Así se templó el acero

La primera vez fue una tarde soleada en una terraza en pleno centro de Madrid. Alentado por su novia, había salido de su madriguera un poco a regañadientes para ver una obra de teatro. La pieza, un enredo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, le había impresionado por el ingenio del texto y por el desparpajo de los actores. A la salida se había dejado llevar por el entusiasmo y había acompañado a su novia y a su grupo de amigos a un café, a sabiendas de que las reuniones sociales no eran su fuerte. Se encontraba en una esquina de la mesa, mirando por encima de las cabezas los espejos gastados y el techo abombado del local. Apenas si participaba de la conversación. Se sentía tonto por no saber integrarse y sorbía a pequeños tragos el café para que le durara más. Fue entonces cuando escuchó la frase por vez primera:

–Así se templó el acero.

–¿Qué? –respondió sin pensar.

–Perdona ¿qué dices, cariño? –Su novia se volvió hacia él, cogiéndole una mano. Él buscó en sus ojos cálidos. No encontró respuesta.

–Nada –dijo. Y sin embargo había escuchado las palabras con claridad. ¿Quién las había pronunciado?

–¿Te lo estás pasando bien?

–Bueno –respondió. Entre los dos no había falta decir más. Ella le miró de soslayo, reprobadora. Un rato más tarde dejaron el grupo y volvieron a casa.

Por la noche no pudo dormir. La frase daba vueltas y vueltas en su cabeza. Enumeró, como quien cuenta ovejas saltando por encima de una valla, las caras de las personas que recordaba del café, agobiado al comprobar que los rasgos se difuminaban poco a poco, a cada paso del minutero que levantaba el velo de la noche.

En una suerte de venganza fue su novia la que le despertó.

–Vaya coñazo me has dado esta noche –gruñó malhumorada. El portazo que dio al salir de casa, mientras él aún buscaba sus calcetines, fue un anticipo del día que le esperaba.

Los párpados le pesaban de camino al trabajo. En la oficina había demasiado ruido y sin embargo las voces de sus compañeros le llegaban lejanas, como amortiguadas por una distancia imposible. No consiguió terminar ni uno solo de los informes pendientes. Pero el ocaso de la jornada llegó y se arrastró de vuelta a casa. Su novia aún no había llegado así que, en compensación por la noche anterior, se obligó a preparar la cena.

Troceaba calabacines en la cocina con la televisión de fondo cuando volvió a escuchar la frase maldita. Otra vez. Tardó unos segundos en desgranar las palabras: Así, se, templó, el, acero, como si cada una fuera una frase suelta; la última palabra se reflejó en el cuchillo que mantenía en el aire. Dejó el calabacín a medio cortar y limpiándose las manos en el delantal corrió hacia el salón.

Tarde. La noticia había terminado. Solo alcanzó a ver la imagen de un edificio grande, quizás una nave industrial, antes de que la sonriente presentadora diera paso a los deportes.

El ordenador estaba en el otro cuarto. Con delantal y todo fue para allá, abrió un navegador y tecleó la frase de búsqueda «Así se templó el acero». Descubrió que se trataba de un libro. La wikipedia fue tajante; el autor era un tal Nikolái Ostrovski, ciudadano de la antigua unión soviética. Leyó el artículo completo, impresionado al descubrir que escribió su obra siendo ciego y paralítico. Lo único que sacó en claro fue que el texto en cuestión era comunista.

El libro estaba colgado en internet. Pinchó en el enlace y comenzó a leerlo.

–Has podido hacer la cena. –La voz de su novia le cogió desprevenido. Había llegado a casa sin que él se diera cuenta, tan inmerso se encontraba en la lectura.

–Lo siento, cariño.

–Con la tele puesta y la cocina patas arriba, y tú te vienes a navegar por internet.

–Lo siento –replicó de nuevo, sin separar la vista de la pantalla.

Su novia salió de la habitación. Él continuó con la lectura, absorto con aquel cuento inocente e imposible. La historia era autobiográfica y narraba las visicitudes del joven Nikolái en una sociedad corrupta, manchada por la influencia perniciosa del clero y de los ricos sin escrúpulos, ante los cuales el protagonista se alzaba como un paladín de la calle, un héroe trabajador. De tan inocente era una historia extraordinaria, aunque su calidad literaria era más que discutible. Su novia volvió y se fue, y unas horas después la escuchó refunfuñar por el pasillo camino del dormitorio, mientras él continuaba leyendo sin interrupción aquellas páginas salpicadas de la épica de la revolución soviética.

