Juno es mi hijo

He pasado la noche vagando en el pinar que se extiende más allá de las agrestes colinas de Feneos. Los gritos de las bacantes han seguido mis pasos desde la destrucción y la barbarie. Dudo que nadie haya sobrevivido en la aldea y, aunque las salvajes no nos han alcanzado en nuestra huida, sus voces ebrias nos ha torturado sin descanso. Cuando ha llegado el amanecer estaba agotado y he caído en un sueño ligero y lleno de premoniciones funestas.

Juno descansa entre los pliegues de mi túnica. Alzo su cuerpo de bebé contra la luz de la mañana y los rayos del sol dibujan una corona alrededor de su cabecita. Me sonríe mientras me mira con sus ojos entornados y yo olvido mis penurias.

Juno, Juno, Juno. Por qué capricho de los dioses hemos sobrevivido, tú y yo, en este mundo de conflicto y calamidades. No nos queda sino vagar por estas tierras y rogar porque nuestro sufrimiento sea breve.

He bajado hasta un arroyo de montaña y he saciado nuestra necesidad más urgente, aunque soy consciente de que Juno precisará muy pronto de algo más que simple agua. He decidido buscar la seguridad de las murallas de Argos. Sé que la polis está hacia el este, más allá de estas cordilleras que se extienden como los huesos secos de una cabra gigante. Así que me he armado de valor y he iniciado la marcha. Mientras subía los riscos descarnados, he sentido la presión de unos ojos posados en mí, y cuando me he girado lo he visto. Es un pequeño sátiro, que me mira con ojos asustadizos, medio escondido detrás de un peñasco. No confío en los de su especie, así que he cogido una piedra y se la he tirado. Creo que ha bastado para ahuyentarlo.

Subir y bajar por estas colinas resecas supone un esfuerzo duro e inclemente. Esperaba obtener la ayuda de un pastor o el solaz de una cabaña abandonada, pero no he encontrado rastro humano en todo el día. Me preocupa Juno. Lo llevo sujeto a mi espalda y su cuerpo frágil acusa mis pasos. Tiene hambre.

En un valle seco de matorrales de espino he visto de nuevo al sátiro. Esta vez ha avanzado hacia mí con ese andar tan peculiar que produce la flexión antinatural de sus rodillas. He sentido miedo: estoy cansado y los sátiros son seres robustos y enérgicos. Pero la criatura no me ha atacado. Me ha señalado una pequeña depresión del terreno, una hoya oculta entre los rígidos arbustos, con gestos nerviosos y apremiantes. Lo he seguido a regañadientes, disgustado por su olor almizclado.

En cuanto he puesto un pie en la hoya he sentido la vibración en el suelo y me he agachado. La tierra ha temblado como un tambor hueco. El sátiro se ha agazapado con los brazos ocultando su cabeza y al mirar atrás he visto a la sierpe avanzar por la entrada del valle. Dioses del Olimpo. Su cabeza es mayor que una montaña. Cojo a Juno entre los brazos. Mis manos torpes no consiguen desatar la cinta que lo une a mí y tengo miedo de que empiece a llorar. La sierpe gira el cuello y ruge. Algunas rocas caen por la ladera y una lluvia de guijarros desciende sobre nosotros. Juno abre mucho los ojos y yo lo escudo con mi cuerpo, de rodillas, rogando porque el salvaje semidiós no nos vea ni nos oiga. Durante unos segundos que se me han hecho eternos la sierpe ha llenado el aire de furia y desolación. Después ha continuado su camino arrastrando su cuerpo en un zigzag que ha devastado la tierra a su paso. Sólo entonces he aflojado mis brazos, y Juno ha gemido débilmente. Casi lo había asfixiado.

Tras el paso del gigantesco ser, el sátiro y yo nos miramos. Me sonríe y comienza a hablar con una fluidez nerviosa. Cree que la sierpe es un hijo de Poseidón que, enloquecido por hallarse lejos del mar, destruye todo lo que encuentra a su paso. Consciente de nuestra necesidad, le hablo del periplo al que nos enfrentamos, pero no menciono a las bacantes. Es mejor no tentar a las Moiras. El hijo de Pan se muestra solícito y nos ofrece cobijo para la noche. Nos guía a través de escarpados pasos a través de las colinas hasta una gruta. Allí me ofrece agua y manzanas. Ignoro cómo las habrá obtenido, pero no tengo más opción que aceptarlas por el bien de Juno. Mi hijo engulle con avidez los trozos que le doy masticados y me sonríe.

