Mare Nostrum

Trepé por la borda, chorreando agua de mar. Era un navío de pequeño tamaño, limpio y marinero. Los tripulantes me miraban, curiosos, mientras preparaban la partida. Un hombre barbado de tez morena y agrietada por el sol se acercó.

—¿Hacia dónde navegan? —pregunté en mi tosco latín.

—Vamos a Thule —Al advertir mi desconcierto, añadió—. Pasaremos por Tarraco en un par de jornadas.

—Eso me conviene. ¿Pueden llevarme a bordo? Tengo algunos bronces para pagar el viaje. —El corazón me latía con fuerza. Había tenido suerte. Sentí su mirada, aguda como la de un pájaro.

—¿Eso que llevas ahí es una cornamusa?

Asentí y el hombre sonrió.

—Tu música será pago suficiente. Bienvenido al Stella Maris.

—Gracias. Me llamo Iván.

—Un nombre eslavo. ¿Hablas griego? Algunos de nosotros conocemos el jónico y el púnico. Yo soy Corvus. Me tienen por el capitán. ¡Vespertilio! Enseña el barco a este viajero y dale un camastro.

Un joven de pelo rizado y aspecto risueño se acercó y me cogió con familiaridad del brazo. El palo mayor crujió cuando el obenque se tensó y el barco se puso en movimiento. El verde y dorado de la costa de Hispania comenzó a alejarse y la brisa salina se impuso al resto de olores.

El joven Vespertilio me fue presentando. Un arquitecto; un soldado, que se interesó por la peligrosidad de la costa; una sacerdotisa, que tomo la cornamusa en sus manos como si fuera un objeto sagrado; una maestra risueña; una historiadora que adivinó mi procedencia por el acento; un geógrafo… Como había anticipado el capitán, muchos de ellos me saludaron en griego. Todos parecían guardar alguna relación con las artes y mi profesión fue objeto de curiosidad no disimulada.

—¿Cuál es vuestro destino? Desconozco dónde está Thule.

—Oh. Está por allá, al Oeste —respondió Vespertilio con vaguedad.

No quise insistir. De todas maneras yo me conformaba con llegar a cualquier civitas en la que poder ganar unas monedas con mi música. El navío ganaba velocidad, la ropa estaba finalmente seca y la luz del sol me daba cierta modorra. Me obligué a preguntar si era necesaria mi ayuda. Al saber que no, dejé mi morral y me abandoné a un sueño relajado en el tambucho, entre listones de luz y el susurro de las gavias.

Al atardecer, Corvus guio al navío de vuelta a la costa y sentí júbilo al volver a ver el verde de los pinos alzándose sobre los acantilados terrosos. Media docena de viajeros —los que sabían nadar— desembarcaron a una playa entre las altas paredes. Ayudé a recolectar leña e hicimos una fogata en la que calentamos el garum y reblandecimos el pan, duro como el mármol.

Con el fuerte sabor del pescado especiado en la boca, los viajeros compartieron risas e historias. La charla era distendida y de manera gradual fue derivando hacia temas más profundos. Se discutía con pasión sobre conceptos de astronomía y filosofía, letras y ética, amor y libertad. Maravillado, guardé silencio, y me pregunté una vez más qué lugar sería aquel al que se dirigían estas personas.

Se interesaron por mí con cortesía, y aplaudieron cuando les confesé mi especialidad: las canciones que ya eran antiguas antes de que Roma extendiera sus alas sobre el Mare Nostrum. Aunque Corvus no me lo pidió, comprendí que era el momento de pagar mi deuda y tomé la cornamusa en mis manos. La música fluyó por el odre y a través de caramillo y cordón, resonando en las paredes a nuestro alrededor, envolviendo al grupo en su abrazo cálido. Entre cada pieza me detenía a narrar las viejas historias de amor y extravío, del fuego ofrecido a los hombres, de guerras tiempo ha olvidadas. Los viajeros miraban la hoguera, removían la arena, sonreían con la mirada perdida. Entre las llamas de la lumbre, los ojos claros de la sacerdotisa se clavaban en mí con fiereza.

Seguí tocando hasta que unos y otros se fueron acostando, cubriendo sus cuerpos con mantas para repeler la humedad de la noche, arrullados por la música y las olas. Por fin, la última persona despierta, la sacerdotisa, se levantó y se dirigió hacia la orilla. Me miró una vez más, dejó la túnica en la arena y desnuda se introdujo en el mar. La seguí. Reprimí un grito cuando sentí el frío del agua en mi piel y lo combatí nadando con energía hacia ella. Los dos avanzamos en la oscuridad bajo el panteón estrellado, y a medio camino entre el barco y la tierra nos encontramos, su cuerpo fluido e ingrávido rozando el mío, caderas y codos, la tibieza de los muslos, su lengua en mi boca, patadas y risas entre breves zambullidas.

Yacimos después sobre la arena de la playa en un amor dulce y furioso, y nos abrazamos hasta que el frío devoró el ardor de nuestra piel. Ella se levantó y fue de vuelta a la lumbre. Yo seguía conmovido y decidí pasear antes de dormir. En unas rocas, alejado del resplandor de las brasas, encontré a Corvus. Observaba el cielo con un astrolabio.

—Capitán…

—Solo Corvus.

—Corvus. Llevo todo el tiempo preguntándome. ¿Dónde está Thule?

El hombre bajó el astrolabio y calló por unos momentos. Cuando habló, su cara seguía vuelta hacia el mar.

—En Thule está la paz y la serenidad. Manos que te acogen y te aceptan, una choza entre los cañaverales, una isla donde el viento sopla cálido. Thule es el lugar de la infancia, donde fantasía y realidad se encuentran. El refugio contra la soledad y el olvido. A Thule llegaremos cuando todas las maravillas se hayan agotado. ¿Te gustaría unirte a nosotros?

Sentí un escalofrío y tuve miedo. Corvus asintió y volvió al astrolabio. Yo regresé al fuego y me dormí, y dos días más tarde desembarqué en Tarraco, sin poder olvidar los ojos de la sacerdotisa a través de las llamas de la hoguera ni al Stella Maris, en la búsqueda de una quimera.

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