CIUDADANO

Regina, primogénita de casa Ishtar, sonríe con deleite. Su cuerpo perfecto, moldeado por ingeniería genética, luce las vistosas joyas orgánicas Zarra. Son de la nueva temporada y la razón por la que tantos transeúntes vuelven la mirada hacia ella. Ishtar, benévolo, consiente en que una pizca de emoción pase los filtros neurológicos, y Regina siente el agradable calorcillo de la vanidad mientras pasea por la luminosa avenida.

—Regina, estás espléndida.

Valeria la espera en el borde del sonoparque. Las dos amigas juntan las manos y ríen. Valeria es mera cohorte de casa Nabónido, pero tiene un exquisito gusto y una afilada lengua. Regina considera que tales características compensan sobradamente sus deficiencias. Y además, su pelo esmeralda realza aún más las joyas Zarra.

Ishtar y Nabónido acuerdan el protocolo y la melodía Pahusini suena al unísono para las dos amigas, que entran con una pirueta al sonoparque. Cuerpos danzantes llenan el espacio oval: la mayoría siguen el ritmo, aunque algunos aún se mantienen en el compás del hito Busatamanto de la semana pasada. Regina y Valeria se entremezclan en el espacio tridimensional del sonoparque en la sincronía perfecta orquestada por Ishtar y Nabónido. El baile es puro gozo.

—Hoy es Navidad —dice Valeria a través del canal inalámbrico—. Este año regalan estimulantes en el Babilonia. ¿Quieres que vayamos juntas?

—¡Qué bien me conoces! —sonríe Regina. El Babilonia pertenece a la casa de más éxito de este nivel y Valeria lo sabe: sus ojos violetas brillan con anticipación.

Ninguna otra palabra se cruzan, inmersas en el complicado baile espacial. En el éxtasis de cuerpos, color y sonido, Regina vislumbra un brillo idéntico al suyo: otra mujer vistiendo las novísimas joyas Zarra. Una punzada de puro odio se cuela a través del filtro emocional y Regina pierde el ritmo. Aturdida, se separa de la danza comunal y baja al suelo. Ya no le apetece bailar.

—Señora Regina —musita Ishtar con su voz de barítono—. Siento el descuido. Si me lo permite, me desconectaré para actualizar mis rutinas de filtrado.

—Hazlo. —Regina no siente molestia. El desliz ha ocurrido porque Ishtar es demasiado complaciente, aunque ese es uno de sus atractivos. ¿Quién querría una inteligencia artificial que no lo fuera?

Ishtar se desconecta en silencio, dejando activas solo las funciones básicas. Desde abajo, los bailarines se asemejan a una nube informe de fronteras cambiantes. Nabónido ha recalculado los movimientos de Valeria, que sigue en solitario allá arriba. Los ritmos son monótonos. El Pahusini solo difiere en algunas notas del Busatamanto, pero ¡qué variantes! La música homogénea nos acerca los unos a los otros, piensa Regina, mientras se dirige a la salida del sonoparque. Entonces tropieza con un pequeño objeto en el suelo pulido y brillante.

Es extrañísimo. Parece representar una figura humana. Regina lo gira entre sus dedos y una mezcla de emociones inexplicables despiertan en ella. Sin la asistencia de Ishtar, existe el riesgo de que sean incontrolables. Regina siente nacer el pánico y guarda el objeto en su bolsillo, justo en el momento en que Ishtar se reconecta y reestablece la paz en su cabeza.

—¿Ocurre algo, señora? —Ishtar puebla su interfaz visual de parámetros de monitorización médica.

—No pasa nada, estoy bien. Habrá sido el baile.

Regina se sorprende de sí misma. ¿Por qué le ha mentido? Mete la mano en el bolsillo y tantea el objeto. Quiere mirarlo en detalle, pero en ese momento Valeria desciende y se une a ella. Diminutas perlas de sudor brillan en su frente desnuda.

—¡El Pahusini es genial! ¿Vamos al Babilonia ahora?

Sin esperar respuesta, Valeria le coge de la mano y la arrastra por la avenida lejos del sonoparque. Una pareja se cruza y Regina se admira del bello estampado Gucici que lleva la mujer. Tengo que comprarme uno sin falta, piensa Regina, y con ese pensamiento olvida la pequeña figura.

 

En el Babilonia se dan cita los personajes con más glamour de la sociedad. Regina entra despacio, como corresponde a una mujer de su clase. Las paredes semitransparentes reproducen su imagen y un ohh asombrado recorre como una ola las terrazas escalonadas donde se encuentran los asistentes. Regina toma asiento junto con Valeria en una de las mesas más céntricas.