Juno está intranquilo y el olor acre que emana de las profundidades de la gruta me mantiene alerta. Junto a la pared de roca medito sobre lo que he visto hoy. La huella de los dioses es visible por doquier. Me pregunto cómo pueden los héroes oponerse a ellos. ¿Es en verdad la Hélade un tablero para las maquinaciones de unos seres omniscentes? Si es así, solo puedo rogar porque gobiernen el Olimpo con más tino que nuestra tierra. Tiemblo y me digo que se debe al frío viento que silba afuera.

He pasado la noche en vela. El sátiro ha soportado los llantos nocturnos con una entereza que no pensaba que tuviera. A pesar de todo, sigo sin confiar en él. Con las primeras luces de la mañana le he agradecido su ayuda y le he dicho que vamos a buscar el camino real de Argos. El anuncio ha debido de contrariarlo pues por un momento su rostro barbudo se ha deformado en una mueca extraña. Ha discutido con torpeza pero me he mostrado firme: sin la compañía de otros humanos no sobreviviremos a estos montes. Aunque con reticencias, ha pedido acompañarnos. No he podido negarme.

Avistamos la columna de humo mucho antes que el camino. Al pasar la última colina descubrimos su origen. Una marcha interminable de personas recorre el camino real en dirección opuesta a la humareda negra que serpentea hacia el cielo, a lo lejos en el horizonte. Siento inquietud. ¿Acaso ha ocurrido una nueva desgracia?

El sátiro se cubre con una manta y camina detrás de mí. Me ha dicho que la gente teme a su especie. A medida que nos acercamos a la columna de refugiados empiezo a distinguir las caras cansadas, los pasos lentos, las carretas repletas de pertenencias recogidas a toda prisa, los miembros heridos. Y por encima de todo el olor a ceniza, que se desprende de sus cuerpos como una gasa invisible. Un comerciante me explica. Argos ha sido tomada por los heraclidas.

Entre los refugiados encuentro a una mujer con un bebé y le pido que alimente a Juno. Accede a condición de que le compre a su marido la leche de cabra con que saciará su sed. Tengo pocas monedas pero no hay más remedio. Cuando le veo alimentarse con avidez respiro tranquilo, por primera vez desde hace dos días. El sátiro, oculto tras su capucha, observa la escena con una expresión extraña. Nada me importa. Relajo mi cuerpo y no puedo evitar un sollozo. He pasado tanto miedo por ti, Juno.

Mientras mi hijo se alimenta con el hálito de la vida, reflexiono. Con Argos saqueada, mis opciones son pocas. He oído hablar de un cercano templo consagrado a la diosa del hogar, Hestia. Sus sacerdotes tienen votos de asistir a las familias desamparadas, pero desconozco el camino y temo los peligros de un viaje en solitario. Me siento más seguro entre estas personas. Aunque marchan en penuria, tarde o temprano encontraremos asilo. Hablo de nuevo con la madre y accede a que viaje con ellos bajo las mismas condiciones. Me parece justo.

Por la noche los desterrados se esparcen junto al camino en una miríada de hogueras que nos ocultan con su brillo el panteón de las estrellas. La familia con la que viajo es amigable. Me han acogido en la tristeza de su exilio y puedo, al menos, calentarme junto a un fuego. No sé dónde está el sátiro. Ha debido de irse cuando ha caído el sol. Pero la tibieza de la hoguera y el arrullo de las voces humanas calman mis inquietudes. El sueño me alcanza con rapidez. Mi último pensamiento consciente es de pena por no haberme despedido de él.

Un grito corta la noche. ¿Dónde está Juno? Lo acojo en brazos mientras intento despertar. De la hoguera sólo quedan rescoldos y la noche es aún profunda. Es la mujer quien gime. ¿Qué ocurre? Tiene lágrimas en los ojos y a través de la túnica desgarrada puedo ver uno de sus pechos. Oh, no. Miro a mi alrededor y veo fugazmente unas patas de cabra desvaneciéndose en la penumbra. Dioses, no. El marido se ha despertado y está tratando de consolarla. Oigo otras voces acercándose en la oscuridad. El hombre vuelve la mirada hacia mí. En los ojos distingo el odio.

Sin pensármelo dos veces echo a correr. No veo nada en la oscuridad pero avanzo con Juno entre mis brazos. Tropiezo varias veces, me levanto otras tantas. Los hombres están encendiendo antorchas por doquier. Corro y corro, sollozando, por entre los cuerpos dormidos, alejándome del camino, hacia la oscuridad aún más tenebrosa del cercano bosque. No he hecho nada, pero sé lo que ocurrirá si me encuentran. Pensarán que el sátiro estaba conmigo. Los dioses maldigan a la bestia lujuriosa.

