El hombre de la guerra

—¡Bienvenidos a un nuevo programa de Sapiencia y Ganancia! Hoy contamos con tres concursantes, tres, que responderán a unas preguntas muy especiales para intentar llegar a la Gran Prueba Final. Y digo que las preguntas son especiales porque en el día de hoy, sí, justo en el día de hoy, recordamos el final de la Primera Guerra Mundial, ocurrido hace exactamente cien años. Y para comenzar, vamos a conocer a nuestros participantes. No creo que sean necesarias las presentaciones para usted, señor Bisibale.

—Ay, espero que no, Jorge. Me llamo David Bisibale, soy cantante y el más reciente ganador de Procedimiento Victoria. ¡Gracias! ¡Os quiero!

—¡Bienvenido, David! Espero que tengamos muchas ocasiones a lo largo del concurso para escuchar su voz. En cuanto a nuestro segundo concursante, contamos con la presencia de un erudito. ¿No es así, profesor Fledermaus?

—Me halaga usted, señor Untado. Sin embargo, no soy ningún erudito, sino apenas un iniciado en las turbulentas aguas de la historia contemporánea más reciente. No puedo sino considerarme un amante entusiasmado de las huellas de nuestros antepasados, un notario fidedigno de sus obras que nos llegan como ecos a través del tiempo, un abnegado escriba de la…

—¡Excelente, profesor, excelente! Y, por último, aquí está nuestro misterioso tercer concursante… Antonio Beltrán, ¿correcto?

—Sí.

—¡Ah, el miedo escénico! Pero cuéntenos un poco más de usted, Antonio.

—Me dedico a esto y a aquello. Podría decirse que soy viajero. Quisiera añadir que me siento muy honrado de estar aquí hoy con ustedes, señor Untado.

—¡Muy bien, Antonio! Y ahora… ¡comencemos! En esta primera ronda, ustedes tres responderán por turno a diversas preguntas que les formularé. Con cada respuesta acertada, ustedes ganarán puntos, puntos imprescindibles para pasar a la siguiente ronda. ¿Están listos? ¿Están preparados? ¡Primera pregunta para usted, señor Bisibale!

—¡Ole!

—El zar Nicolás II fue uno de los personajes clave de la guerra, pero abdicó en 1917. No fue el único en hacerlo: ¿qué otro monarca le emuló?

—Mmm… creo que… bueno, Jorge, has empezado con la más difícil, ¿no?

—¡Se le acaba el tiempo, David!

—¡Ay, qué angustia! ¡Yo digo Felipe VI!

—¡Noooo, David! La respuesta correcta es Constantino I de Grecia. Pero, ¡Felipe VI es el rey actual de España! ¿Cómo ha podido confundirse usted?

—Bueno, Jorge, es que no he entendido muy bien la pregunta. ¿Qué es eso de emular? ¿Convertir en burro?

—¡Qué gracioso es usted, David! ¡Emular significa copiar, imitar! Le anotamos un primer fallo. Ahora pasemos a la siguiente pregunta: para usted, profesor. Dígame… ¿de cuántos puntos constaba el discurso pronunciado en enero de 1918 por el entonces presidente de los EEUU Woodrow Wilson y que establecía los objetivos bélicos defendibles moralmente por los estadounidenses?

—Buena pregunta, señor Untado. Verá, hay amplias discrepancias entre los expertos al respecto. Los registros históricos del congreso de los EEUU citan catorce puntos: sin embargo, en el parlamento inglés consideran probado que se trató de diecinueve, puesto que interpretan algunos carraspeos previos al discurso como parte del mismo. Por otro lado, mi distinguido colega el doctor Piruleta ha postulado que…

—¡Se le acaba el tiempo, profesor!

—Hum… qué impaciencia. Muy bien: catorce puntos.

—¡Coooorrecto! ¡Punto para usted, profesor! Vamos ahora con usted, Antonio. Veamos, ¿sabe usted cuál fue el número total de bajas del ejército británico en la primera jornada, repito, tan solo en la primera jornada de la batalla del Somme?

—Fueron decenas de miles. En torno a 57.000, señor Untado.