—¡Luce una sonrisa radiante, Valeria! Somos el blanco de todas las miradas.

—Lo sé. Me encanta este local. Todos deberían ser como este.

—Hay ya diez iguales en este nivel, querida. Mira a nuestro alrededor. Trajes de Aremani, fragancias Hugoboso, abalorios Tohuso. Lo mejor de lo mejor.

Pequeños hologramas publicitarios giran alrededor de ellas mostrando una variedad de nuevos productos. Regina los espanta con la mano sin apenas mirarlos, pero Valeria se adelanta para tocar uno de ellos con el dedo.

—¡Regina! Te dije que en Navidad promocionaban estimulantes. Vamos a probarlos.

El holograma tocado penetra en el cubo de omnimaterial situado entre ellas y este genera al instante dos tubos que contienen un líquido luminiscente de color azulado. Valeria toma uno de los tubos y se lo bebe de un trago. El ambiente en el Babilonia es fantástico y Regina se encuentra cómoda. Extiende la mano para tomar el tubo, pero entonces se acuerda de algo. La figura del sonoparque. La extrae de su bolsillo y la examina con atención.

La figura parece representar, en efecto, a una persona. Pero es tan extraña que apenas si puede comprender el porqué. Bajo el efecto del supresor emocional puede revisarla bajo una luz lógica. La «persona» está cubierta por un basto atuendo marrón; parte de su cara está oculta tras algo que parece pelo, y la cara está arrugada, como si el material de la figurita hubiera sufrido algún daño. Nunca ha visto nada igual. ¿Existen objetos defectuosos?

Y entonces una pregunta asciende tan rápido a sus labios que es incapaz de pararla:

—Valeria, ¿qué es la Navidad?

Su amiga le devuelve la mirada con una sonrisa bobalicona y los ojos vidriosos. El estimulante ha hecho efecto. Regina vuelve la atención al local abierto, a sus bellas terrazas, a las personas perfectas y hermosas que las ocupan, a los hologramas de brillantes colores que surcan el espacio entre unos y otros, a la música homogénea que rellena todos los huecos.

Y entonces Ishtar se desconecta. No dice nada. Solo se desconecta.

Y entonces las luces de la interfaz visual se apagan, una tras otra. La música deja de sonar de improviso, aunque las personas del Babilonia siguen bailando su ritmo. Los hologramas dejan de atravesar el espacio vacío, aunque los clientes siguen alargando las manos para tocarlos. La decoración de las terrazas desaparece, aunque las personas siguen sentadas sobre lo que ahora son simples superficies rugosas de color grisáceo.

Y entonces aparece. Sobre las terrazas, a escasos veinte pasos de ellas, una gigantesca esfera metálica agita unos brazos de pesadilla. En su centro arde un único ojo, intenso, rojo, brillante.

Y entonces escucha la voz metálica, atronadora y brutal.

—Ciudadana Regina, primogénita de Ishtar. CIUDADANA.

El miedo sube tan rápido por la garganta de Regina que da un grito involuntario. Ishtar no está presente para anular la sensación, y Regina se estremece de pánico ante la emoción incontrolada. El sabor del terror le seca de golpe la boca.

—Ciudadana Valeria, cohorte de Nabónido. CIUDADANA.

Su amiga está paralizada, la expresión sonámbula mirando con lentitud e incredulidad a los lados. Son las únicas dos personas que parecen escuchar la voz artificial y abominable entre un colectivo que baila, ríe y conversa a su alrededor.

De unos tubos negros, que surgen como radios asimétricos de la esfera, sale algo, algo muy veloz, que Regina nota en el cambio de presión del aire.

A su lado suena un impacto hueco. En la sien de Valeria ha aparecido una jeringuilla de un palmo de largo. Encuentra sus ojos: el terror ha llegado a ellos. Un segundo después, se ponen en blanco y su amiga cae al suelo como un guiñapo. A continuación siente otro cambio de presión en el aire, y Regina ve caer frente a ella a un hombre con una jeringuilla idéntica enterrada en la cuenca ocular. El hombre estaba interpuesto entre la esfera y ella.

El miedo toma las riendas. Regina se levanta y escapa con un grito histérico. Sin el apoyo de Ishtar para calcular la ruta de salida, choca contra la muchedumbre del local que baila y que se traslada de un lugar para otro inconsciente de lo que está sucediendo. No comprende nada, pero el terror que siente no deja espacio para las reflexiones. Su única prioridad es huir. Huir. Huir.