La vegetación del bosque me lacera y los helechos humedecen la túnica. El frío sube por mis extremidades y me escuecen las magulladuras en las rodillas y las manos, pero no dejo de correr. Juno se aferra a mi pecho, asustado. A mis espaldas siento las voces de los hombres que me persiguen. Bacantes primero, ahora una turba enfurecida. He debido ganarme la enemistad de Tyche. Mis ojos empiezan por fin a acostumbrarse a la ausencia de luz de la noche sin luna. Consigo no darme ningún golpe más en mi huida mientras me alejo de los hombres.

Después de dar mil tumbos, por fin las voces se dispersan, se alejan, se desvanecen. Pero ¿dónde estoy? Tengo frío y estoy solo. El viento de la noche penetra en mi cuerpo como si no llevara ropa. Juno se aprieta contra mí, temblando. Crece en mí una certeza: si dejo de caminar, los dos moriremos. Así que, cuando mi pecho recupera una respiración pausada, vuelvo a caminar por el bosque silencioso, arrastrando los pies con cansancio, intentando seguir el rumbo de Orión en el cielo nocturno salpicado de hojas y de ramas.

El amanecer llega y yo estoy agotado. Ha caído una niebla baja que difumina los contornos de todo lo que nos rodea. Tengo que encontrar un lugar elevado donde los rayos de sol puedan sacar de mi cuerpo la frialdad de la noche. Quiero cerrar los ojos y descansar, pero a mi alrededor sólo hay árboles… árboles y unos ojos que me observan. El sátiro me ha encontrado. Ya no es el mismo ser que me ayudó ayer. Balbucea, delirante, y agita las manos musitando que fue ella. Que ella le tentó, que él no quiso hacer nada. Que ella le guiñó un ojo. Parlotea histérico mientras se acerca y yo retrocedo. El asco que siento es reemplazado por miedo cuando encuentro su mirada enloquecida. Incluso en su demencia se ha dado cuenta de que no creo sus mentiras y se lanza contra mí en un arrebato de furia ciega. Rodamos, sus garras arañando mi pecho mientras yo lucho con desesperación con los miembros entumecidos. Es sorprendentemente fuerte. Juno llora con fuerza en alguna parte. La baba del sátiro cae sobre mi cara y ríe con histeria, sus manos apretando mi cuello. Vuelve a mis ojos la oscuridad de la noche. Juno.

Siento un golpe tremendo y el aire regresa a mis pulmones. Boqueo. El sátiro ya no aplasta mi cuerpo. Vuelvo a escuchar el llanto de Juno. Todavía a ciegas, lo busco a mi alrededor. Mis manos encuentran algo húmedo, cálido y pegajoso encharcando la tierra helada. Su olor me dice que es sangre. Sigo tanteando con frenesí hasta dar con el cuerpecito cálido de mi hijo. Gracias a los dioses, no ha sufrido daño.

El sentido retorna a mis ojos y por fin puedo ver a mi salvador. Su coraza dorada está empañada por el rocío. Es un hombre recio y corto de estatura, musculoso y broncíneo, que me observa en silencio. En la mano porta un xifos de bella factura del que gotea la sangre del sátiro. Lo reconozco. Es Euríalo, hijo de Mecisteo, héroe de Lerna. No parece muy contento y acepta mi gratitud con una mueca. Quizás duda de mí, pero el sátiro está muerto y ya no estamos solos. Lo necesitamos.

Balbuceo una explicación e improviso: somos peregrinos camino del templo de Hestia, y nos perdimos en este bosque antes de ser atacados por el sátiro. Por una vez la suerte nos sonríe. Euríalo nos asegura que se encuentra muy cerca de aquí. Accede sin mucho entusiasmo a acompañarnos. Sus modales son bruscos y no consiente en darnos un descanso antes de partir. Creo que somos una carga para él. Para halagarlo, le pido que nos hable de sus hazañas. El campeón, que yo creía lacónico, se vuelve locuaz y comienza a narrarnos sin orden ni concierto sus proezas. Muchas han consistido en el saqueo y pillaje de pueblos como el mío; otras se refieren a combates singulares con otros paladines. En todas ellas la violencia es el denominador común. Su mundo parece hecho de batallas, sangre, fuego y guerra. Nunca antes había conocido a un héroe en persona y ahora desearía no haberlo hecho. Pero sólo soy un hombre y tal vez no comprenda  las vicisitudes de un mundo ignoto y regido por seres de leyenda.