Al llegar la nueva mañana no fue ella quien le despertó, sino el sol entrando por la ventana. Y no se encontraba en la cama, sino en la butaca, dormido frente a la pantalla encendida. Se sentía mucho más descansado y también imbuído de una nueva fuerza, quizás debida al extraño misterio de aquella frase y de su libro. Sin tiempo para ducharse y con las arrugas de la manga de la camisa tatuadas en la cara se cambió y salió disparado hacia su trabajo.

En el ordenador de la oficina volvió a investigar y en esta ocasión otro de los resultados de la búsqueda llamó su atención. Se trataba de un foro comunista y el libro se citaba como referencia en una discusión. Decidió responder y publicó una larga entrada donde enlazaba los conceptos que había leído con algunas de las cuestiones planteadas.

Antes de una hora, nuevas respuestas se habían acumulado tras la suya. Los comentarios mostraban asombro. Al parecer su respuesta había sido bien valorada. Algunos incluso le lanzaban nuevas preguntas sobre el tema. Alentado por el éxito, y olvidando la incipiente pila de informes pendientes, se lanzó a responderlas utilizando aquel conocimiento recién adquirido.

Al final de la jornada encontró un mensaje inesperado en su buzón. Uno de los participantes de aquel foro socialista le invitaba a darse a conocer al grupo en una manifestación, esa misma tarde. El tono del mensaje era afable y la manifestación, según pudo comprobar, era verídica y benigna; otra de las muchas para protestar contra los recortes en educación. Le pareció una buena manera de ponerse en contacto con aquellas personas y de este modo resolver con prontitud aquella cuestión que no hacía más que latir de manera incesante en su cabeza. Se puso la chaqueta y salió para el centro de la ciudad.

El ambiente revolucionario se palpaba en el aire, en la tensión reprimida de los viandantes y en las miradas contenidas. Las personas que caminaban a su lado se le antojaban disconformes, inquietas por una situación injusta. Una anciana pasó a su lado murmurando en voz baja, con la vista perdida en el horizonte. La basura se amontonaba junto a los contenedores debido a la huelga de limpieza; pisó un espejo, que se rompió en pedazos, y un periódico voló hasta enredarse con sus pies. Leyó de refilón las palabras que ya esperaba encontrar: «Así se templó el acero». Cuando intentó recuperar la hoja ésta salió volando. Hasta las mascotas de paseo con sus dueños le parecieron hostiles y alteradas, rebeldes ante la correa que les apretaba el cuello.

Alcanzó al grupo comunista cuando la manifestación ya había comenzado. Eran todos jóvenes. Había monos impregnados de pintura, botas manchadas por grasa de garaje, camisetas ceñidas de reponedores, cabellos recogidos en redecilla. Olían a pescado, a aceite, a colonia barata. Se presentó y de inmediato se sintió a gusto. No eran, aun a sus ojos inexpertos, alborotadores ni folloneros. Aquellas personas estaban cansadas tras una larga jornada de trabajo y la manifestación era tan solo una más de otras muchas a las que habían asistido. Mientras la protesta avanzaba por las calles de la ciudad volvieron a hablar sobre el tema que había iniciado la discusión en el foro, y pronto saltaron a otros muchos; política, sanidad, economía, sociedad, gobierno. Sorprendido por su propio descaro, él hablaba mucho más de lo que había imaginado con solo la base de aquel libro que había leído en una sola noche. Aquellos chicos parecían tener su opinión en gran estima y las palabras fluían por sus labios en una embriaguez que le era desconocida. Hubo incluso otros manifestantes cercanos que se unieron a la charla, atraídos por su inesperada elocuencia.

Un petardazo resonó en la cabecera de la marcha y los silbidos y gritos se elevaron como respuesta. Las personas que había a su alrededor se alzaban de puntillas intentando atisbar lo que ocurría entre las pancartas y banderas multicolores. Otro petardazo se elevó por encima de todos los sonidos y en ese momento descubrió asustado humo; un humo blanco y denso que manaba de entre la misma columna de manifestantes. El pánico estalló y se vio empujado por los cuerpos de personas que corrían y escapaban. Sin saber cómo se encontró pisando proclamas caídas y esquivando vallas. Le escocían los ojos y el humo estaba ahora a su alrededor como una niebla fantasmagórica. Se encontraba solo; había visto correr, igual que él, a los recién conocidos compañeros del foro comunista, tan asustados y sorprendidos como cualquier otro. En la calle de repente desierta los ruidos eran tan densos como el humo blanco.

