampoco quería irme. Esperé hasta el final. Y cuando llegó el día no quiso moverse. El agua…

Yolanda estaba pensando a toda velocidad. Todas aquellas historias tenían un denominador común. El hombre que respiraba como un pez; los geranios inundados; las torres que sobreviven al agua. «¡Está clarísimo, por favor!»

—¡El pantano! —Se le escapó sin poder remediarlo. Estaba exultante. «¡Todas las historias se refieren al abandono del pueblo por la inundación del pantano!».

El último narrador, un hombre de piel blanca y pelo húmedo y apelmazado, volvió la mirada hacia ella. Los ojos eran los de un ciego, blancos y lechosos. El hombre asintió.

—El pantano…

En el gran comedor se hizo el silencio. Las voces se acallaron, e incluso la música que había estado sonando afuera se tornó silente. Los ojos de todos se volvieron hacia ella; los narradores, los niños y hasta el camarero. Nadie dijo una palabra. Yolanda interpretó que, al haber llamado la atención sobre ella, ahora esperaban que participara. Empezó a ponerse muy nerviosa.

—Yo… perdonadme… yo no tengo historia que contar…

—Entonces recuérdanos —dijo el hombre de los ojos lechosos.

—Recuérdanos —dijo una mujer joven.

—Recuérdanos —dijo un niño.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Yolanda cogió su mochila y salió corriendo por entre las mesas de personas inmóviles que la seguían con la mirada. «Recuérdanos». Tropezó y cayó a los pies de alguien. «Recuérdanos». Se levantó como pudo y corrió hacia la puerta.

Al atravesar el umbral se encontró con que el pueblo estaba completamente a oscuras. No había ni rastro de los bailarines, ni de la música, ni de los puestos de chucherías y golosinas, ni de antorchas. Solo ruinas y más ruinas. Miró atrás, y por las ventanas sin cristales del albergue de donde había salido vio escombros, rocas, un lugar yermo y vacío. Chilló como no había hecho desde que fuera una niña, y corrió calle abajo tan rápido como se lo permitían sus doloridas piernas.


Galve y Alfredo, en la entrada del pueblo junto al gran pedrusco amarillento, vieron venir a Yolanda y la serenaron como pudieron. No les llevó mucho tiempo. Al poco, Yolanda entró en un estado reflexivo. Había sido protagonista en una historia de terror, de esas que tanto le gustaban. Ruesta se extendía yermo y abandonado, las casas derruidas muchos años atrás, con la sombra del castillo dominando la vieja urbe y el gran pantano. Alfredo miraba a las estrellas en silencio, tocándose los labios con los dedos. Por su lado, Galve observaba a ambos con serenidad, y no se podía deducir lo que pasaba tras aquellos ojos calmos. Se había limpiado algo de barro, pero aun así seguía pareciendo un comando boina verde. Fue ella quien habló.

—Ruesta es solo una etapa. Tenemos que continuar.

Los tres amigos se ayudaron a ponerse las mochilas, y con una última mirada atrás, se perdieron por el camino.

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4 comentarios en “Camino a Ruesta

  1. Esa guía incunable es una joya, Ismael y la feria a lo medieval, embriagadora. Eso sí, más que torreznos probaría las manzanas confitadas. Una, que es muy golosa 🙂 Comprendo que Yolanda se asustara inmersa en una experiencia tan siniestra. Pero ¡sobrevivió!, me gustan los finales felices 🙂

    * Por cierto, está muy bien escrito. Está claro, conoces la zona y la plasmas muy bien. Por el campo, casi que huele a brezo. Los nombres de los personajes, sus perfiles, la compleja relación entre los tres… Muy conseguidos.

    Gracias, Ismael, a pesar de los peligros disfrute del paseo 🙂 A menudo miro el pantano de Mequinenza y siento una pena enorme. Sí, algo se quedó sepultado bajo las aguas… Siglos, quizás. Y el entorno de muchas almas.
    Recuérdanos… Me encanta. Bss.

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  2. Hola, Ismael. Intenté comentar hace una hora o así, espero que no esté por duplicado. Te decía que me gusta cómo nos introduces en la excursión, los perfiles de cada cual, los nombres de los protagonistas. Y las relaciones personales tan humanas que subyacen en un triángulo singular. La vida misma. También me ha fascinado cómo plasmas esas tierras, casi que puedo oler a brezo. Y esa feria tradicional… Cautivadora. Lo que es a mí me encandilaría por completo.

    Cuando más a gusto están los protagonistas y bajan la guardia, se ven inmersos en un entorno de lo más siniestro. Inquietante, Ismael, consigues transmitir verdadero desasosiego. Todos viven una experiencia insólita pero es Galve quien más me sorprende. Àngel no la asusta y solo pensar en los golem, me petrifico. Por eso valoro su serenidad, yo no podría. ¡Qué temple! Luego reflexiona sobre lo sucedido y nosotros con ella. Recuérdanos… Me encanta.

    Enhorabuena, un relato magnífico.

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    1. Hola María José,
      Gracias por leer y comentar, me alegro mucho de que te gustara. Los personajes son una interpretación particular de ciertas personas reales, y los eventos por los que pasan representan aspectos de su vida. Estoy seguro de que, sabido esto, su significado queda más o menos claro.

      Me apunto lo de las manzanas confitadas por si tengo la ocasión en un futuro de que me cuentes más del pantano de Mequinenza frente a un café con leche.

      Besos
      Isma

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