La niebla sigue cubriendo el bosque, haciendo de nuestro tránsito un viaje irreal. Ahora que ha empezado a hablar, Euríalo no sabe mantener la boca callada y fanfarronea en voz alta sobre gestas gloriosas por acometer. Es insufrible y estoy muy cansado, pero aguanto como mejor puedo por el bien de Juno. Imaginaba a los héroes de otra manera.

Tras un tiempo que no puedo cuantificar, los dos detenemos nuestros pasos. Estamos escuchando voces de mujer. Con la misma suavidad con que los eventos suceden en el reino de Morfeo, la bruma se desliza más allá de los árboles y desaparece. Ante nosotros se revela el escenario de un sueño. En un claro alfombrado de flores multicolor danzan y bailan bellísimas mujeres desnudas. El sonido de sus voces trae ecos de frescor, de la lluvia que empapa la tierra fértil, de los tallos verdes que brotan en la primavera. Las mujeres danzantes detienen sus movimientos y, sin atisbo de pudor por su desnudez, se giran en su impúdica belleza hacia nosotros. La piel de sus cuerpos es verde, pero más aún lo son sus ojos: como las hojas, como el musgo, como las esmeraldas. Un intenso olor a savia fresca y a rocío fluye hacia nosotros y mi cuerpo responde con la furia incandescente del deseo. Y sin embargo, dudo.

Euríalo no. Deja caer su peto, se quita las sandalias y tira lejos las grebas y los brazales; después se despoja del jubón y avanza, desnudo, hacia las mujeres que le esperan con sonrisas que evocan placeres exquisitos. Yo quisiera seguirlo, pero sé que no puedo hacerlo. Juno duerme abrazado a mi pecho y su cálido contacto impone sobre mí la obligación de un amor distinto al de la pasión. Sin poder apartar los ojos de los cuerpos desnudos que me invitan, retrocedo paso a paso hasta salir del claro, de vuelta a la niebla que todo lo cubre.

Espero que la constitución legendaria de Euríalo le permita sobrevivir al encuentro con esos seres fantásticos. Pero no puedo preocuparme de él. Toda mi esperanza reside en el templo, que ya siento cerca.

Pero cuando llego a él la desesperación me invade. Es el templo de Hestia, estoy seguro, pero está desierto, abandonado. Corro por los pasajes vacíos, por las salas solitarias, entre las columnas blancas. No hay nadie, ni acólitos ni sacerdotes, ni peregrinos ni solicitantes. La hojarasca baila en los corredores y el polvo se acumula en las esquinas vacías. En la naos del santuario principal se han llevado la talla de Hestia y la base de la estatua es un grotesco cubo que remarca aún más el amplio espacio vacío.

Salgo afuera y apoyo las manos sobre el altar desnudo. Frente a mí, la salvaje belleza del bosque se extiende alrededor de la explanada sagrada. A mis espaldas, los frisos del santuario narran la eterna lucha de los hombres contra el tiempo y el olvido. Cierro los ojos y aprieto los dientes con rabia, no por mí, sino por Juno. Estoy tan cansado.

Y entonces ella aparece. Su veste blanca flota en el aire de la plaza muerta. Los rizos dorados caen sobre su frente con una gracia que ningún cabello mortal puede alcanzar. Sus ojos son dos pozos de luz eterna e inmortal. Y camina hacia nosotros con majestad incontestable sin que sus pies lleguen a posarse nunca sobre el suelo.

—Volvemos a encontrarnos, Daxos.

No digo nada. Como en el pasado, un peso reverente cae sobre mis labios y soy incapaz de pronunciar palabra ante la belleza celestial e inhumana de Artemisa. Ella se detiene frente a mí, al otro lado del altar. A una distancia de dos brazos, a una distancia infinita.

—Muéstrame a mi hijo.

Su voz es una orden inexcusable, llena del timbre de una premonición exacta. Extraigo de los pliegues de mi túnica a Juno, sintiendo que su tibieza abandona mi pecho. Se lo muestro: el cuerpecillo frágil se agita con suavidad en mis manos sobre la losa blanca del altar. Una sonrisa deslumbrante ilumina el rostro de la diosa al posar sus ojos sobre mi hijo, nuestro hijo. Juno.

La diosa extiende sus brazos hacia él. Yo devuelvo a Juno a la seguridad de mi pecho. Una mirada colérica reemplaza la sonrisa de Artemisa y mis piernas comienzan a temblar sin que pueda evitarlo, manteniéndome apenas en pie.

