RECuerDOS

«¿Mi hijo? Es un buen chico, sí señor, sí que lo es. ¿Por qué lo pregunta? Ah, ¿y está seguro de eso? Ya veo. No, no lo he visto desde hace semanas, pero ya no viene a visitarme tanto como antes. Está bien, dígame lo que necesita saber, pero que sea rápido. Me esperan para la partida de bridge y no puedo demorarme, ¿sabe usted?, mis compañeras son muy celosas de su tiempo y no aceptan que llegue tarde; sin ir más lejos Paquita llegó tarde la última vez, ¿sabe usted?, tiene un lío con el carcamal de la cuarta planta y cada vez que en el comedor ponen lentejas… Disculpe, sí claro, lo entiendo. Como iba diciendo, mi hijo es una persona excelente. Toda su vida ha sido prudente, como su padre que en paz descanse, un hombre sencillo, atlético, poco hablador pero muy inteligente, sacaba las mejores notas de su clase, ¿sabe usted? Una vez en la escuela primaria hizo un dibujo sobre una guerra y los profesores no pudieron menos que darle un premio, otra vez participó en un concurso de disfraces tan bien que… Sí, sí, claro. Ah, pues no sabría decirle… espere, sí, hay algo. Últimamente estaba más abstraído, extraño diría yo, me parecía que una luz iluminaba su cara, como si estuviera enamorado, ¿sabe usted?…»

 

Por las calles heladas de una ciudad Roberto espera en silencio. Un avión dibuja una estela blanca en el cielo nocturno. El tráfico silba más allá del canal y arranca destellos del agua inmóvil. La humedad arrastra un frío doloroso, atroz, que se fija en las mejillas y en las orejas desnudas.

Roberto espera en silencio.

Bajo la fina capa de hielo, iluminada fugazmente por los faros, una mujer se desliza, los cabellos vaporosos flotando como algas en torno a su cabeza, los ojos cerrados, la sonrisa en calma, en paz, las manos cruzadas sobre la cintura, el vestido ondeando entre las invisibles aguas. Roberto la observa sin inmutarse y ella sigue su camino por debajo del puente, medias blancas bajo la falda de florecillas, los pies calzados con unos mocasines de cuero, adiós, adiós.

La llegada del tranvía despierta un movimiento en Roberto.

Hallo.

Goedemiddag.

Los vagones están casi vacíos a estas horas de la noche. Se sienta al fondo, en soledad, y el vehículo continúa su ronda, ronroneando y tintineando como un gato con campanillas. Está cansado, pero no tanto como para cerrar los ojos. No ahora, cuando hay tanto que ver. La caravana de refugiados atraviesa la ciudad moderna. Un hombre tira de un carro de madera cargado de bultos y enseres. Una campesina de cuerpo rotundo y pañuelo en el pelo acarreando tinajas de metal en un trineo de madera. Niños medio desnudos a la mano de sus padres, palos y aros, muñecos de trapo, ojos hambrientos.

La comitiva atraviesa, fantasmal, el tráfico ocasional de coches y bicicletas. Hay tanto que ver.

 

«Sí, es empleado nuestro. No me diga que se ha metido en algún lío… Comprendo, comprendo. Está bien, dígame qué necesita saber. Sí. No. Verá, en Snijder Archives cuidamos de nuestros activos. Nuestro eslogan de empresa es «su historia, nuestra historia», y eso significa que nos preocupamos por nuestros trabajadores para que puedan dar lo mejor de sí mismos, como a mí me gusta decir. Roberto es una persona muy capaz, un empleado serio, dedicado y eficaz. El paradigma de servicio que ofrecemos, si me permite decirlo, y esto es algo que nos enorgullece. Por supuesto, venga conmigo. Aquí lo puede ver, todo ordenado y recogido, aunque no siempre fue así. Claro, se lo explicaré. Verá, antes su cubículo era un desastre. Papeles por todas partes, cintas y vinilos, fotografías antiguas, viejos magnetófonos, piezas de coleccionista… Este hombre es un enamorado de su trabajo. Pero desde hace unos meses todo cambió, en línea con nuestra visión corporativa, como ya le he comentado. Roberto se volvió más concentrado, más intenso. Limpió todo ese desastre y comenzó a rendir a un nivel excelente. Me enorgullece decir que comenzó a abrazar los principios vitales de nuestra compañía. ¿Qué? Pues no sé qué decir. Siempre ha sido un hombre soñador. Pero estaba más contento, sí.»

 

Los rechazados, los recordados. Reclamados, recelados, recortados, recibidos. Recuperados. Reconocidos. Recreados.