—¿No puede ser más exacto, Antonio?

—Lo siento. Me es imposible.

—Oh… ¡qué pena! Pero si hemos de ser rigurosos, fueron exactamente 57.740 soldados, Antonio. No podemos considerar su respuesta como válida. Y ahora, antes de continuar con la siguiente pregunta, hacemos una breve pausa y volvemos con ustedes en unos segundos.

Detergentes. Gafas de sol. Leche para bebés. Antihistamínicos. Pasados varios minutos, el concurso se reanuda y las preguntas se suceden. David Bisibale gana pronto el favor de la audiencia. El profesor Fledermaus demuestra su conocimiento sobre la contienda y responde correctamente a todas las preguntas formuladas. Salvo por el primer fallo, Antonio Beltrán responde con acierto al resto de cuestiones. El público en el plató muestra el grado adecuado de entusiasmo, los televidentes observan la pantalla con moderado interés y el realizador está satisfecho en su butaca.

—Y con esta última respuesta, termina la primera ronda. ¡Lo sentimos mucho, David! Su casillero está vacío y debemos despedirlo del concurso.

—Jorge… muchas gracias por invitarme. Han sido momentos inolvidables, te lo digo de corazón. No tengo palabras. Increíble.

—¡Ha sido un placer tenerle con nosotros, David! Despidámosle con un fuerte aplauso. Y ahora ¡comienza la segunda ronda!

Más preguntas. Durante largos minutos ninguno de los dos concursantes da muestras de ceder. El realizador se inquieta: para evitar que el programa se extienda demasiado, indica al presentador que comience a exponer temas realmente difíciles. Los dos concursantes, sin embargo, mantienen su racha de aciertos.

—¿Dónde estaba “Mesopolónica”?

—En ningún lado. Los soldados que eran enviados al frente oriental rara vez conocían dónde estaban y se sentían desorientados y perdidos. Llamaban a su destino “Mesopolónica”, una mezcla de Mesopotamia y Tesalónica.

—¡De nuevo correcto, Antonio!

—Señor Untado, si me permite un minuto…

—¡Ah! ¿De qué se trata, profesor?

—Quisiera felicitar a mi oponente. En raras ocasiones, y mi dilatada experiencia académica da fe de ello, he encontrado a alguien tan docto en este tema como usted, señor Beltrán. Es más, diría que en ninguno de mis…

—Sea breve, profesor.

—Sí, sí, claro. En resumidas cuentas, quisiera saber, ¿dónde se formó usted, señor Beltrán?

—…

—¡Ah! ¡El miedo escénico de nuevo! ¿O acaso es usted tímido, Antonio? En cualquier caso, estoy seguro de que cuando acabe el programa ambos tendrán tiempo para hablar largo y tendido. Pero ahora debemos continuar. Su turno, profesor. Dígame… ¿cuál era el ratio de atacantes a defensores en la batalla de Beersheba?

—Estoy desconcertado… ¿Beersheba, dice usted? ¿La batalla de Then Birüssebi, la tercera de Gaza? Me deja usted perplejo. Creo recordar… ¿cinco a uno?

—¡Nooooo, profesor! ¡No es correcto! ¡El ratio era de diez a uno! Lo siento, profesor Fledermaus, pero queda usted eliminado.

 El realizador suspira. Los telespectadores se animan; en general, el profesor Fledermaus despertaba pocas simpatías. Por contra, Antonio es percibido como un hombre sencillo, joven, algo triste, con un toque enigmático, quizás un soñador. Además se avecina la Gran Prueba Final. Nadie ha sido capaz de superar el reto en innumerables programas, y el bote acumulado es fabuloso. Como siempre que llega este momento, el realizador se tensa. Está en juego mucho dinero.

—¡La Gran Prueba Final, Antonio! Le aguarda un bote de varios millones si es capaz de responder correctamente a la última pregunta. Dígame… ¿está emocionado? ¿Ansioso? ¿Cómo se siente?

—Bien.