—Entrégamelo, Daxos. Tú no puedes cuidar de él.

Juno. Mi hijo frunce el entrecejo, agitándose en sueños. He sufrido mucho, pero Juno es un bebé y también es humano. He sufrido mucho, pero Juno es mi hijo. La cólera relampaguea en los ojos terribles de la diosa y yo me siento desfallecer frente a una furia que es el epítome de toda cólera.

—¿Crees, Daxos, que tus desvelos han sido casualidad del destino? ¿Crees que las sierpes de Poseidón acechan a mortales cualesquiera? ¿Sabes cuántos seres humanos han visto a un sátiro o a las ninfas y han sobrevivido?

El trueno de su voz llena todo lo que me rodea. La ira de Artemisa, su majestad, imponen la presión de un mundo sobre mis hombros. La terrible belleza de lo eterno erosiona mi voluntad. Me apoyo solo en la calidez de mi hijo.

—Todas esas calamidades se han visto atraídas hacia la sangre divina de Juno. Habrá más en el futuro. No hay paz para él. Entrégamelo, ahora.

Me inclino hacia delante, impotente para frenar la orden. El altar impide que caiga al suelo postrado de rodillas. Pero aprieto los dientes y mis brazos no ceden. Juno es mi hijo.

La presión de la divinidad cede bruscamente. De súbito, Artemisa transforma el poder terrible de su inmortalidad en una luminosidad radiante. Y entonces la veo igual que la vi entonces: un ser hermoso sobre toda comparación, unas formas de mujer perfectas más allá del más perfecto canon que se puede imaginar. Desde que vi a Artemisa, aquella lejana tarde en los bosques cercanos a mi aldea, no he podido sentir nada por ninguna otra mujer, abrasado por la contemplación y el gozo de una magnificencia fuera del alcance de los seres humanos. He vivido en la oscuridad tras haber conocido la luz. Y ahora la tengo otra vez frente a mí. Su voz es el axioma de las ideas.

—También hay un lugar para ti conmigo.

Su timbre evoca la promesa inmortal de un éxtasis último. Rompo a llorar como un niño. ¿Cómo puedo oponerme a esto? ¿Quién soy yo más que el cascarón roto que ella dejó abrasado y hueco? Quiero a Juno con todo mi corazón, pero ¿puedo protegerlo de este mundo indómito? ¿No se merece una vida mejor que la que yo puedo darle?

¿Debo entregarlo?

Mientras lloro sin poder contener las lágrimas, Artemisa permanece en silencio. El viento sopla sobre el templo sin alterar las figuras de piedra de hombres y dioses que habrán de durar siglos. La diosa observa mi llanto durante largo rato. Y cuando habla, su voz parece casi humana.

—Eres digno, Daxos.

Siento su presencia desvanecerse en el aire del mismo modo que llegó. Y yo sigo llorando, abrazando con alivio a mi bebé pequeño, a mi bebé cálido, a Juno, que se ha despertado y está empezando a llorar.

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4 comentarios en “Juno es mi hijo

  1. Hola, Ismael, estoy admirada. La tragedia se cierne, los personajes pasan. Y Dexos sigue su camino por el bien del pequeño Juno, en contra de todo augurio… Nos sumerges en un Olimpo singular donde el héroe sobrevive a la fatalidad en una travesía épica. Y cuentas con un gran desenlace, la grandeza de Artemisa está presente.

    El lenguaje, muy idóneo. El mito está ahí, se palpa. Eres osado y le das otra vuelta de tuerca. Un trabajo conciencudo y ambicioso. Gran conocedor de la cultura clásica, sin duda. Y con el don de adentrarte en esos mundos lejanos que controlas por tus lecturas.

    Definitivamente, eres un gran escritor, Ismael. Y además, con alma de argonauta 🙂 Un beso.

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    1. Me alegro de que te haya gustado. Tiene cosas mejorables, como por ejemplo el lenguaje del narrador, que es quizás muy sofisticado para un simple aldeano, y que puede hacer el texto denso. Pero estoy orgulloso del relato y contento del resultado.

      Muchas gracias por leer y comentar. Ojalá tuviera ese alma de argonauta que mencionas ;).

      Besos
      Ismael

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  2. A mi encantó, ya lo sabes, mi Cuervo amigo, y lo demostré dándote esos catorce puntos, merecídisimos. Tu forma de narrar es extraordinaria y yo te aconsejo que busques tiempo de dónde no lo haya para seguir escribiendo. La mitologia se te da de lujo, ya rompistes mis esquemas con tu Partenope. Firmado: La profeta majareta.

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