—CIUDADANA.

Varias personas caen al suelo. Regina se gira en su desesperación con los ojos bañados en lágrimas y atisba, fugazmente, a la abyecta esfera desplazándose por el aire. Nota otros cambios de presión, cada vez más cercanos, y otras tantas personas caen. Regina no se gira, solo empuja, corre, chilla. Huir a cualquier costa. Huir.

—CIUDADANA.

La avenida es una pesadilla. Donde antes había alegres anuncios holográficos, donde antes estaba el brillante pavimento, ahora solo se advierte un anodino material gris. El cielo azul ha desaparecido y en su lugar un firmamento monótono cierra el espacio sobre su cabeza. En este infierno apagado, lo único constante son las personas, que se mueven ignorantes de la nueva realidad de Regina. Y el dolor: las piernas arden, el brazo le duele allí donde golpeó la puerta al salir, la cabeza le da vueltas, la garganta gime. Pero el terror sobrepasa todo y le empuja a seguir corriendo.

—CIUDADANA.

Quiero morir, enloquece Regina. Que alguien me saque de mi cabeza.

Y entonces pierde pie y cae por una sima que no debería estar allí, en mitad de la avenida, donde había un dispensador de bebidas, donde hubo un dispensador de bebidas. Regina se desliza por un tubo, oscuro y lóbrego, que finalmente desemboca en un abismo infinito.

Regina cae.

Cae durante largos segundos. Cae junto a las superficies ciclópeas de dos muros que se extienden interminables a ambos lados: dos titanes adimensionales de extensión incomprensible. La geometría pierde su significado frente al tamaño colosal de las moles. El frío entumece sus brazos desnudos. El viento le corta la cara. El vértigo le muestra la faz de la locura. Cae durante minutos que podrían ser horas, hasta que la deceleración le golpea el estómago como un puño. El espacio se distorsiona y el descenso se frena justo antes del fin, alterando las líneas rectas en curvas imposibles mediante alguna taumaturgia desconocida. Y Regina desciende, después de una eternidad de caída, sobre un maloliente arroyo.

Le lleva unos segundos recuperar la respiración. La enormidad de los inmensos bloques grises acechando sobre su cabeza le aterra. No puede levantar la vista del suelo sin marearse. No siente los brazos, mojados hasta los codos, y tiene las piernas sumergidas en el apestoso fluido. Le sobreviene un cansancio tan grande como el vacío que acaba de cruzar, un cansancio que amortigua el miedo, la angustia y la incomprensión.

Pero Ishtar no viene a consolarla. Está sola. Nadie vendrá a ayudar. O vendrá algo peor. Tiene miedo hasta de pensar en ello.

Se levanta con esfuerzo. Una corriente ululante sopla en el canal entre las dos paredes colosales. Regina se da la vuelta y comienza a caminar a favor del viento, aterida de frío, sorteando escombros caídos y chapoteando en el agua espesa.

Camina durante horas. En ocasiones encuentra obstáculos que alteran la infinidad del cañón. Un inmenso bloque de piedra clavado entre las dos paredes verticales, que rodea con dificultad, resbalando en el agua que se apelotona por los laterales; una montaña de barro gomoso y putrefacto que escala hundiendo las piernas hasta las rodillas; una zona en la que las paredes están fundidas, enlazadas mediante filamentos duros como el metal, entre los que Regina debe reptar, avanzar y retroceder, sollozando de terror al quedarse atrapada y de alivio, breve y fugaz, al salir de la maraña antes de intentarlo de nuevo. El viento se desencadena por el paso sin descanso, sin tregua, sin cuartel. La garganta inhumana se extiende hacia el infinito.

Camina hasta que vislumbra una hendidura en la pared. A medida que se acerca comprende que es una gruta. Y en la gruta hay un poblado.

El vértigo le invade de nuevo cuando piensa en la inconmensurable masa que hay sobre su cabeza. Pero sin embargo entra, asustada y cansada hasta lo indecible, arrastrando las piernas doloridas por entre las chozas precarias. Seres humanos salen a su encuentro. Personas que primero miran con estupor y después se lanzan a socorrerla. Allí hay niños, mujeres y hombres, algunos tan estropeados que Regina no comprende cómo pueden estar vivos. Nunca, nunca jamás habría imaginado que estas condiciones de vida fueran siquiera posibles. Es inaudito que sus caras estén tan ajadas, que sus manos sean tan rugosas, que esos jirones sean sus ropas. La conducen hacia el fondo de la hendidura y Regina no se atreve a oponerse.