Roberto avanza por el claroscuro de un edificio abandonado. La luz de la luna se filtra entre las vigas de hormigón y dibuja figuras geométricas de una belleza imposible. Las sombras, la noche más negra. Las franjas iluminadas, manchas de pura plata. Y aquí y allá, ellos. Los recordados. Un soldado con un casco de metal, eternamente moribundo, con las granadas de mango aún colgando de su cinturón. Acaricia el pesado fusil como si fuera una madre con su bebé. La pierna vendada, la mirada perdida hacia el exterior. Roberto avanza, despacio, bebiendo de las formas que pueblan el espacio derrotado. Los reclamados. El sargento, apoyado sobre el grueso cañón de metal de una pieza de artillería. Roberto se asoma a sus ojos. La luz argéntea se ha vertido en ellos y reflejan una melancolía que ya no existe en este mundo. De la boca entreabierta cuelga un cigarrillo y las volutas de humo trazan espirales sesgadas en las tinieblas. Los rechazados. Hileras de camillas cubiertas por sábanas. Las escaleras tajadas por una luz implacable. Hombres adultos llorando en las esquinas. El polvo en suspensión brillando en la noche de los tiempos.

Roberto avanza por la estructura quebrada, trémulo. No tiene miedo.

 

«Es un flipao. Ni te imaginas la cantidad de veces que me ha dado la brasa con las batallitas y las cosas de la guerra. Se sabe toda la historia, to-da, con fechas, lugares, qué se yo. Libros y más libros, películas, series, juegos de ordenador. Lo que sea. Un tío de puta madre, pero un flipao en toda regla. Siempre en otro mundo. Te lo digo yo que soy su mejor amigo y lo conozco de toda la vida. Incluso en su trabajo se las apañó el muy cabrón para meterse en una empresa que gestiona no sé qué cosa con documentos del siglo pasado. Yo de ti lo buscaba en una biblioteca antigua, al fondo del todo; donde quiera que estén los libros bélicos. Habrá encontrado un filón en alguna parte y se habrá quedado allí a vivir, con una tartera de macarrones y una botella de Coca-Cola. ¡Ja, ja! Pero no me digas. No, es demasiado tiempo. Uf, qué movida. Me has cortado todo el rollo, pensaba que ibas de farol. Sí, por supuesto, ayudaré en lo que sea. Ya me dirás qué puedo hacer. Qué bajón.»

 

No puede dormir. Los sueños son tan vívidos. Se revuelve, febril. Tiene la boca seca. Pero ese no es el problema.

No. Se levanta, desnudo, y mira a través del ventanal. Los rascacielos, a lo lejos, entran y salen de la realidad. Ahora ya no son solo visiones. Está empezando a escuchar los Junkers sobrevolando la ciudad, el bramido de sus sirenas, las ocasionales detonaciones. Está empezando a oler el polvo de los edificios derruidos, a escuchar los gritos de pánico. Pero ahora ya no son imaginaciones suyas. Ayer una mujer que huía con su bebé en brazos le detuvo, angustiada. «¡Helpen!», dijo. Entre las avenidas iluminadas de la ciudad moderna ha empezado a ver casas que no deberían estar allí, y circulan coches hace tiempo desaparecidos. En el trabajo alargó la mano para tomar el termo de café y en su lugar encontró una taza de cerámica que no era la suya. Donde estuvo su ordenador había aparecido un archivo de papel amarillento obsoleto, arcaico, en desuso.

No tiene miedo. Lleva toda la vida soñando con ello. Roberto se viste despacio y con una última mirada se despide de su cuarto, de su casa, de su vida. Toma un ascensor de puerta metálica —el moderno también desapareció— y sale a la calle al bullicio, a la gente que corre, al tableteo de las ametralladoras a lo lejos, a un mundo que es ahora el suyo.

 

«Pero nadie me cree. ¡Se ha ido, se ha ido! No ha desaparecido, ¿lo entiende? Se ha ido a otra parte, lejos, a un lugar donde no podemos alcanzarle. ¿Cree que estoy loca? ¡No lo estoy! Yo he vivido con él muchos años, ¿sabe? Conozco sus costumbres y sus manías. Y sí, le quería, yo le quería. Le quiero. Pero no puede haberse ido así porque sí, sin decir nada. No es propio de él. ¡No lo es! Tienen que hacer algo, ¡por favor! No se ha perdido, ¿es que no lo entiende? Tienen que buscar a un médium, a… a… ¡No lo sé! Por favor, ¡no estoy loca! Es inútil. Nadie me entiende…»

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