Era difícil orientarse en esa sopa lechosa. Le pareció ver banderas rojas que se esfumaban tan rápido como aparecían, o quizás fueran antorchas. No podía estar seguro de lo que veía pues tenía los ojos en lágrimas. Creyó oír, entre el barullo, el fuerte resoplar de ollares de caballos e incluso el imposible traqueteo de una locomotora. Olía a pólvora. De improviso unos cuerpos negros salieron de entre los jirones blancos con las porras en alto. Ni tan siquiera pudo darse la vuelta para correr. Las figuras saltaron sobre él y le golpearon con dureza. Sintió impactos contundentes en el cuello, en la espalda y en las piernas, y cayó como un muñeco de trapo. Se encogió, cerró los ojos y gimió hasta que los golpes cesaron, y ni aun entonces se levantó, sino que permaneció en el suelo, inmóvil.

Pasaron unos minutos eternos hasta que sintió el contacto de unas manos.

–¡Aquí! –Fue alzado del suelo entre tirones de ropa, roces de rodillas a la carrera y jadeos entrecortados. Estaba siendo transportado en volandas. Le dolía todo el cuerpo pero al mismo tiempo no sentía nada, a medias entre el mundo real y el onírico.

Una puerta se abrió y por el eco en las paredes dedujo que estaba en un lugar cubierto. Las manos cambiaron el agarre y un momento después sintió el vaivén de la bajada por unas escaleras. Escuchaba un murmullo de voces.

–¿Dónde estamos? –articuló con lentitud.

Alguien respondió, pero no fue capaz de entender las palabras. Su cuerpo cayó en un colchón y las manos le abandonaron. Oía a varias personas a su alrededor, recuperando el aliento. Una de ellas habló:

–¿Cómo te encuentras?

Intentó estirarse. No veía nada.

–No veo nada –respondió.

Hubo un corto silencio. Olía a carbón.

Skol’ko pal’tsev vy vidite zdes’? –Le pareció escuchar a la primera voz.

–No veo nada –repitió asustado. Comprendió, sin saber cómo, que aquel lenguaje era ruso.

Otra voz.

–¿Puedes moverte al menos? Mozhete li vy?

Intentó moverse. No supo si había tenido éxito. La angustia atenazó su garganta.

–No.

Ahora escuchó con claridad murmullos en el silencio de aquel espacio cerrado.

–Está bien, no te preocupes. Pomozhem. ¿Cómo te llamas?

–Nicolás –Se escuchó pronunciar, a punto de llorar–. Menya zovut Nikolái.

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4 comentarios en “Así se templó el acero

  1. Hola, Ismael, me encanta estar aquí de nuevo. El relato resulta inquietante desde la primera frase. El pobre chaval, desubicado, con ese vacío dentro. Los sorbos del café reflejan a la perfección lo incómodo que se encuentra. La novia, molesta, porque no se adapta a sus amigos “maravillosos” también resulta muy coherente, así como la frialdad que demuestra para con él la mañana siguiente.

    Creo entender que él es un muchacho ingenuo con grandes ideales, quizás por eso es que la vida no le llena. La voz, un misterio latente hasta el final del relato. Sorprendente. Muy interesante, la referencia al libro en cuestión.

    El ambiente de la manifestación, así mismo muy conseguido.

    Bravo, Ismael, un relato muy correcto y pulido. No carente de mensaje y de lo más consecuente.

    Besos.

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  2. Hola Mere, qué bien verte de nuevo de vuelta.

    No es de los relatos más conseguidos, pero toca algunos temas que me inquietan. Y por eso intento transmitir esa incertidumbre durante todo el texto e incluso en el final.

    Gracias por leer y comentar 🙂
    Isma

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  3. No es justo! Iba todo tan bien! El quiebro final sorprende, angustia y confunde, racionalmente no encaja, emocionalmente es sensacional. Te reconozco en el personaje hermano, y me alegro que tan sólo sea un relato!

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Anda! ¡Qué bien que te pases! Me alegro que te haya gustado. Tengo muchos relatos por aquí, aunque tengo más todavía sin publicar. Si quieres, he agrupado bajo la categoría “Mis favoritos” aquellos que me gustan más de entre todos. Por si quieres seguir leyendo :).

      Este relato en concreto es un poco ambiguo e incluso desasosegante. Juega con la idea de la conspiración. Como curiosidad, yo leí el libro ese (Así se templó el acero). Pero afortunadamente no me convertí en el autor.

      Un besazo
      Isma

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