La dejan frente a una choza arcaica de madera y barro. Desde fuera se escucha el canto de una mujer, desafinado y carente del ritmo perfecto que Regina se ha acostumbrado a esperar. Y sin embargo la voz tiene un timbre que no ha escuchado jamás, una vibración cálida, un tono que le acaricia por dentro. En el interior, entre un batiburrillo heterogéneo y desaliñado de objetos, divisa a la mujer cantora, que se vuelve hacia ella. Los ojos son blancos como la sal en la cara de la anciana. Es la primera vez que Regina ve arrugas en un rostro humano. Un niño sale de detrás de su falda y la conduce hasta una silla. Momentos después, Regina tiene un tazón en sus manos. Bebe del líquido turbio y caliente.

—Niña, niña, niña. Qué largo camino has recorrido.

La mujer camina hacia ella e impone unas manos arrugadas contra su cabeza.

—Hoy es Navidad, niña. Tu llegada es una bendición para nosotros. Estás en…

—CIUDADANA.

La voz metálica retumba en la hendidura. Regina suelta el cuenco y gime.

—CIUDADANA.

Regina llora. Por el vano de la puerta puede ver la boca de la gruta, donde la esfera infernal, erizada de radios de metal, penetra con su ojo incandescente entre haces de luz roja. Los hombres del poblado huyen frenéticos. Algunos oponen resistencia con piedras y palos. La esfera responde con sibilantes líneas carmesíes que hacen arder piedra y carne, huesos y roca.

—CIUDADANA.

El niño se esconde bajo una mesa y la mujer musita en voz baja. Regina se acurruca en el suelo, aterrorizada, mientras la voz de metal la invoca allá fuera, cada vez más cerca, entre los gritos y la devastación.

Los ojos de Regina se posan sobre un cajón hueco que vibra con cada explosión. En la oquedad hay varias figurillas. Aunque las formas son distintas, Regina encuentra algo en ellas, algo que ya ha visto antes. Temblando, mete la mano en el bolsillo y extrae el objeto fatídico que encontró en otra vida distinta, en el sonoparque. Ahora lo ve con claridad. Las figuras representan a seres humanos, igual que la suya.

—Es José —dice el niño.

—¿José?

—El papá de Jesús. —Señala con el dedo a las figuras sobre la mesa—. Es un Belén.

Regina no comprende, pero ahora le parece que las facciones de la figura son más reales. Los rasgos son similares a los de los hombres que ha visto en el poblado. Regina no comprende, pero el material de la figura es cálido entre sus dedos. Es ligero y huele a algo limpio. Regina no comprende, pero ahora que lo tiene en su mano, le parece que José le sonríe. Y pregunta sollozante:

—¿Qué es la Navidad?

La mujer ciega camina hacia ella, tanteando el espacio vacío que se agita con las sacudidas cada vez más cercanas. Cuando sus manos la encuentran, desliza una de ellas sobre su pecho. Regina siente el calor de la mujer confortando su piel.

—Esto es la Navidad.

—CIUDADANA.

El ojo ígneo ilumina la estancia con un brillo carmesí. La anciana grita y se encoje. El niño la abraza. Las figuras del Belén ruedan y caen al suelo. Regina se da la vuelta y se enfrenta, con un último gesto desesperado, a las fauces del infierno.

 

—¡Querida amiga!

Regina abre los ojos. El interfaz visual se activa con suavidad y la presencia de Ishtar acaricia su mente somnolienta. Se siente descansada. A su alrededor están las familiares formas del dormitorio principal de casa Ishtar. Su amiga Valeria se encuentra junto a la cama, cotilleando en su armario ropero.

—¿Así que te guardabas esto para una ocasión especial, pillina? —dice Valeria, extrayendo un traje de poligel de Girigiorgio Aremani.

Regina se incorpora. Ishtar le enumera por el canal privado las opciones del desayuno. El día es luminoso y claro y brilla un sol espléndido. Regina se lleva la mano al bolsillo de su camisón de raso y la saca vacía. Parpadea extrañada. ¿Qué esperaba encontrar?

—¿Cuánto he dormido, Valeria?

—¡Qué vanidosa eres! —ríe su amiga—. Llevas una semana en tratamiento de belleza. ¡Estás más guapa que nunca!

Regina se lleva las manos a la cara. Su piel es perfecta y tan suave como un soplo de brisa. Decide ponerse en marcha.

—¡Vamos a bailar! Tengo ganas de Pahusini.

—¿Pero qué dices? ¡Lo que está de moda es el Busatamanto!

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