—¡Voy a terminar por pensar que me toma el pelo, Antonio! Pero su demostración de calma me parece admirable. Vamos allá con la pregunta, la pregunta de la Gran Prueba Final…

            Las luces se difuminan. Antonio es iluminado por un potente foco de luz blanca que le hace destacar poderosamente sobre el fondo oscuro. El plató queda en silencio. El presentador se demora unos instantes con estudiado dramatismo antes de formular la pregunta decisiva.

—El teniente Siegfried Sassoon fue un destacado héroe de guerra en el bando inglés. Fue condecorado con la Cruz Militar por su extremada valentía, que algunos calificaron de maníaca, y que le valió el apodo de Jack el Loco. Siegfried Sassoon escribió, en 1917, un famoso poema. Esta era su última estrofa:

«Vosotros, masas ceñudas de ojos incendiados
que vitoreáis cuando desfilan los soldados,
id a casa y rezad para no saber jamás
el infierno al que la juventud y la risa van. »

Dígame, Antonio: ¿a qué hace referencia ese poema?

            Antonio permanece inmóvil, los ojos vidriosos. El silencio le envuelve como un sudario. Los espectadores, en sus casas, contienen el aliento. En el plató, bajo la luz inmisericorde que le enfoca, Antonio parece en calma, en paz. El profesor Fledermaus le observa con una mezcla de envidia y admiración. Jorge Untado, veterano de diez mil programas, se sorprende a sí mismo al compararle con un ángel. Una orden seca le llega a través del diminuto micrófono en su oreja.

—Antonio…

—El poema es un canto por la paz.

            La respuesta de Antonio llega de improviso, sin apenas mover los labios. Los espectadores no se mueven: ¿qué ha dicho? El silencio fluye alrededor de la figura inerte, rodeándola, abarcándola, emanando de su cuerpo, brotando como un manantial mudo hacia las cámaras, hacia los asientos, hacia las paredes, hacia los focos. Antonio parece más nítido. Antonio parece brillar desde su quietud. Antonio calla y habla. El realizador se desgañita al oído del presentador, que reacciona y rasga el sobre que contiene la respuesta. Los espectadores se ponen de puntillas en sus asientos.

Jorge Untado abre la boca para hablar. Pero Antonio se le adelanta.

—El poema es un canto por la paz para quienes lo han perdido todo. El poema habla de cielos vacíos, de carcasas rotas, de temores inconfesables a la luz del amanecer. El poema habla del barro infinito de las trincheras, de las ratas y de los piojos, de las caras siempre sucias; de hombres vestidos con uniformes incoloros que se dan aliento los unos a los otros; de las lágrimas a escondidas, del peso del rifle en unas manos temblorosas, del hambre, siempre del hambre, siempre del hambre… Y del hombre, desnudo y aterido de frío, arrojado a un mundo que le expone su verdadera faz, hermanado por igual con aliados y enemigos, abierto para el miedo y para la esperanza, para la libertad y para la fe. Vulnerable su corazón que se abre paso entre las tinieblas, hacia la luz y hacia sí mismo.

Una última pausa.

—El poema es un canto por la paz.

            La última palabra, paz, flota en el aire durante unos segundos. Antonio baja del estrado y sale fuera del foco que le ilumina. El profesor Fledermaus le observa caminar hacia la oscuridad de la salida, queriendo seguirle, preguntar; pero permanece inmóvil mientras las lágrimas corren por sus mejillas. Por primera vez se da cuenta de que hay verdades que no se pueden encontrar en los libros. El realizador chilla en el oído del presentador, ¡Publicidad!, ¡Publicidad!, pero este está paralizado, sin atreverse a leer en voz alta la respuesta del sobre, que intuye incorrecta. A David Bisibale le viene a la cabeza la melodía de aquella canción olvidada que compuso cuando aún no era famoso, en la soledad de un cuarto de hotel, antes de que la llama de su inspiración fuera ahogada por agentes, productores y demás ralea.

Antonio camina entre las cámaras, cruza la maraña de cables en el suelo, pasa entre las butacas del público asistente. En la pared del fondo abre una puerta que deja pasar una luz breve. Por un instante, su silueta se dibuja en el marco. Después cruza el umbral y desaparece al otro lado.

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